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Vicente Romano *
Siempre que se habla de ética, nos
referimos a las costumbres, al modo de comportarse el ser humano, a su
conciencia moral. Como cualquier grupo profesional, los comunicadores
profesionales, los periodistas, tienen también sus mores, sus costumbres,
derivadas de prácticas útiles. Estas cambian a medida que lo hacen las
técnicas de producción. Por eso conviene que comprobar de vez en cuando si
se siguen dando en la realidad las premisas de la ética profesional.
Esto no es tan sencillo como
parece. Cada ética profesional tiene sus peculiaridades, que no concuerdan
necesariamente con las costumbres generales. Los seres humanos tienen la
capacidad de alternar, de hacer algo o dejar de hacerlo, y es su cultura
subjetiva, su sistema de valores quien les dice lo que deben hacer.
A pesar de la simbiosis entre los
periodistas y sus medios, la decisión es siempre subjetiva. La ética apela
al individuo para abordar un asunto según su conciencia, su convicción y
su fe. Decir «no» es siempre más difícil, porque la negación se contradice
con el deseo de apropiación y dominio. Por eso apenas hay periodistas que
se nieguen a rechazar la invitación a un viaje o a una recepción oficial.
Por eso hay tantos gourmets y tan pocos ascetas entre los periodistas.
Pero la sociedad de consumo corre el peligro de devorarse a sí misma. Su
voracidad puede llegar al extremo de que en algunas farmacias de Hollywood
y Los Angeles se vendan por 30.000 dólares (cito de memoria) tenias que
los ricos se meten en el cuerpo para seguir engullendo sin verse obligados
a hacer dietas de adelgazamiento. Son pocos los periodistas y profesores
que, como W. Abendroth y Harry Pross, han llamado la atención sobre las
consecuencias de este tipo de sociedad.
En comunicación, el gran negocio
lo ha hecho la prensa del corazón y los programas de entretenimiento, esto
es, los contenidos que excluyen la responsabilidad propia, el
comportamiento ético. Lo que se ha impuesto como criterio de calidad
periodística es la especulación sobre un gusto difuso y nivelado del
público.
Las quejas sobre la dependencia de
los periodistas respecto del capital no constituyen ninguna novedad. Karl
Bücher definía ya a principios de siglo el periódico como un texto que se
redacta para vender espacio publicitario. Lord Nordcliffe, el magnate de
la prensa inglesa de aquella época se expresaba así: Dios enseñó a los
hombres la lectura para que yo pueda decides a quién deben amar, a quién
deben odiar y lo que deben pensar.» El viejo liberal alemán Paul Sethe
definía la libertad de expresión en 1965, en una carta dirigida al Spiegel,
en estos términos. «La libertad de expresión es la libertad de 200 ricos a
difundir su opinión». Durante la Guerra de Vietnam, la TV norteamericana,
regida por criterios comerciales y alimentados con programas de
entretenimiento, dejó un minúsculo espacio de las noticias y del
comentario político a un pequeño sector opositor de intelectuales de
izquierda, líderes religiosos y académicos y fue el efecto de éstos, y no
el de los medios, el que se impuso. El Gqbiemo aprendió bien la lección y
en la Guerra del Golfo de 1990 sólo permitió a corresponsales
políticamente «limpios» informar de la guerra «limpia» en la «tormenta del
desierto». Sirvan estos ejemplos para ilustrar la complejidad de la
situación según el punto de vista desde el que se juzgue, ya sea
económico, político o comunicacional. Con el tiempo, los diferentes grupos
participantes desarrollan comportamientos morales específicos con arreglo
a las leyes propias, que les sirven de pertenencia o exclusión.
Frente a esto, la ética se
presenta como una relación invariable del individuo con algo absoluto y
metafísico. Como doctrina de la acción correcta apela siempre a la
libertad del ser humano para decir sí o no.
Como, profesionalmente, tienen que
tratar con distintas prácticas morales, debido a la fluctuación de los
grupos sociales, los periodistas se ven constantemente confrontados con
las imprecisiones de esas costumbres. Y el periodista nunca tiene tiempo
para la precisión, para indagar más a fondo. La economía de señales y la
coacción de los plazos son, como se sabe, instancias morales de la
profesión periodística. Los periodistas carecen de presente, viven siempre
del pasado o del futuro.
Su biotiempo está ocupado por cómo
va a aparecer mañana su trabajo en el medio correspondiente. La moral
profesional se orienta por los efectos comunicativo s de ayer. ¿Qué lugar
queda para la ética de la responsabilidad personal de la comunicación
presente? La coacción de los plazos y la economía de señales obligan a
dejar de lado las decisiones éticas, incluso en la era de los medios
electrónicos. Si revolución significa que un grupo toma el poder y
encuentra seguidores dóciles durante cierto tiempo, resulta entonces que
la revolución electrónica disfruta su citoria desde hace años: jamás se
alcanzó simultáneamente con el mismo mensaje audiovisual a tantas personas
en tan poco tiempo. Reduce su campo de percepción elemental, directa, a la
pequeña caja rectangular del televisor, que se presenta enmarcada, arriba
abajo, derecha-izquierda, claro oscuro, rápido lento, ahorrando a los
telespectadores esfuerzo perceptivo e impidiéndoles pensar. En este
contexto es importante que el entramado electrónico, la red, limite con
imágenes el campo de acción subjetivo. Como falta la relación primaria,
personal, no se da la necesidad de actuar. Todo lo que se hace es estar
sentado. La ética, como doctrina de la acción correcta, resulta
innecesaria, no encuentra demanda. La red electrónica reduce el valor de
mercado de lo más cercano, al limitar las relaciones directas que se
puedan tener con ello. En vez de hablar con las personas se habla con el
ordenador o con la pantalla. En la era de los telespectadores la autoridad
dimana de la contemplación, y ésta del primer plano. y, como se sabe, el
primer plano beneficia a quien ocupa el puesto oficial, al presidente,
ministro o presentador de turno.
Los medios se interponen en los
fines de la política y de la economía porque son muy aptos para ocupar el
biotiempo de los sujetos. Por eso son un instrumento de poder.
Formalmente, el Estado se presenta, según la vieja sociología, como una
institución de derecho que una minoría victoriosa impone a la mayoría a
fin de administrarla, esto es, gestionar su explotación. Administrar
significa apropiarse a la larga del fruto del trabajo de la mayoría con el
menor gasto propio .posible. Para esto se requieren como dice Harry Pross,
medios de comunicación que renueven constantemente la imago.
El modelo de «sociedad libre de
mercado» ha intentado incrementar la porción de los administrados en el
producto de su trabajo. Pero no ha podido impedir que la minoría
explotadora de los recursos eluda el control estatal. Cuando lo cree
conveniente para sus intereses, esa minoría, vale decir, esos consorcios
transnacionales, se busca objetos de explotación más baratos en otros
Estados.
Bajo la concepción sociológica del
Estado, la ética profesional de la comunicación social está predeterminada
por una doble dependencia. Por un lado, los periodistas dependen de la
minoría administradora-explotadora, puesto que ésta financia la
tecnología.
Por otro, dependen del Estado,
puesto que están sometidos a sus leyes. Los representantes estatales y la
minoría explotadora comparten el interés común de impedir aquello que
pueda perturbar su colaboración. Tales trastornos pueden darse en los
comunicados de prensa que hablen de las diferencias, de los favores
recíprocos, etc. Al fin y al cabo navegan en el mismo barco. Los
periodistas deben tratar estos asuntos puesto que forman parte del
personal simbólico de la sociedad. Junto con las jerarquías religiosas,
literarias, artísticas y académicas, este personal simbólico garantiza la
cohesión y el proceso temporal del todo. Los diferentes códigos en que
esto se hace constituyen conjuntamente la cultura. Los derechos
fundamentales de la libertad de credo, de expresión, de prensa y de
reunión son sus postulados jurídicos. Pero esto no significa, ni mucho
menos, que se lleven a la práctica. Pueblos que no han sido libres durante
mucho tiempo tardan en desprenderse de los uniformes y las medallas. La
educación para la libertad, incluida la libertad para comunicar, es algo
que nunca acaba.
La relativización del prójimo a
través de los medios electrónicos, la facilidad y rapidez con que se puede
conectar electrónicamente con él, no ha fomentado la libertad, pero sí la
adaptación a los usos de la explotación. Lo que hace 30 años rechazaría
cualquier redactor, porque su ética profesional impedía presentar como
noticias reclamos publicitarios, ocupa hoy día una parte considerable del
espacio redaccional y del tiempo de emisión. Como ejemplo puede servir la
irresponsable proporción que ocupan las noticias del deporte profesional
lucrativo. Carecen de valor informativo, en el sentido de dirección del
comportamiento, pero sirven para crear imagen. El mensaje es siempre el
mismo: «Uno tiene que ganar». Informar sobre el valor de cambio de
futbolistas y entrenadores no tiene nada que ver con la comunicación
social, con el intercambio social de conocimientos y sentimientos a fin de
dominar el entorno. No es sino incitación a la magia de adquirir la
superioridad de los vencedores etiquetados a través de logotipos
personificados. Ya no compite el equipo A contra el equipo B, sino la
leche X contra el refresco Y. Los programas de TV los deciden, e incluso
los hacen, los patrocinadores, con lo que los periodistas y presentadores
se pasan el tiempo presentando y publicitando sus productos. Como
audiencia publicitaria, el público paga su propio adoctrinamiento. La
profesión periodística se deshace.
Se puede objetar que la gente así
lo quiere. Pero la verdad es que carecen de opción real ¿cómo va a desear
lo que no se ofrece? Si fuese cierto que la gente tiene lo que pide,
habría que preguntarse entonces por qué la gente aplaude su propia
depauperación espiritual, cómo se forman los gustos, quiénes los
determinan, etc. ¿Cómo va a querer la gente otra cosa si la consciencia se
nutre de la experiencia?
Aún es demasiado pronto para
vislumbrar los daños a largo plazo que pueden producir las ofertas
niveladoras de entretenimiento y los programas que distraen de lo
político. Es probable que no sean inferiores a la reducción de la
responsabilidad propia, inducida por la presión constante a satisfacer
inmediatamente unas necesidades y crear otras nuevas a fin de mantener el
status social. A juzgar por la propaganda que se les hace, por el espacio
que ocupan en los medios y los libros que se les dedican y premian, parece
que las redes mundiales de ordenadores (Internet es un buen ejemplo) son
las que dictan las nuevas reglas del juego para las empresas, la economía
y el Estado, que los señores del ciberespacio, como Bill Gates, determinan
el programa. 50 años después del primer ordenador, la empresa californiana
«SUID) tuvo en 1994 unas ventas de seis mil millones de dólares con el
paso a las redes. Cierto, estas redes permiten a sus, usuarios reducir a
la mitad el tiempo de las actividades estudiadas. ¿Pero de qué sirve esto
a los 40.000 niños que cada día mueren de hambre en el mundo, o a los 780
millones que sufren desnutrición, a los otros mil millones que viven en la
miseria, sin mencionar los 15 millones de niños que viven abandonados en
las grandes ciudades latinoamericanas y a quienes se matan porque
perturban la estética urbana?
El peor despilfarro responden los
señores del ciberespacio, «son las personas que no trabajan de manera
rentable y que realizan trabajos sin sentido. Por eso tenemos que
racionalizar e invertir el dinero aboITado». (Palabras de Scott McNealy,
de la Sun Corporation.)
Técnicamente, la conexión a la red
es una cuestión de la capacidad del ordenador y del ancho de banda.
Sociológicamente es una cuestión de la revolución cultural. Desde el punto
de vista de la explotación económica se trata de qué minoría se enfrenta
anónimamente a la mayoría a fin de hacerla trabajar «de modo rentable»
para ella.
¿De qué sirve entonces el Estado?,
se pregunta Harry Pross. En efecto, responde, su dignidad como institución
de derecho desaparece. Cuando el Estado ya no puede proteger a sus
ciudadanos de la explotación extranjera, se erosiona su derecho. Por
depender de los avances de la tecnología de la comunicación, los
periodistas pertenecen a los estamentos medios.
Como se sabe, éstos son los
primeros en perder poder adquisitivo. El hecho de que no se les considere
totalmente superfluos se debe a su papel como mediadores y como
consumidores. También las personas que no desempeñan un trabajo rentable y
que, por tanto, son un «despilfarro», necesitan poder adquisitivo para
consumir. La ética grupal de los señores del ciberespacio es inaceptable
por inhumana. Niega la relación de cada individuo con el principio
superior de la solidaridad, a la que todo ser humano y la propia humanidad
debe su existencia. y, a la larga, esto no lo han permitido los seres
humanos. Se dice que el ciberespacio convierte al mundo en una aldea, y a
la aldea en una jungla. Pero el mundo no se convierte en una aldea, claro
está. Pues la aldea es un espacio lleno de contactos elementales,
directos, unidos por una memoria colectiva.
Lo que sí puede hacer el modo
actual de producción de comunicación es contribuir a ensanchar este
desierto electrónico, la soledad, esto es, la incomunicación. Que cada
periodista se pregunte, como si en ello les fuera la propia vida, hasta
qué punto sus textos y sus imágenes enriquecen el biotiempo de los muchos
a quienes van dirigidos.
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Periodista
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