Pedagogía y derechos humanos. El educador como
ciudadano
EDUCACIÓN EN DERECHOS HUMANOS Y ESCUELA
Luisa Cecilia Pernalete*
Está de moda en estos tiempos de
crisis, cargarle todas las responsabilidades a la escuela. Escuela: ¡forme
ciudadanos aptos para la competitividad Escuela: eduque para que no seamos
corruptos. Escuela: reparta las becas escolares, vacune contra las siete
plagas de Egipto, prepare el desayuno de los niños hambrientos... No
pretendemos aquí dejar a la escuela con el paquete de crear una cultura de
los derechos humanos, inexistente en nuestro país, pero sí reflexionar
sobre nuestra responsabilidad ineludible, a nuestro modo de ver, en esa
tarea, viéndola no sólo como un deber sino como nuestro aporte en la
construcción de una vida más digna para todos, viéndolo pues, como algo
bueno para nosotros, los educadores.
El educador y los DDHH
Comencemos por el Educador. No
hablo aquí del Educador especialista en derechos humanos, que también los
hay, hablamos del maestro que va a la escuela cada día, del profesional de
la educación. Por mucho tiempo, los gremios de este país nos han
acostumbrado a identificar "derechos del maestro" con "salario". El gremio
lucha por mejoras en sus ingresos. Eso no está mal, sólo que hoy suena
insuficiente. Nosotros pensamos que el Educador antes de ser maestro, es
un ciudadano, con deberes y derechos similares al resto de los ciudadanos.
Ya no podemos quedamos en pelear contra el Estado por un aumento de
sueldo: el problema de la mala y casi inexistente asistencia médica nos
afecta al 80% de la población, el problema de la inflación es de todos; en
las grandes ciudades ya no contamos las noches que hemos pasado en vela
esperando el agua, la falta de justicia me afecta a mí y a la mayoría de
la población, la inexistencia de espacios para recreación sana para
nuestros hijos es mi problema como educadora, pero también de todos los
padres y representantes cuyos hijos contribuyo a educar... en fin: hoy
tenemos que "desgremializar" nuestras luchas y participar como ciudadanos,
aliado de otros. Tenemos que hacer un esfuerzo por identificar los
problemas comunes y actuar en consecuencia.
Comportamos como ciudadanos y no
como meros habitantes nos tiene que llevar a participar de alguna manera
en instancias organizativas del lugar donde vivimos: reuniones de
condominio o de la asociación de vecinos, saber comunicamos con las juntas
parroquiales o participar en la elección de los jueces de paz, son sólo
algunos ejemplos, y todo esto no con aquel "espíritu de sacrificio" muy
propio de los grupos cristianos de antes y de ahora pidiendo siempre
"abnegación". Hoy estamos hablando de ayudamos a nosotros mismos ayudando
a los que nos rodean. El entorno es mi responsabilidad. Los problemas no
son privados, tampoco pueden ser privadas las soluciones. Se trata de
entender que los derechos humanos "son cosas buenas que nos ayudan a vivir
mejor"(1), para decirlo de la manera sencilla de los campesinos
guatemaltecos. "Se trata de enfrentamos la cultura de la exclusión,
propiciada por el neoliberalismo, se trata de garantizar una serie de
mínimos para todos, se trata de "que seamos todos cada vez más consciente
de nuestra mutua implicación: todos estamos en el mismo barco de la
historia humana ''(2).
Creemos que esta participación del
Educador como ciudadano, en la solución de sus propios problemas, es paso
importante para que pueda impulsar en su escuela un trabajo de educación
en derechos humanos, pues los "anexos" pueden despegarse con facilidad.
Hay que acortar la brecha entre escuela y vida; muchas luchas que nuestros
alumnos y de sus padres y madres perfectamente pueden ser nuestros mismos
problemas. Las luchas constructivas en este país van a tener que ser
largas, necesariamente, tenemos que sentamos en el mismo bote y remar en
la misma dirección, para que podamos llegar a puerto seguro. Recordemos
que el cansancio repartido toca a menos por cabeza (lo mismo que los
miedos).
De la cartelera a la
manifestación
Nosotros coincidimos con muchos
otros(3) en que la Educación en Derechos Humanos (EDH) no puede
ser convertida en "una materia", en estos momentos de moda ''y ahora
niños, niñas, saquen el cuaderno de DDHH", no, eso seria la muerte
prematura de este trabajo de impulsar una cultura de los derechos de los
niños y niñas Y adolescentes que están en nuestras escuelas. La EDH es de
esos ejes transversales que deben permear toda la práctica educativa,
"desde la cartelera del salón hasta la manifestación", en la Plaza
Bolívar, por ejemplo.
Por supuesto, tiene que haber
momentos específicos durante el año escolar para la información sobre los
derechos reconocidos como tales, así como la manera de defenderlos. En ese
sentido es muy importante el trabajo que las ONGs de atención al niño,
agrupadas en la CONGANI, en tomo a la difusión de la Convención
Internacional sobre los Derechos del Niño. Una semana al año ("Juntos por
nuestros derechos"), o un mes, como lo hacemos en Fe y Alegría Zulia, con
una unidad integradora que culmina en acciones públicas en el barrio y en
la ciudad. Esas actividades constituyen un llamado de atención hacia el
resto de la comunidad fuera de la escuela, pero esos momentos específicos
se perderían si no son seguidos de la creación de un ambiente respetuoso
de los derechos.
Así, por ejemplo, no basta con que
los maestros en el Zulia hablemos del derecho a la identidad (artículos 7
y 8 de la Convención) si no enfrentamos el drama de los niños
indocumentados (extranjeros y nacionales); o no basta con que mencionemos
el derecho a opinar (artículo 13) si el aula no tiene una cartelera, o un
periódico escolar o una radio bocina para expresar sus ideas; o no basta
con que hablemos del derecho a no ser discriminados (Constitución Nacional
y Convención) si nuestras carteleras están llenas de "Irenes" y recortes
de la revista Vanidades y si se nos sale identificar "brutos e incultos"
con "indios"; no basta hablar del derecho a la organización y la
participación democrática si en el aula se respira un clima de
autoritarismo ("en esta democracia escolar, se hace lo que la maestra
diga"). En fin, se trata de vivir esos derechos proclamados en toda la
práctica educativa.
En este aspecto ya hay,
afortunadamente, experiencias concretas que nos hacen alegramos al saber
que son posibles (4). Y es en la vivencia de esas experiencias
que nos ha sorprendido cómo la ignorancia sobre los Derechos del Niño ha
llevado a tanta tolerancia y hasta legitimación de abusos. Por ejemplo, el
maltrato como "estrategia" para el aprendizaje está plenamente legitimado:
"péguele para que aprenda, maestra", suelen decir los representantes,
sobre todo en los pueblos pequeños, como el caso terrible de aquel alumno
de Caja Seca que le llevó de regalo a su maestra de primer grado una regla
para que le pegara a los niños. Sin embargo, afortunadamente, también es
sorprendente cómo el conocimiento de los derechos va haciendo cambiar
actitudes. "En la escuela nos dijeron que los padres tenían derecho a
corregirnos pero no a maltratamos", le dijo Gregorio a su padrastro una
noche. Esa vez le pegó más duro, pero no volvió a hacerlo. O la alegría
que nos dan las solicitudes de madres que piden a sus maestros de clase
para comprender mejor a sus hijos y no ser las primeras violadoras de sus
derechos. Una escuela que vive los derechos del niño, siempre está creando
y recreando su proyecto educativo, anda con ojos abiertos y no espera con
ansia el día de vacaciones o de paro, pues no hay rutina ni aburrimiento.
La realidad cambiante va dictando los contenidos. Así, en Semana Santa, el
vía crucis reflejará las caídas de la comunidad; en Navida9, se anunciará
la llegada del Mesías, convirtiendo en vida las cosas buenas que el barrio
va haciendo. Las paredes de la comunidad dejan de ser espacios exclusivos
de los partidos políticos y sirven de cartelera abierta para la expresión
de los niños, sus denuncias y sus sueños. (Como esa que está en una
esquina de una conocida avenida de Maracaibo: "Los muchachos de la calle
queremos una oportunidad": o aquellas en el barrio 24 de Julio, al sur de
la ciudad: "Sin agua no podemos ir limpios a la escuela ni regar las
matas"). El problema de la salud puede ser el hilo conductor del proyecto
educativo, y el ambulatorio del barrio se convierte en prolongación de los
posibles acciones de la escuela. Así se puede ver que los derechos se
alcanzan y no se consiguen en el supermercado. Por eso hablamos de vivir
los derechos.
En este trabajo escolar de la EDH,
se trata también de ayudar al niño a descubrir al otro. La emergencia
provoca da por la encefalitis equina nos hace mirar a la guajira y a la
discriminación del niño wayuú, o los sucesos de la cárcel de Sabaneta o de
La Planta, más recientemente, nos hace mirar a los presos y los problemas
de la justicia venezolana. La recluta nos lleva a fijamos en el drama de
los jóvenes de los barrios, y en el caso de las fronteras, el de los
indígenas, siempre perseguidos y maltratados en esos operativos de la
búsqueda. y así, el alumno debe ir reconociendo al otro como su prójimo,
poseedores de ambos derechos que deben ser garantizados.
En este descubrimiento,
subrayamos, es necesario que el educador también reconozca a sus 'alumnos
y compañeros de trabajo como "el otro" que merece nuestra solidaridad y
que, cooperando con él nos ayudamos a nosotros mismos.
Otro aspecto que debe ser tomado
en cuenta en una escuela que viva los derechos, es la parte organizativa.
Los alumnos deben tener sus organizaciones propias, en donde se entrenen
activamente no sólo como participantes sino también como líderes.
Coincidimos con Soraya El Achkar(5)
cuando dice que "hacer educación en y para los derechos humanos implica
entonces, mantener un enfoque holístico de los derechos humanos y trabajar
algunos indicadores de valores como metas, aspiraciones, actitudes,
intereses, sentimientos, creencias, actividades, preocupaciones, historias
personales y afirmaciones desde componentes afectivos y cognicitivos para
formar personas autónomas, con proyecciones personales y comunitarias" .
Nosotros sabemos que en los
actuales momentos, en donde la actitud más generalizada ante los problemas
es la dé "quejarse y no hacer nada"(6), según encuestas
recientes, y cuando el desánimo, rayando casi en la desesperanza en
algunos estratos, no hace nada fácil revertir esa anticultura de los
derechos humanos, pero tenemos nosotros la convicción y la esperanza que
si sostenemos este trabajo de Educación en Derechos Humanos desde el aula,
con los más pequeños, tal vez tengamos en años venideros unas generaciones
que sepan hacer las cosas mejor de lo que las estamos haciendo nosotros.
Creemos que si en las escuelas logramos crear anticipos de una sociedad
verdaderamente democrática y respetuosa de los derechos de todos, en el
futuro estos niños reclamarán algo parecido a la sociedad y serán
constructores de lo que hoy es sueño.
___________________
Fe y Alegría/Zulia.
1.ALDANA, Carlos. Una Milpa llamada
esperanza, Arzobispado de Guatemala. 1993, p. 22.
2. MARDONES, José María. Por una cultura de
la solidaridad. Sal Terrae. 1994.
3. Cf BASOMBRlO. Carlos. Educación y
Ciudadanía. CEAAL, Tarea. Lima, 1992.
4. Cf BETANCOURT, María y Luisa Pernalete.
Educación para la paz desde la escuela. Editado por Centro de Formación
Padre Joaquín, Fe y Alegría. Maracaibo. 1995.
5. El Achkar, Soraya, "La hermosa tarea de
formar para protagonizar una historia". Unos y otros, Revista venezolana
de derechos humanos, N°. 1, Caracas, 1996. pág. 18 6. Cf El Globo,
25.05.96 |