L. F. Damiani
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DEL INTELECTUAL CRÍTICO AL INTELECTUAL BLANDENGUE

Luis F. Damiani*

Es indudable que la sociedad venezolana está padeciendo una crisis profunda: improductividad, irracionalidad y desarticulación de las actividades estatales; un progresivo empobrecimiento de lo social representado por una clase política mediocre, más astuta que rigurosa, corrupta en todo tipo de manejos y sustancialmente extraña a la solución de los problemas colectivos básicos. Una élite política que ha escogido para afirmarse una vía distinta del rigor y de la ética de responsabilidad.

Frente a tal situación los intelectuales de izquierda tienen una enorme responsabilidad, podrían desenmascarar implacablemente, como es necesario, la mediocridad de la gestión del poder.

Por el contrario, parecería que, en la actualidad, la mayoría de los intelectuales de izquierda viven una condición de disociación entre sus praxis cognoscitiva J su praxis política: muchos de ellos están convencidos de la necesidad de no comprometerse políticamente, encerrados en una privacidad creativa más o menos dorada, unos cuantos escondidos en sus actividades académicas; algunos se sienten revolucionarios sin lograr vivir auténticamente su relación con un trabajo político organizado y finalmente, otros decididos a participar al juego del poder hegemónico.

Lo que me preocupa es presenciar cierto adormecimiento de las inteligencias y de las conciencias, cierta incapacidad de resistir a la avanzada de la mediocridad asumiendo cierta actitud tolerante, cautelosa, cierta disponibilidad cortesana de la cual no sabemos evaluar el costo.

En el curso de los últimos años el nivel de reflexión crítica sobre la necesidad de reales y profundas transformaciones en el tejido social venezolano se ha empobrecido notablemente. Se evidencia cada vez más la dificultad de los intelectuales de izquierda de expresarse con suficiente capacidad crítica sobre los problemas fundamentales del país. Me parece que la dirección cultural de la izquierda está, en su mayoría, ausente frente a la necesidad de una batalla cultural que oriente efectivamente hacia ciertos objetivos políticos distintos.

Hay un escaso y pobre nivel de reflexión política crítica que huidiza y evasiva sobre las cuestiones fundamentales, responde de manera inmediata y programática, no logrando así presentarse frente a la opinión pública como una fuerza portadora de una real alternativa de programa y de alianzas frente al desacierto de la política del status quo. En este espacio voy a referirme a los cambios y arreglos que se están produciendo en la conciencia de muchos intelectuales de izquierda, proceso que plantea la necesidad de reflexionar acerca de la relación entre las formas de presencia política del intelectual revolucionario, su rol social, el patrimonio político de la izquierda y la distribución y organización del poder social y político en la sociedad venezolana.

Una metamorfosis profunda está ocurriendo en la identidad cultural de los intelectuales de izquierda que erosiona en profundidad valores y actitudes, supuestas de una conducta que había estructurado desde décadas su imagen.

Desde hace algún tiempo venimos observando el fenómeno de absorción y de integración en la estructura estatal y política de muchos intelectuales de "izquierda", "revolucionarios". Me refiero en particular al intelectual que se autodefinía "teórico de oposición", '”crítico", cuestionador de lo establecido que, activando sus categorías de investigación y de análisis, era capaz de agredir la realidad social y de luchar aliado de las clases subalternas para construir un proyecto alternativo de transformación.

¿Cómo podríamos entender el porqué de tal sostenido proceso de asimilación del intelectual crítico en las estructuras representativas y burocráticas del Estado? ¿Por qué como sujeto social busca actualmente en el Estado una mediación que defina su estimación social y establezca y garantice un valor para su capacidad y competencia profesional? ¿Cuáles podrían ser las raíces del fenómeno? Las razones son complejas y múltiples.

Algunos podrían lanzar una hipótesis vinculada a la fase de crisis cultural de la vieja izquierda construida en torno a la hegemonía comunista. Otros posiblemente interpretarían tal proceso como efecto de una práctica política que en Venezuela desde hace tiempo, no logra crecer y enriquecerse. Finalmente se explicaría como resultado de la degeneración de la teoría crítica desvinculada de la práctica revolucionaria.

Pienso que una interpretación plausible y no excluyente pasaría por definir a los intelectuales como figuras sociales, no tanto subrayando su producción ideológica, sino su lugar en la organización material de su existencia. Una conjetura que apunte a señalar las condiciones específicas del trabajo intelectual, de la ubicación social, del lugar de trabajo, del tipo de relaciones profesionales que los intelectuales establecen en su entorno.

¿De dónde trae el intelectual sus medios de subsistencia? ¿Quién y en qué condiciones le ofrece empleo? ¿Qué tipo de acomodo, qué tipo de inserción se ofrece al intelectual? ¿Qué fuerzas, intereses, contenidos de autoridad utilizan sus capacidades e introducen sus productos en los circuitos sociales?

¿Y en caso de una confrontación con los intereses hegemónicos, de cuáles alternativas reales puede hacer uso el intelectual? Es el Estado, consciente de los nuevos roles que puede asumir la vida intelectual en sociedades como la nuestra, que se caracterizan por rápidas transformaciones en los modelos de vida, en la reinterpretación de viejas tradiciones y valores según el espíritu de los tiempos, el que puede otorgar a los intelectuales de izquierda un fin social.

El Estado, capaz de garantizar empleos y desemboques profesionales, ofrece al intelectual "crítico" desempeñar, desde el punto de vista práctico, actividades concretas haciendo ''útil'' su especialización profesional, universalizándola socialmente con gratificaciones, prestigio y reconocimiento. El Estado venezolano, frente a la complejidad creciente de las demandas que las masas transmiten al vértice del sistema institucional, intenta responder asumiendo siempre nuevas tareas y dilatando sus propios aparatos.

Los cambios en la estructura poblacional, la transformación de programas sociales y el nacimiento de nuevas necesidades, suponen una mayor demanda social que implica la intervención del Estado en todas aquellas áreas de política social identificadas como "welfare services". La definición y la transmisión de las demandas sociales deben organizarse en estructuras asociativas que hacen indispensable a los operadores profesionales y técnicos, que constituyen una élite permitiendo la realización de cambios funcionales en nuestra sociedad.

En la actualidad, el cuadro ofrecido por el sistema político venezolano presenta agotamiento y elementos de fuerte desequilibrio.

Frente a la insatisfacción general con el funcionamiento del sistema político, y lo que podría ser más grave, frente a la posibilidad de pérdida de poder y legitimidad, el Estado puede realizar algunas iniciativas en el intento de superar la crisis política, como por ejemplo, alargar las bases del régimen a través de la anexión de parte de la oposición "desleal", asimilando sus líderes a nuevas coaliciones.

Se propone a los más lúcidos intelectuales de "críticos", ejercer un rol activo en las funciones decisivas de legitimación, concientización y articulación de un progreso de "modernización" institucional que permita mantener cierto equilibrio entre demandas y orientaciones políticas.

En vista de tal situación, el gran peligro en que puede incurrir un intelectual interesado en un proyecto de transformación, sería aquello que Althusser llamó "la ilusión junaica de la política", es decir, trabajar exclusivamente en el interior del cerebro de la democracia parlamentaria burguesa. Asumir una función de mediación racional y actuar, como diría Gramsci, como el cemento social insertado en el interior de las estructuras estatales y administrativas, implica el serio peligro de terminar aceptando, por ejemplo, la tesis weberiana de la neutralidad de la burocracia, transformándose de intelectual "crítico" en intelectual administrativo. El proceso de asimilación podría terminar con la asunción, por parte del intelectual "crítico", de centinela de la lógica institucional.

El intelectual "crítico" termina definiéndose para su afirmación profesional al acudir en busca de su confirmación en el orden de grandeza, prestigio, poder de los organismos que la soliciten. El vértice de éxito apunta irresistiblemente hacia el reconocimiento unánime, oficial y el indicador seguro son las demandas que le llegan directamente de los mayores centros de poder o de las estructuras ligadas a éste.

La pérdida de su autonomía viene indemnizada con el crecimiento en otro terreno: dignidad profesional, prestigio social, recompensas económicas. El itinerario de la carrera, del éxito, de la afirmación del intelectual, tiende a encubrir la ingerencia y el patrocinio del poder que lo ha acordado. El éxito profesional, el reconocimiento "nacional", el ascenso social son tan fuertes que logran desvincularlos de las opciones políticas más radicales. El ascenso en el rol profesional marcha paralelamente con el descenso del poder de incidir como oposición real en la sociedad.

Su crítica, su capacidad de interpretar las contradicciones en la gestión del poder político e institucional, son tanto más blandas, cuanto más él pueda lograr el propio potenciamiento profesional. En este proceso de atracción, adulación, los intelectuales "críticos" muy difícilmente pueden mantenerse independientes de las estructuras estatales dentro de las cuales operan y de la naturaleza de su oficio del cual adquieren status.

Insertarse en estas relaciones de trabajo significa establecer una complicidad funcional con las numerosas instituciones del sistema político económico dominante y aceptar de alguna manera, en la propia persona, la dependencia y la exclusión sobre el control y las finalidades del mismo trabajo. Substraerse de tal complicidad, de hecho se hace cada días más difícil y se estructura fácilmente una relación de dependencia y colaboración con el poder del Estado.

No debemos descuidar los riesgos de una práctica oportunista, inherente a toda toma de participación a la gestión del poder hegemónico. Práctica política tendiente a transformar un intelectual de ruptura en un intelectual con postura blandengue frente a los planes de desarrollo del Estado cuyo propósito es la racionalización del capitalismo. Tal escogencia, no hay que olvidarlo, es una opción distinta a la postura socialista que es la contestación del poder, de la autoridad, de la organización y de las relaciones de producción capitalista. Una cosa o la otra: situarse en el terreno de la social democracia significa tomar una postura de luchar contra el socialismo.

Creo que hay necesidades sociales que esperan unas respuestas políticas alternativas y coherentes. La actual situación nacional impone repensar las perspectivas políticas de las fuerzas de izquierda, y ello exige la valorización de una dimensión "crítica" de la conciencia intelectual. Hoy más que nunca, hay que replantear y concretar la cuestión de la reforma moral e intelectual en el sentido de trabajar en una crítica de las formas sociales existentes, que implique acentuar en la polémica cultural la dimensión de la transformación y del proyecto.

Este intento podría reducir el área de difusión del escepticismo, de la desconfianza, del oportunismo sumando figuras sociales inertes y dispersas en un plan de cambio.

Hay que llevar a cabo una gran batalla ideal para restablecer una cultura, no ambigua, de transformación. En la actualidad falta una contestación rica de carga crítica y de fecundas indicaciones en el terreno de la práctica social de las clases subalternas.

Puede afirmarse que el problema sustantativo con que se enfrentan tales clases reside en la insuficiencia de producir intelectuales orgánicos a niveles político. Asumimos con Lukács que un intelectual puede convertirse en revolucionario en la medida que pueda abandonar sus intereses de clase para participar en la lucha de clase del proletariado, llevando a cabo con conciencia, lo que la gran masa del proletariado realiza instintivamente, permaneciendo en el nivel económico sus reivindicaciones.

La dirección cultural de la izquierda debe seriamente hacerse portadora de un proyecto político de transformación integral de la sociedad. Nuestro país necesita de intelectuales serios, dispuestos con tesón y fuerza de voluntad a emprender un trabajo de hormiga para la construcción de un proceso de cambio a mediano y largo alcance. Es una empresa colectiva que requiere una fuerte tensión política y un bagaje de competencia, de elaboraciones, de preparaciones, de disposiciones.

Lograremos hacer cultura de la transformación cuanto más se logre hacer cultura de la realidad. Pero sin caer en planteamientos moderados ni en ambas opciones, la voluntad de transformación se desespera, queda vaga, indeterminada, abstracta; manifestándose su impotencia al doblegarse sobre lo existente y al lanzarse en acciones desatinadas.

Una estrategia de desequilibrio, que significa oponer un contrapoder al poder existente, supone un conocimiento efectivo de la realidad, de las tendencias de desarrollo de las estructuras sociales y de los cambios, como también de las formas de conciencia existentes.

Hay que crear instrumentos críticos y cognoscitivos (praxis gnoseológica) vinculados a iniciativas prácticas, que al preocuparse de la validez de los fundamentos de su accionar, sea capaz de trabajar una nueva hegemonía. Necesitamos conocer los procesos sociales para poder dibujar un mapa de acción política, operar con la iniciativa, con la lucha, con proposiciones para superar los desfases entre una adecuada base analítico teórica y las concretas vías operativas (praxis revolucionaria) para realizarlas.

La utilización del saber especializado debe reconducirse a la formulación de un conocimiento crítico, es decir, de una teoría del proceso social que analice las contradicciones actuales para una distinta distribución del poder. Trabajar entonces, en la creación de un proyecto que sepa conquistar con la credibilidad ideal, cultural y moral, fuerzas sociales que puedan sostenerlo en una lucha política cabal.

Una de las cuestiones principales estriba en establecer cuáles formas y organizaciones de lucha actúan en sentido revolucionario y no es una batalla puramente pedagógica o declamatoria. La superación del estancamiento supone una reforma moral, pero también una decidida voluntad política, acciones políticas claras, perspicuas, que puedan surgir de la conciencia de la necesidad no prorrogable de una gran transformación social. El terreno de esta reconstrucción no puede superarse del terreno de la construcción de un nuevo estado y de una nueva forma de ordenación social.

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*Abogado, sociólogo, profesor Escuela de Sociología, UCV.

Publicado en el "Suplemento Cultural" del diario Ultimas Noticias 23/02/86

Debate Abierto: revista venezolana para la reflexión y discusión. Director responsable y fundador: Carolus Wimmer
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