SOBRE FASCISMO, GOLPISMO Y
OTROS INGENIOS
José Vicente Rangel*
Quienes
se empeñan en satanizar a Chávez usan argumentos que no soportan el menor
análisis que inclusive favorecen al candidato. Conviene decir que hay
enemigos del líder del 4F que le están haciendo, sin quererlo, la campaña.
Chávez lidera las encuestas y la figuración en los medios lo cual es vital
para una candidatura porque quienes le adversan disparan a diario en
contra suya e, indirectamente, le hacen publicidad. La muerte para un
candidato es ser ignorado. La mención, así sea desconsiderada, lo
favorece. Pero los antichavistas no lo quieren entender.
Fascismo
En lo que se dicen contra Chávez
está la acusación de fascista, algo que por cierto luce exótico para el
venezolano. Usar el término al voleo es ignorar, deliberadamente, las
características del fenómeno y el contexto en el cual se produjo en otras
latitudes. En Venezuela no hemos tenido fascismo ni lo tendremos. La
idiosincrasia nacional lo repele. La izquierda incurrió muchas veces por
su tendencia a las comparaciones caprichosas en el error de calificar de
fascista actitudes simplemente autoritarias y expresiones políticas
conservadoras. Algunos que acusan de fascista a Chávez dijeron lo mismo de
Caldera y de Copei. De Betancourt en la década de los 60 para caracterizar
la represión. Ni el discurso ni la conducta pública y personal de Chávez
configuran fascismo. ¿Se le puede tildar de fascista a priori? ¿Es que del
discurso de Chávez se deduce fascismo y no así del de Salas cuando éste
dice que hará lo de Fujimori si llega al poder? Y a propósito, ¿es
fascismo lo de Fujimori o simple autoritarismo?
Golpismo
A lo sumo se podría hablar de una
inclinación hacia la acción, a poner de lado el tejido legal y
constitucional, lo cual es típico del comportamiento del venezolano, quien
no se caracteriza por el culto a la ley. Nuestra historia está plagada de
ejemplos malos ejemplos. La paz se ha instalado entre nosotros no por obra
de la legalidad sino de la autoridad. También en la etapa democrática. El
comportamiento de sus líderes siempre estuvo marcado por el propósito de
saltar la talanquera. Villalba, a raíz del 14 de febrero del 36, sostuvo
que "la leyera el refugio de los políticos románticos" para impugnar la
legalidad de la época. Betancourt así duela a sus exegetas no tuvo
escrúpulos para aliarse a los integrantes de una logia militar y derrocar
al gobierno del general Medina, que estaba encauzando al país por la senda
democrática. Caldera y Villalba no vacilaron en apoyar el triunvirato
militar que tumbó a Gallegos y muchos hombres de izquierda, que ahora
reivindican con ardor la constitucionalidad, fueron protagonistas de las
rebeliones militares de Carúpano y Puerto Cabello. También el 4F contó con
amplio respaldo tácito o expreso en el mundo civil. Algunos de los que hoy
cuestionan a Chávez por haber in surgido, avalaron el golpe. En primer
término Caldera, quien planteó al igual que muchos otros- en medio de la
crisis, la renuncia de Pérez.
Ahora resulta que el único
golpista en el país es Chávez. y me pregunto, ¿será porque es militar? Mi
impresión es que la reiterada acusación que se le hace responde más a un
viejo resorte antimilitarismo, propio de otras épocas, cuando el esquema
"civilización y barbarie" era ilustrado con la idealización del civil y la
demonización del militar, que a la realidad actual. Chávez intentó un
golpe, asumió su responsabilidad y pagó por ella, mientras que a miles de
golpistas mimetizados en demócratas nadie les reclama. ¿Cuánto golpista,
de viejo y de nuevo cuño, no toma asiento en el gabinete de Caldera? Pero
el civil puede ser golpista y no se le pide cuenta. En cambio, al militar
-¿sólo por serlo?- se le pasa recibo durante toda la vida, así transite
por la vía democrática. ¿Por qué la adscripción a la democracia de un
golpista civil es válida y no lo es la de un militar golpista? Es como el
argumento que algunos emplean de que todo militar es autoritario, gorila o
fascista, como si fuera esta una condición natural del hombre de uniforme.
Como Si no hubiese civiles fascistas, gorilas y autoritarios los líderes
del nazi fascismo no eran militares y como si en Venezuela no hubiésemos
tenido militares de conducta democrática al frente del Estado como López
Contreras, Medina y Larrazábal.
Oportunismo
En una democracia donde el
oportunismo de los dirigentes juega garrote, parece que los únicos que lo
practican son Chávez y el MAS. ¿No fue oportunismo tener un discurso
cívico y aliarse con militares para derrocar a Medina? ¿Oportunismo no fue
alentar la conjura contra Gallegos? ¿O purgar lo mejor de AD para
garantizarse el control del partido y hacerle el juego a la política de
EEUU en las décadas de los 60 y 70? ¿No fue oportunismo apoyar a Caldera
con un discurso antifondomonetarista y antiprivatizador y luego
acompañarlo en un viraje de 180 grados? ¿No es oportunismo el de Luis
Herrera agarrándose a las faldas de Irene? Respaldar electoralmente a
Chávez es oportunismo, pero apoyar a Irene, Salas Romer o Alfaro no lo es.
Tampoco lo es cuestionar el apoyo a Chávez para seguir en el Gobierno. ¡Pendejadas!
En ese campo no hay fronteras y aquellos que pretenden fijarlas lo hacen
con una fuerte dosis de oportunismo. ¿Quién lanza la primera piedra?
El Estado de impunidad
El pasado sábado 20 de junio ayer
se cumplieron 2 años del asesinato del abogado José Alberto Totesaut
Salicetti. El crimen no es extraño en nuestra sociedad. Al contrario,
forma parte de la cotidianidad. Con el colapso de la seguridad el
venezolano convive a diario con la muerte. En este sentido el horrendo
asesinato de mi yerno no tiene nada de insólito en un país donde la vida
nada vale. Es el caso de miles de víctimas en el territorio nacional. Por
eso sostengo cuando los asesinos de Totesaut cumplieron su sangriento
cometido, lo ubicaron a él y a su familia en el contexto del terror del
cual nadie escapa en Venezuela. Esta fatalidad hay que aceptarle como
realidad mientras no se restablezca algún día- la noción de seguridad.
Mas, lo que no se puede aceptar como fatalidad es que, consumado el
crimen, éste sea amparado por las propias autoridades. En otras palabras,
que el Estado se involucre por acción u omisión en el delito. Que es lo
que ocurre con el caso Totesaut y con miles de casos similares o
parecidos.
Siempre he dicho que peor que el
delito es la impunidad. Amnistía Internacional acaba de afirmar que "la
impunidad es la más grave violación a los derechos humanos". Y en
Venezuela vivimos en total impunidad.
No hay Estado de derecho, sino
Estado de impunidad. Hace dos años mataron a Totesaut, ante su esposa y su
hijo de tres años. Desde ese momento mi familia ha vivido una doble y
terrible pesadilla: la de la pérdida de un esposo y un padre, y la aún más
desoladora: la de la impotencia absoluta. Saber que, pese a estar claros
los móviles del crimen e identificados los autores materiales e
intelectuales por un órgano de seguridad del Estado, la complicidad de un
cuerpo policial y la indiferencia de la administración de justicia
permiten que a 2 años del crimen todo siga en ese miserable misterio que
suele tejer la complicidad.
Para mí el gran responsable de la
impunidad que "cangrejizó" el caso Totesaut es el presidente de la
República, a quien emplacé en más de una oportunidad a esclarecer el
hecho. Hubo un momento en que Caldera me habló de su determinación de
hacerlo y prometió, incluso, reorganizar a fondo la PTJ.
Cosa que no hizo. Dejando intacto
por razones de amiguismo un equipo que no sólo fracasó en la investigación
del asesinato de mi yerno sino en muchos otros casos, lo cual es factor
determinante del auge delictivo que tiene contra la pared a la ciudadanía.
En la palabra y buenas intenciones del Presidente definitivamente no creo.
Como no cree el país en nada de lo que él promete y hace. Siendo esto
parte de la crisis nacional, que sólo tendrá respuesta apropiada el día
que los venezolanos decidamos darle un vuelco a la manera de relacionamos
con el poder. Mientras tanto, estamos condenados a vivir en un clima de
antivalores, donde el jefe del Estado como ocurre con Caldera es el gran
responsable.
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* José Vicente Rangel
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