A 150 AÑOS DEL

MANIFIESTO COMUNISTA
Jacques Texier*
¿Cuáles son las perspectivas del movimiento
emancipador en el estadio actual de la lucha de clases? (si es que sigue
siendo vigente el concepto de lucha de clases)
Estas perspectivas son malas por el momento,
porque en los últimos años hemos acumulado del derrotas que hacen dudar
fundadamente de la propia emancipación comunista. El capital y las clases
dirigentes están a la ofensiva desde el comienzo de los años ochenta, en
una situación, ciertamente, de una crisis económico-estructural que
caracteriza este fin de siglo. Ellos vienen a ser la culminación de
momento, en Europa particularmente, donde la ofensiva neoliberal se lleva
a cabo en el marco apremiante de la Europa de Maastricht. ¿Vamos a entrar
en un período de profunda regresión social? La fase actual de la puesta en
marcha del tratado de Maastricht conlleva el desmantelamiento del Estado
del Bienestar. Nos encontramos en una situación de paro forzoso masivo y
con una gestión económica que sólo conoce la ley de la competencia. La
resistencia a una regresión social generalizada existe, pero es difícil.
Lo que predomina respecto al futuro es la incertidumbre y concierne sobre
todo a la salida de la crisis. Pesimismo de la inteligencia, optimismo de
la voluntad, esta fase que gustaba a Gramsci, me parece adecuada a nuestra
época.
Lo cierto es que la lucha de clases continúa
existiendo y que la ofensiva de la burguesía y de las formas actuales de
resistencia a la restauración de un capitalismo duro, hacen que nadie dude
(o dejará de dudar bien pronto) sobre la existencia de la lucha de clases.
Si los trabajadores también se convencen de ello,
la recuperación de la lucha por la emancipación, más allá de las luchas de
resistencia, se volverá más fácil.
Todo sucede un poco como si fuera necesario
empezar desde cero. El comunismo ha vuelto a ser el fantasma que amenaza
al mundo. Es preciso escribir un nuevo Manifiesto que renueve la
perspectiva de la emancipación creíble.
Esto no es una tarea fácil. Pero ¿tenemos otras
perspectivas que la de conducir la lucha de clases en las condiciones
actuales y la de promover todas las Luces que son necesarias para la
emancipación? ¿Está escrito en alguna parte que las luchas práctica y
teórica pueden acabar alguna vez?
Las perspectivas de la emancipación hoy día me
parecen algo semejantes a las que se replantearon en 1864, en el momento
de la fundación de la Primera Internacional. Su nacimiento marca una
revitalización del movimiento tras una grave derrota. La diferencia
notable es que en 1864 la clase obrera estaba en plena expansión mientras
que hoy disminuye.
Como nos hallamos en 1997, os propongo referimos
al primer documento que preparó el Manifiesto, a saber, no los Principios
del Comunismo de Engels, sino El proyecto de profesión de fe comunista que
es resultado de una negociación y de una redacción común con los
dirigentes de la Liga, que data de junio de 1847. En la pregunta número 6
«¿Cómo desea usted preparar su comunidad de bienes?», se responde:
«Mediante la instrucción y la unión del proletariado». En alemán, «Durch
Aufklärung und Vereinigung des Proletariats». Propongo traducir Aufklärung
en su sentido filosófico de «Ilustración», estrechamente ligadas al siglo
XVIII con la idea de emancipación. Véase Kant por ejemplo. Simplemente,
con Marx y Engels, la Ilustración quedan ligadas con la unión del
proletariado.
En 1997, esta respuesta comprende también me
parece un excelente programa para una reafirmación del proyecto de
emancipación. Promover la ilustración y la unión del proletariado a escala
mundial constituye una sola y la misma tarea o dos tareas estrechamente
unidas. Pero esta fórmula nos suministra también un doble criterio para
juzgar una cuestión mayor: la de las formas de organización. La
organización y sus diferentes formas son absolutamente indispensables. Es
esta una de las grandes lecciones de Marx y de Engels hasta el punto de
que, para ellos, la clase no existe sin estas formas políticas. Pero
nosotros sabemos hoy que éstas pueden convertirse en obstáculos
formidables a la emancipación del proletariado y de la humanidad. Las
organizaciones del movimiento obrero son en sí mismas objeto de luchas por
dirección y el poder. Consiguientemente, nada es más temible que la idea
de una abolición de la política. Ella ha producido con frecuencia
comunistas, militantes sacrificados, incluso heroicos, que hacen política
en todas partes, menos en sus organizaciones. Esta idea y esta práctica
son contrarias a la emancipación. Hay que confiar en que formen parte
definitivamente del pasado.
Por otro lado, las organizaciones tienden a
mantenerse en su esencia y en su propia reproducción identificadora, se
convierten fácilmente en un fin en sí mismas. Ellas son entonces un
obstáculo al progreso de la Ilustración por un lado, pero también a lo que
debería ser su único objetivo: la unión del proletariado y de las fuerzas
progresistas en todo el mundo. No se hará desaparecer esta tendencia,
propia de la vida de las organizaciones, lo mismo que no se hará
desaparecer la política en la medida en que ella plantea la cuestión del
poder. Basta con conocerla: las Luces son elucidación. ¿Cuál es el remedio
posible? La tendencia anti burocrática presente constantemente en la obra
de Marx: puede ser un recurso precioso. Así pues, las organizaciones del
movimiento obrero deben estar sometidas a un proceso de revolución
cultural permanente, o a una reforma intelectual y moral (Gramsci)
constante. El recurso para esta revitalización constante es, precisamente,
la Ilustración como saber crítico al servicio de la emancipación. Hay
ideas que liberan, e ideas que esclavizan o favorecen la servidumbre.
Esta cultura de la Ilustración es el bien más
precioso. Es necesario preocuparse de él constantemente. La sombra del
oscurantismo multiforme amenaza permanentemente a la ilustración
emancipadora. La experiencia del movimiento obrero en este dominio es
infinitamente rica y dolorosa.
Esta cultura implica que uno se interrogue sobre
las condiciones antropológicas tanto del progreso de la ilustración y de
la emancipación como de su regresión Para el movimiento obrero, la bestia
inmunda es el fascismo, pero también el estalinismo y todo lo que prepara
su cama. Ahí también hay que decir: ¡Hombres, vigilad!
Democracia y comunismo
Me ocuparé sobre todo del primer término presente
en el título. Aunque por supuesto, lo esencial es la relación entre los
dos y la historia del comunismo del siglo XX nos incita a examinar de
cerca lo que Marx: y Engels escribieron sobre ella.
Una primera consideración se impone: Marx: al
redactar el Manifiesto, no dio la misma importancia a esas dos cuestiones
del comunismo y la democracia. Se puede decir más: el lugar otorgado al
problema de la democracia es del todo insuficiente si se tiene en cuenta
el lugar que ocupaba en las actividades políticas de Marx: y Engels. Dicho
de otro modo, los lectores del Manifiesto bastante bien saben en qué
consiste la revolución comunista. Pero en cuanto a la democracia ello es
menos seguro. En el Manifiesto encontramos una cierta cantidad de frases
cuyas estructuras se parecen y todas subrayan la necesidad de conquista
del poder, de derrumbamiento de la dominación burguesa, de instauración de
la dominación del proletariado. Una de esas frases precisa al pasar que la
dominación del proletariado es también la conquista de la democracia.
Cierto es que esta frase se encuentra en un lugar decisivo al final del
segundo capítulo (Proletarios y comunistas),justo antes de la presentación
del programa del período de transición: «Más arriba ha sido dicho que el
primer paso en la revolución obrera es la constitución del proletariado en
clase dominante, la conquista de la democracia»(Oeuvres I p. 181). Si
remontamos un poco más, al principio de ese segundo capítulo o en el
capítulo primero, encontramos otras frases adonde se trata la conquista
del poder, pero la cuestión de la democracia no.
No hay nada que se refiera a la forma democrática
de la dominación del proletariado. Podríamos ciertamente citar la frase
que nos asegura que la revolución comunista será una revolución de la
mayoría para la mayoría y no una revolución de la minoría en provecho de
una minoría. Esta fase, claro está, es importante, pero tampoco dice nada
sobre la forma política y aquí está el punto decisivo.
Tenemos entonces una sola frase en la que se
precisa que el primer paso en el proceso revolucionario es la conquista de
la democracia. Además esta frase no es de una claridad ejemplar. Ella
establece una equivalencia entre conquista de la dominación política por
el proletariado y conquista de la democracia. ¿Pero qué significa esta
equivalencia?
Podemos interpretarla en el sentido de democracia
substancial sin tener en cuenta la forma política. Se podría decir por
ejemplo: en verdad la única verdadera democracia independientemente de la
forma política es la dominación del proletariado. Ahora bien, y hace falta
subrayarlo, el sentido de la frase no es éste. Para Marx y Engels, la
democracia designa el sufragio universal y las instituciones que se basan
en la soberanía del pueblo. Se trata entonces de una forma.
Sabemos con seguridad que tal es la buena
interpretación de la frase del Manifiesto: los textos que lo preceden y
otros textos ulteriores (Engels 1895) lo confirman. Entre los textos del
año 1847 existe uno de una claridad radical. Se trata de los Principios
del Comunismo de Engels. Marx se sirvió de este escrito para redactar el
Manifiesto, y debemos decir que sobre este punto como sobre los otros, el
texto de Engels es un complemento indispensable para entender el
Manifiesto. Sobre el problema de la forma democrática, debemos leer la
respuesta en la cuestión 18: « ¿Según qué proceso se desarrollará esta
revolución?» Respuesta: « (la revolución) empezará por establecer una
Constitución democrática, es decir directamente o indirectamente, la
dominación política del proletariado. Directamente en Inglaterra adonde
los proletarios constituyen la mayoría de la población. Indirectamente en
Francia y en Alemania, etc.».
De una manera general puede afirmarse que Marx y
Engels, durante el período que precede a la revolución de 1848, llegaron a
elaborar una posición suficientemente satisfactoria sobre las relaciones
entre democracia y comunismo. Pero no totalmente, ya que tienden a no
considerar el valor de la democracia en sí misma, sino con relación a lo
que de ella puede resultar del punto de vista de los intereses
socio-económicos mayores del proletariado. Hoy en día puede afirmarse que
se trata de un límite en sus ideas. Sin embargo, no debemos perder de
vista sus motivaciones profundas.
Marx y Engels critican lo que llaman en diferentes
momentos de sus vidas la «democracia pura», porque para ellos se trata de
encontrar soluciones para los problemas sociales que toman constantemente
una forma dramática. Me parece que hoy en día el movimiento obrero debe
afirmar el valor de la democracia política de manera absoluta, es decir,
como un bien en sí-mismo, al cual el movimiento obrero se encuentra atado.
Sin embargo, no es menester decir que el conjunto del discurso de Marx y
de Engels sobre la necesidad del movimiento obrero de servirse de los
principios de la democracia para resolver los problemas sociales
escandalosos que agobian a la clase trabajadora es todavía plenamente
válido. Más allá de los derechos políticos están los derechos sociales y
más allá todavía se plantea la cuestión de los derechos económicos. Hay
una dinámica de la democracia. Puede sostenerse con buenos argumentos que
el comunismo definido por Marx como «autogobierno de los productores» es
una realización radical del principio democrático. . Intentemos precisar
la conclusión a la que llegaron Marx y Engels en vísperas de la revolución
de 1848 sobre la cuestión de la democracia. Engels lo expresa con su
fuerza y su claridad acostumbradas: «En todos los países civilizados la
democracia tiene como consecuencia necesaria la dominación política del
proletariado, y ésta es la primera condición de todas las medidas
comunistas», citado parcialmente en Oeuvres 1. p. 727. Engels «Los
comunistas y K. Heinzen» en La Gazeta Alemana de Bruxelas del 3 y 7 de
octubre de 1847. Es una posición que puede considerarse como excesivamente
optimista, y que, como tal, puede tener consecuencias peligrosas. Si se
confirmara que la democracia no conduce tan simplemente al comunismo como
Engels parece afirmarlo, el resultado podría ser la toma de distancia
política con respecto a la reivindicación democrática. Pero esto no
acontece casi nunca en la historia de la actividad de Marx y Engels.
Quizás puede decirse que Marx y Engels se acomodan al sentimiento de los
diferentes partidos obreros con respecto al sufragio universal y que
durante todo un período hay, especialmente en los países latinos, una
sólida desconfianza con respecto al sufragio universal. Lo que no es el
caso ni en Alemania ni en Inglaterra.
Finalmente, Marx y Engels reivindicaron
constantemente el sufragio universal y las instituciones que se basan en
el principio de la soberanía del pueblo. Y a grosso-modo, aparte algunas
dificultades pasajeras en ciertos países, la actitud del movimiento obrero
durante toda su historia ha sido ésta. La idea fundamental de Marx y
Engels ha sido siempre que las instituciones del Estado representativo
moderno son favorables a la constitución del proletariado en clase, es
decir a su organización política. Esto es verdad en un simple régimen
liberal que respeta un cierto número de libertades esenciales. Con mucha
más razón si se trata de un régimen democrático. En cuanto a la república
democrática, Marx y Engels se atuvieron, por regla general, a una posición
de base que es bueno recordar. La república democrática es el terreno
sobre el cual el proletariado se prepara en mejores condi ciones al
enfrentamiento final con la burguesía.
¿Qué acontece luego en cuanto a la forma política
en la cual se realizará la emancipación concreta del proletariado, es
decir el paso al socialismo o al comunismo?
Marx y Engels opinaron dos veces sobre la forma
política.
En primer lugar, desde la experiencia de la Comuna
de Paris, y esta es la posición más conocida: el proletariado necesita una
constitución comunal; se trata de la forma política por fin hallada para
la emancipación del proletariado. Debe precisarse lo que Marx entendía por
esto. Podemos resumir lo esencial teniendo presente que de aquí resulta
una «rectificación» del Manifiesto que aparece en un prefacio en común de
1872 sobre la necesidad de quebrar el aparato de Estado. La segunda
intervención sobre la forma política la debemos a Engels y es mucho menos
conocida. En 1891, Engels afirma en un texto, que pasará casi inadvertido,
que la república democrática desburocratizada, del mismo tipo que la
primer república francesa, es la forma política específica para la
dictadura del proletariado. Esta posición audaz no será constantemente
sostenida durante los últimos años de su vida.
En consecuencia, el movimiento obrero inspirado
del marxismo poseerá en materia de teoría política los siguientes tres
elementos: 1.- La dictadura revolucionaria del proletariado es necesaria,
2. -La república democrática es el terreno más favorable para que el
proletariado se prepare al enfrentamiento final, 1.- La Comuna es la forma
política por fin alcanzada para la emancipación del proletariado.
Ahora quisiera tratar un segundo aspecto de la
cuestión de la democracia en el momento de la redacción del Manifiesto.
Marx lo trata en la cuarta parte del Manifiesto intitulada: «La posición
de los comunistas con respecto a los diferentes partidos de la oposición»
Se trata del problema de las alianzas del partido comunista con los
partidos llamados democráticos por un lado, y por otro lado con los
partidos socialistas o social-demócratas. Podemos notar cierta ambigüedad
del vocabulario, pues en vísperas y también durante la evolución de 1848,
la expresión «partido democrático» tiene un doble sentido. Por un lado
designa un partido determinado que existe en casi todos los países, y le
da el nombre. Por otro lado, también designa un «partido» en sentido
amplio, de corriente, movimiento, tendencia; y en ese sentido, los
comunistas pertenecen al «partido democrático»; son el ala proletaria y
por consiguiente la más radical tanto desde el punto de vista de los
objetivos últimos como desde el punto de vista de los métodos de combate.
Los comunistas son, así pues, favorables a una alianza durable con los
partidos democráticos y forman parte activamente del movimiento
democrático que se manifiesta entonces en toda Europa.
Los comunistas discuten igualmente sus relaciones
con fuerzas que no son «democráticas» sino solamente «liberales».
Evidentemente sus posiciones varían según los países. Hay unos en que la
burguesía no está todavía en el poder y donde los comunistas se hallan
listos a ayudarla a derrocar el antiguo régimen y la monarquía absoluta.
En esos casos se llegará frecuentemente a la institución de una monarquía
constitucional con sufragio censatario, que es la forma de Estado
representativo moderno que mejor conviene a la burguesía liberal. En los
países adonde ya existe una forma de Estado liberal, se trata de luchar
con los partidos democráticos en sentido restringido para pasar de la
monarquía constitucional a la república democrática.
Desde 1845 a 1848 y más allá, Marx y Engels,
primero en el grupo de Bruxelas y luego en el seno de la Liga de los
comunistas, luchan para convencer a sus interlocutores del valor de las
soluciones comunistas, y para que se constituya un amplio y poderoso
partido democrático en cada uno de los países y en el plano internacional.
No debemos entonces sorprendemos al encontrar en
esta cuarta parte del Manifiesto la siguiente frase que Marx y Engels
ponen concretamente en práctica en sus actividades internacionales, en
particular en Londres en el seno de los Fratenals democrats: «Por fin los
comunistas trabajan en todas partes por la unión y la comprensión de los
partidos democráticos de todos los países».
Para entender mejor la posición de Marx y de
Engels hemos de tener presentes tres cosas:
Primero: La cuestión de la revolución violenta no
es un problema para el conjunto del campo democrático. Este campo
democrático está más o menos de acuerdo sobre el método revolucionario.
Segundo: La reivindicación democrática es con frecuencia una
reivindicación del movimiento obrero: es el caso particularmente de
Inglaterra, donde el partido obrero es el partido de la Carta, es decir,
el partido del sufragio universal. Desde 1842, por medio de Engels, los
cartistas tienen una gran influencia sobre la elaboración teórico-política
de Marx y de Engels. Si no tenemos en cuenta esto, no podemos comprender
nada del conjunto de sus posiciones. Desde 1842, Engels piensa que los
cartistas que se imaginan la conquista del sufragio universal sin una
revolución se hacen ilusiones. La burguesía no concederá semejante reforma
justamente porque el proletariado se valdría de ella para modificar,
quizás radicalmente, sus condiciones de existencia. Puede pues pensarse
que el cartismo no se encuentra solamente en el origen de la tesis según
la cual la primer etapa de la revolución será la conquista de una
constitución democrática, sino también en el origen de otra tesis que
aparece en 1850 escrita por Engels, y luego en 1852 escrita por Marx: la
tesis de la posibilidad de un paso pacífico al socialismo en Inglaterra.
En fin, la reivindicación democrática está, en la
mayoría de los casos, estrechamente vinculada a reivindicaciones sociales
más o menos radicales. La idea de Marx y Engels según la cual la
revolución permitirá instaurar la democracia y practicar una política
social favorable para el proletariado y para las otras clases del pueblo
es ampliamente admitida. Igualmente, con excepción de una tendencia
puramente burguesa (por ejemplo el partido del «Nacional» en Francia) (que
puede legítimamente apelar a la democracia, pero que Marx y Engels
pondrían en la categoría de la <<pura democracia»), los «demócratas»
tienen también tendencias socialistas o comunistas. En Francia este
partido demócrata-socialista es el del periódico La Réfonne, con
dirigentes como Ledru Rollin e intelectuales como Louis Blanc. Ahora bien,
la cuarta parte del Manifiesto designa claramente a esos
demócratas-socialistas, en Francia y en otros países, como los aliados
naturales de los comunistas. Sobre este punto como sobre otros Marx no
hace más que seguir, paso a paso, lo que Engels escribió en los Principios
del Comunismo.
Esto nos permitirá, para concluir, examinar dos
cuestiones. La primera son las divergencias existentes entre los
socialistas-demócratas y los comunistas. La segunda es la rápida evolución
de Marx y Engels sobre las alianzas durante la revolución.
¿Cuál es la naturaleza de las divergencias entre
los comunistas y los demócratas-socialistas? ¿Conciernen éstas a la
constitución democrática? Claro que no. Sobre este punto hay acuerdo. ¿Se
trata entonces del programa propuesto por los unos y los otros? Este
programa de medidas enumeradas por Marx se encuentra al final del capítulo
11. Engels lo designa como un programa de transición, y lo expone con
mucha claridad en los Principios. Sin embargo, Marx y Engels nos dicen, en
diferentes momentos en esta época, que el programa de los
socialistas-demócratas no se diferencia nada del programa transitorio de
los comunistas. ¿Cuál es, entonces, la diferencia? Engels lo explica en la
respuesta de la cuestión 24 de los Principios: «quieren introducir por la
misma vía que los comunistas una parte de las medidas descritas en el
parágrafo 18 (programa de transición en 12 puntos J.T.), pero en lugar de
ver una vía de paso al comunismo, consideran que esas medidas serán
suficientes para suprimir la miseria y hacer desaparecer los males de la
sociedad actual».
En el parágrafo 18, Engels expone la concepción de
los comunistas con respecto a sus medidas de paso (Übergangsmittel zum
Kommunismus p. 232): se trata de atacar la propiedad privada a través del
empleo de esas medidas. Pero el proletariado estará obligado a ir mucho
más lejos hasta llegar al término normal que es el comunismo. El concepto
aquí presente, aunque no expresado lingüísticamente, es el de revolución
permanente, que Marx y Engels tomaron prestado de la experiencia de la
revolución francesa. El mismo género de argumentos se encuentra también en
las dos series de artículos escritos por Engels y Marx contra Heizen. Al
final de este proceso de radicalización se llega al comunismo. Resulta
entonces claramente que se trata no solamente de una sociedad sin clases y
sin Estado, sino también sin relaciones de mercado. (cf. Principios, p.
221 & 18). El Manifiesto habla solamente de la abolición del «tráfico», y
podemos preguntamos lo que eso significa.
Llegamos de esta manera a la siguiente idea:
quizás no se deba comenzar la revolución comunista demasiado temprano,
pero una vez empezada se debe continuar hasta el final.
Ahora quisiera decir algunas palabras sobre la
evolución de las posiciones de Marx y de Engels a propósito de las
alianzas. En 1847-48, los demócratas-socialistas son los aliados naturales
de los comunistas. En 1850, el panorama es bien diferente. La desconfianza
que se les tiene a los demócratas-socialistas llegó a su punto máximo. En
Luchas de clases en Francia y en la circular de la Liga de marzo de 1850,
los demócratas pequeño-burgueses son rudamente criticados. Desde este
momento, el único aliado de los comunistas es
BlanqÜi;hasta ahora fuera de cuestión. En el plano
internacional se constituye una Asociación Internacional de comunistas
revolucionarios, con los blanquistas y el ala izquierda del cartismo.
Ahora la orden será: revolución permanente y dictadura del proletariado.
Quisiera terminar insistiendo en la necesidad de ubicar los textos de Marx
y Engels en sus contextos históricos: particularmente el Manifiesto. Se
trata, en verdad, de un texto lleno de frescura que Marx y Engels
publicaron constantemente, tanto como documento histórico, como por ser un
texto teórico-político de un valor ejemplar. Yo también sucumbo a su
encanto sin dudas eterno. Sin embargo, en la medida de una cierta
capacidad de reflexión, insistiré sobre el hecho de que para un marxista
no hay textos sagrados. No podemos tener la misma relación con el
Manifiesto que un cristiano con el Evangelio.
En el Manifiesto ¿qué ideas son propias de su
momento Histórico y cuáles poseen valor actualmente?
Dado que el Manifiesto del Partido Comunista es a
la vez el de la idea del comunismo, se puede desear una toma de posición
personal referente a este' asunto. ¿En qué consiste esta idea en lo que
tiene de esencial, tanto para el presente como para el pasado? Consiste en
sostener que es necesario abolir la propiedad privada capitalista, y en
consecuencia, el trabajo asalariado; que esta abolición es una revolución
social; que este trastorno de la sociedad es necesariamente resultado de
la lucha de clases, cualquiera que sea su forma. Esta revolución social
debe instaurar la propiedad social o común de las potencias u sociales con
las que producimos la riqueza. Esta idea comunista implica con toda
seguridad la limitación del lugar y de la importancia de las relaciones
mercantiles en la vida social, y un papel acrecentado, de la conciencia,
de la voluntad y de la acción colectiva metódica en el funcionamiento
económico (planificación de la vida económica).
Así pues, la cuestión es saber si se cree todavía
en esta idea, una vez reducida a lo que tiene de esencial. Yo confieso que
sigo creyendo en la validez de esta idea. Me sigue gustando, y las razones
que me vinculan a ella siguen siendo muy numerosas. Incluidas las que
exponían Marx y Engels en vísperas de 1848.
Entre las ideas, más bien desconocidas, expuestas
por Marx a comienzos del año 1848, se encuentra la idea según la cual la
unión de los proletarios de todos los países, su asociación para poner fin
a la competencia que existe entre ellos, equivale al fin del trabajo
asalariado y por lo tanto del capital. Yo la encuentro poderosa y profunda
y pienso que quienes se consideran miembros del movimiento obrero o se
sitúan en la prolongación de esta tradición, no deberían ocuparse
prácticamente más que de ella. Desgraciadamente, al igual que en 1848, el
capital va muy por delante sobre el terreno en materia de
internacionalismo. La clase obrera ha sido, y es todavía, una clase
subalterna, como decía Gramsci. Esto significa muchas cosas. Y para un
intelectual, el problema sigue consistiendo en estar aliado de, o con esta
clase, para ayudarla a no quedarse en clase subalterna. Tal era para mí la
cuestión cuando tenía veinte años, y sigue siéndolo todavía.
Una vez contestado lo que responde a lo que
llamamos la convicción personal, la pregunta nos invita a indagar cuáles
son las ideas del Manifiesto que poseen un carácter histórico, y que
pueden variar considerablemente de una época a otra, según las condiciones
históricas. En contrapartida, tendríamos entonces aquellas otras que
siguen siendo válidas actualmente.
La pregunta debe ser correcta, puesto que acude
espontáneamente a la mente durante un aniversario como el presente. Sin
embargo yo no desearía empezar por ella. He dicho que la idea de comunismo
en lo que posee de esencial me parece tener un valor actual. Pero
podríamos preguntamos para comenzar, si tenía un valor actual en 1848. Mi
respuesta será negativa.
La idea de una revolución comunista en 1848 era
completamente utópica. Hoy, su realización práctica topa con dificultades
relacionadas con las transformaciones de la producción y con el lugar que
en ella ocupan los hombres: nos podemos preguntar si el sujeto de la
revolución, identificado por Marx y Engels, el «sepulturero» del que se
trata en el Manifiesto, es aún suficientemente poderoso. Pero, a pesar de
este grave interrogante sobre el sujeto de la transformación social, diría
sin embargo que aquélla me parece mucho más actual hoy que en 1848.
Los principios del comunismo de Engels, escritos
en la misma época que el Manifiesto, comienzan con esta definición del
comunismo: «El comunismo es la teoría que enseña las condiciones de la
liberación del proletariado». (Los principios, op. cit. p. 191) Esta misma
idea es retomada y desarrollada en el Manifiesto al comienzo 80 del
capítulo 11 (<<Proletarios y Comunistas»), cuando Marx escribe: «en el
plano teórico, ellos (los comunistas J. T.) Tienen sobre el resto del
proletariado la ventaja de su comprensión clara de las condiciones, de la
marcha y de los resultados generales del movimiento proletario.» Ahora
bien, ninguna de las condiciones del comunismo (ni las condiciones
objetivas), existían en 1848. Engels lo subraya en 1895 en una
introducción célebre a "Las luchas de clases en Francia" de Karl Marx y
añade que había sido lo mismo, en 1871.
Por mi parte añadiría a continuación muchas otras
que se pueden predicar igualmente de la revolución de Octubre de 1917. Sin
duda había una revolución en el orden del día de la Rusia zarista, pero no
ciertamente una revolución comunista. Esta es la razón por la cual el
fracaso grandioso de las revoluciones comunistas del siglo XX, la de los
bolcheviques en particular, puede afectarme muy profundamente, pero no
puede llevarme a poner en tela de juicio la idea misma del comunismo o del
socialismo. Es distinto para la masa de gente. El fracaso de la Unión
Soviética, su hundimiento total, vuelven a poner en tela de juicio la
validez misma de la idea socialista. La derrota del movimiento comunista
significa la derrota de la idea misma de socialismo o de comunismo. Esto
no es, quizá, conforme a la razón, pero es así, y habrá que tenerlo en
cuenta. La ofensiva capitalista ha impuesto ya la idea de que era preciso
contar siempre con los análisis marxistas del capitalismo. Pero la idea
que el marxismo se hacía de una, sociedad alternativa permanece de momento
en el fondo del agujero. En 1945, después de la victoria sobre el
fascismo, todo el mundo era un poco socialista, y el capitalismo reformado
de la que Hobsbaum denomina «la Edad de Oro» estuvo profundamente marcado
por estas ideas. Esto ocurrió así después de una victoria. ¡Ay de las
ideas de los vencidos! En lo que concierne a 1848, se puede pensar que
Marx y Engels no eran por completo ignorantes de esta verdad elemental
respecto de las condiciones del comunismo, que muchas páginas que ellos
escriben enseñan con insistencia. Podemos convencemos de ello confrontando
la radicalidad de la revolución comunista que ellos proponen (que tiene
como fin la supresión de las clases sociales, no lo olvidemos), y el
contenido, en suma muy modesto, del programa que ellos definen para los
países más avanzados. No, es menos cierto, que en tanto que militantes,
ellos perdían fácilmente de vista las condiciones objetivas y subjetivas
sin las cuales es absurdo hablar de comunismo. Este era el caso, muy
particularmente, en lo que concierne a Alemania.
En 1844, Marx había concebido ya la idea genial o
absurda, que puesto que Alemania estaba muy retrasada en relación con los
otros países europeos, era preciso, de entrada, emprender allí no una
simple emancipación política, sino la emancipación «humana», (es decir,
comunista). ¡Se puede ser un gran teórico, no se es por ello menos humano!
Así, respecto de la idea comunista en lo que ella posee de esencial, es
preciso concluir que sus condiciones subjetivas están actualmente en
crisis, que sus condiciones objetivas no existieron durante gran parte del
siglo XIX, y tampoco en muchos países durante el siglo XX. Sus condiciones
a la vez objetivas y subjetivas han existido durante un cierto número de
decenios, en varios países europeos. Pero la revolución social no se ha
producido en ellos. ¡Asunto de coyuntura, se podría decir! La cuestión
está en saber si, para la humanidad, las ocasiones perdidas se vuelven a
encontrar algún día. Cuando uno no se apoya, como es nuestro caso actual,
en la idea de la necesidad o de la finalidad histórica, estas son
preguntas que uno puede hacerse. Pero ahora paso a hacer la distinción
entre lo que es esencial y lo que es circunstancial en la idea comunista.
La cuestión más importante es, sin duda, la que
hace a la necesidad de la revolución violenta. Engels (incluso él) y
posteriormente Gramsci, han insistido en el hecho de que después de la
Comuna de París comienza una nueva época, que se caracteriza por el paso
de la guerra de movimientos a la guerra de posiciones. Hacemos notar que,
ni para Engels ni para Gramsci, esto significaba que los momentos de
violencia revolucionaria serian en lo sucesivo excluidos del movimiento
histórico. Pero nosotros sabemos que el asunto de la violencia
revolucionaria, de su lugar, de su importancia relativa, de su papel,
proceden de la reflexión estratégica encaminada a inventar una «fórmula
política» adaptada a cada época. Esto, es el «abecé».
Habría que ser muy necio para pretender dictar su
conducta a los pueblos. Es tarea de los partidos representativos hacer
este trabajo de elaboración en relación con los sentimientos, las
necesidades de su pueblo y en relación también con las posibilidades
realmente existentes. La política es un arte, y como se sabe, por ello
mismo, los errores de evaluación se pagan siempre muy caros En lo que
concierne a la forma de las luchas en lo porvenir, la previsión es muy
difícil, si no francamente imposible. Gramsci decía: no se puede prever
otra cosa que la lucha. Hacemos constar que, en numerosos países, la idea
misma de revolución violenta ha desaparecido del horizonte. Confrontados a
este hecho, nuestras convicciones personales tienen poca importancia.
Lo que en contrapartida me parece que es una idea
siempre válida, incluso si tampoco es hoy de actualidad, es la idea de
revolución social. Aunque sólo sea para limitar el dominio del capital en
el curso de un proceso de transformación que comporta reformas de
estructura anticapitalistas es preciso ir contra las relaciones de
propiedad existentes. Con mayor motivo cuando se trata de abolir el
capitalismo. Por eso, con o sin revolución violenta, es necesario
transformar el orden social existente, transformar las relaciones de
propiedad. En esto consiste una revolución social.
Entre las ideas que me parecen caducas, querría
destacar una: la de la extinción del Estado. Las funciones represivas del
Estado están llamadas a disminuir y sin duda a desaparecer con la
atenuación de los conflictos de clases. Esta es, a no dudar, la idea que
Marx contempla en el Manifiesto. Pero otras funciones (de regulación en
particular) se desarrollarán (apenas se trata la cuestión de la
planificación en el Manifiesto; en contrapartida, la idea está
desarrollada en Los principios del comunismo). Investigar cuáles son las
funciones que desaparecen o disminuyen y cuáles aparecen o se desarrollan
me parece ser el método correcto. Se podría concluir que los poderes
públicos perderán su carácter de clase y de opresión, pero, desde luego
no, como escribe Marx, «su carácter político». Marx y Engels han enseñado
al movimiento obrero la necesidad de la acción política. Es lástima que
hayan renunciado al hermoso término «política» que evoca la ciudad, para
designar las actividades colectivas que surgen de los poderes públicos y
se desprenden de los mismos. Hay que elegir entre dos concepciones: la de
Aristóteles, que define al hombre como animal político y la de Marx que
rechaza esta definición aristotélica y que se atenía a la idea de que el
hombre es un animal social.
La cuestión del poder no es algo que se disuelva,
como el azúcar en el café. Más vale reflexionar sobre las mejores fórmulas
políticas, que soñar un mundo sin Estado y sin política. Si hay una idea
que pertenece por completo a la época del Manifiesto (pero que tendrá
siete vidas, como los gatos, a lo largo de todo el siglo), es precisamente
la idea anarquista de la abolición del Estado que Marx y Engels aceptaron
matizándola a su manera. La idea de una pura administración o de una
tecnología social que ocupase el lugar de la política procedía del Saint-
simonismo. No hay mucho que conservar de ella, a no ser la idea de que los
poderes públicos, incluso cuando han perdido su carácter de clase, están
siempre necesitados de administración y de expertos.
Para concluir, y resumiendo, diré que lo esencial
de la idea comunista, que concierne a la propiedad común de los medios de
la riqueza y la planificación de la vida económica, me parece por completo
válido; que la idea de la violencia revolucionaria es asunto de
circunstancias históricas; y que la idea de la extinción del Estado me
parece caduca.
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* Profesor
de la Universidad de La Sorbonne - Paris |