La filosofía de la Praxis Como crítica de la razón
histórica
José Rafael Herrera*
"... La critica, de por si, no necesita llegar a
establecer, ante si misma, su objeto, puesto que ya ha terminado con él.
No se comporta como un fin en si, sino simplemente como un medio. Su
sentimiento esencial es el de la indignación, su tarea esencial, la
denuncia". Karl Marx.
Mucho se ha hablado, sobre todo en los últimos
treinta años, de la muerte del marxismo. Su defunción ha sido anunciada
con insistencia por no pocos títulos, muchos de los cuales han sido
escritos por intelectuales provenientes de sus filas, de acendrado
compromiso y comprobada militancia, formados dentro de una sólida
tradición, nada improvisada y, más bien, académicas. Acusados de
"tránsfugas" por la irreductiblemente reducida ortodoxia proletarista y
vistos con desconfianza por sus antiguos opositores de derecha, terminan
en una especie de limbo, o, más bien, de letargo conceptual, en un
aislamiento casi profético, marcados por la herejía y la traición, como si
su papel en la historia hubiese sido el de advertir -"a tiempo"- el
crepúsculo, la inevitable bancarrota de lo que, algunos años atrás,
defendieran con vehemente pasión.
A veces, la línea divisoria entre la concepción
filosófica y el compromiso ideológico resulta casi imperceptible. Pero, a
veces entre lo uno y lo otro se abre un inmenso abismo, una insalvable
brecha en la que los personajes implicados caen precipitadamente al vacío,
sin poder encontrar una nueva posición, un nuevo soporte, capaz de dar
sentido a sus minimizadas existencias.
La historia del pensamiento está llena de ejemplos
similares en este sentido. Momentos de gloria y trombas triunfales plenan
el centro y el entorno de los inquisidores denunciantes, apreciados como
grandes visionarios. Pero momentos de silencio, frustración y soledad
acompañan luego sus desapercibidas existencias, casi de inmediato, casi
instantáneamente, tal y como si se los hubiese tragado la tierra.
En todo caso, conviene preguntarse si, tal vez,
exista alguna relación de continuidad entre la teoría y la praxis de una
determinada concepción del mundo y su progresivo abandono, es decir: si
cabe pensar en la posibilidad de que la pureza científica con la que en
algún momento se asume una cierta doctrina -en este caso, la del
marxismo-, defendida con entusiasmo y ardor, sea la premisa para encontrar
algunos indicios de su interior abandono y ruptura.
Para ello, será necesario seguir más de cerca, los
fundamentos de lo que, hasta el presente, ha definido el horizonte de
comprensión de la concepción oficial del marxismo. Más precisamente, se
trata de penetrar en el núcleo mismo de semejantes indicios, con lo cual y
por vía inmanente se intenta confirmar el hecho de que la filosofía de
Marx, como tal, es un enfermo que goza de muy buena salud.
El marxismo en abierta oposición con los
argumentos desarrollados por su fundador, a lo largo de su historia
oficial y en su afán por mantenerse adherido a la objetividad del mundo
externo, ha desarrollado una cierta tradición dirigida a fundamentar su
doctrina, por un lado, sobre la base de un modelo de cientificidad
analítica, más cercano a Aristóteles, Rousseau y Kant que a las así
llamadas "trampas" de la dialéctica y del historicismo de ascendencia
hegeliano. Pero, por otro, junto a este modelo de cientificidad, más o
menos genérico y no muy actualizado que se diga, ha venido cultivando una
especie de código o sistema moral, una Ley positiva, que se complace en
anunciar, con tono solemne, las debilidades de sus adversarios y las
grandes, irreversibles e indiscutibles verdades descubiertas por sus
fundadores. "La doctrina de Marx advierte Lenin en sus Tres fuentes y
partes integrantes del marxismo es todopoderosa porque es exacta. Es
completa y armónica, dando a los hombres una concepción del mundo integra,
intransigente con toda superstición, con toda reacción y con toda defensa
de la opresión burguesa"... Bajo esta perspectiva interpretativa, se pone
de manifiesto el hecho de que, no tan curiosamente, convivan en esta
doctrina histórica una visión marcadamente cientificista de "los hechos"
sociales y una metafísica escolásticas de corte moral.
No tan curiosamente, se ha dicho. Porque sabido es
que el modelo de cientificidad que deriva de la ilustración tiene su
origen en una visión consubstancialmente metafísica. El gran mérito de
Antonio Gramsci, uno de los marxistas no perteneciente a la ortodoxia
oficial, ha sido, por cierto, el de advertir la presencia de semejantes
vínculos. En una de sus anotaciones de cárcel, Gramsci, al referirse a la
insistente evocación de la "realidad del mundo externo" presente en casi
todos los manuales de la tradición marxista, señala que, "en efecto, esta
creencia es de origen religioso, aunque quien participe de ella sea
religiosamente indiferente. Porque todas las religiones han enseñado y
enseñan que el mundo, la naturaleza, el universo, ha sido creado por Dios
antes de la creación del hombre y que por lo tanto el hombre ha encontrado
el mundo ya listo, catalogado y definido de una vez y para siempre", y le
recuerda al lector que "esta creencia ha devenido un dato férreo para el
"sentido común".
Así, en medio de su paciente labor por enderezar
los entuertos derivados de una interpretación canónica del pensamiento de
Marx, Gramsci exhortaba a la inteligencia socialista a tomar pertinente
distancia del naturalismo tout court que, en virtud de su carácter
abstracto, termina reflexivamente proyectando la imagen, no menos
abstracta, del dogmatismo metafísico. Posiciones del pensamiento, respecto
de la objetividad que, en el fondo, compilan en sí mismas la otreidad de
la otreidad, es decir, la mismidad. Por ello, Gramsci señala que, en
realidad, objetivo quiere decir lo "humanamente objetivo", aquello que
puede corresponder exactamente a lo "históricamente subjetivo", ya que "el
hombre conoce objetivamente en cuanto que el conocimiento es real para
todo el género humano históricamente unificado en un sistema cultural
unitario". En virtud de lo cual prefiere el pensador italiano recuperar
los estrechos vínculos que tuvo Marx con la dialéctica hegeliana. Y de ahí
su nítida advertencia: "La filosofía de la praxis, también en este caso,
no puede no ser puesta en relación con el hegelismo, que de esta
concepción representa la forma más completa y genial", por lo que el resto
de las teorías sucesivas concluye Gramsci son más que "aspectos parciales
y valores instrumentales".
Más importante todavía resulta el examen de
algunos pasajes escritos por el propio Marx, examinados fuera de sus
habituales parámetros canónicos. Por ejemplo, señala Marx que' no es la
conciencia del hombre la que determina el ser, sino el ser social el que
determina su conciencia. Esta transparente formulación, hecha por Marx en
el Prólogo a la Contribución de la crítica de la economía política de
1859, y más allá del simple registro de lectura hecho por la tradición
marxista, contiene una critica radical no sólo de las concepciones
idealistas y subjetivistas de su época, sino también de las ficciones
filosóficas materialistas y, en lo particular, dirigida contra el carácter
naturalista e individualista que semejantes posiciones le atribuían al
conocimiento: un materialismo que, desde el punto de vista conceptual, se
halla ubicado muy por detrás del criticismo de Kant.
Según Marx, el "hombre" no es un individuo
aislado, abstraído del resto de la sociedad, tal y como era concebido por
la filosofía francesa del siglo XVIII. Para Marx, el hombre es un ser
social, es decir, el conjunto de las relaciones en medio de las cuales, en
una determinada sociedad, se expresa la completitud de la vida humana.
Es por ello que la frase de Marx contiene una
visión inescindible de la correlación que existe entre el pensamiento y el
ser, así como también entre la libertad y la necesidad. En otros términos,
la concepción filosófica de Marx tiene su fundamento en la unidad de la
filosofía con la historia: se trata de una filosofía de la inmanencia
absoluta, situada más allá de las separaciones y de los parcelamientos que
generalmente se ponen entre la actividad práctica y el conocimiento
teórico. Una concepción en la que el proceso histórico es comprendido como
permanente actividad de los hombres, como la constante formación social
del sujeto. La Filosofía de la Praxis es, en consecuencia, el intento
crítico e histórico por concebir la absoluta unidad del pensamiento y de
su determinante participación en la creación de la realidad, ya que son
los hombres los que observan y reconstruyen la historia, haciendo
explícita la necesidad racional de su curso, de su devenir afirmativo y
negativo a la vez. La síntesis de este proceso siempre aparece para el
pensamiento, como su proceso y resultado, mas no como su punto de partida.
Este es el motivo por el cual figuras de la talla
de Georg Lukács o de Antonio Gramsci, consideren, no sin razón, que la
Filosofía de Marx es una filosofía crítica de la historia, cuya estructura
dialéctica exige que el conocimiento de sus principios no pueda ser ni
exclusivamente filosófico ni exclusivamente histórico: más bien, tiene que
ser, de un modo determinado y necesario, el reconocimiento de la recíproca
compenetración de lo histórico y de lo filosófico.
Por eso, alegan -cada uno a su modo y en su
tiempo-, que la Filosofía de la Praxis tiene que vérselas tanto con la
teoría del conocimiento cuyos fundamentos reposan en el subjetivismo y en
el empirismo como con la metafísica tradicional cuyas bases tienen su
origen en el dogmatismo y el objetivismo. Se trata de combatir, por un
lado, la interpretación que separa a la Filosofía de la Praxis de la
filosofía, cuando se afirma que la "doctrina" de Marx es una ciencia, y
que posee un método, igualmente científico, de interpretación de la
historia. Y, por el otro, a la interpretación que convierte el pensamiento
de Marx en una filosofía de la historia, pero vinculando sus principios a
concepciones pre kantianas, es decir, homologándolos con los de una
objetividad independiente de la capacidad creadora de la realidad que el
propio Marx le atribuía al pensamiento.
La tarea es, pues, ardua y compleja, porque se
trata de demostrar que la Filosofía de la Praxis es una filosofía crítica
de la historia, para lo cual se impone tomar la precaución de no
confundida con posiciones contenutistas, abstractas y, por ello mismo,
contradictorias respecto de sus principios.
Los hombres, señala Marx, producen su propia
historia, pero no según los deseos que emanan de su albedrío individual,
sino como consecuencia de las condiciones que le son previas, es decir, a
partir del hecho social que, a su vez, es el resultado de una anterior
producción histórica, social, humana. Son condiciones que van formando una
segunda naturaleza, el terreno artificial en virtud del cual se desarrolla
el curso infiere de la historia.
Tal es, en último análisis, el significado de la
marxiana filosofía de la historia. El pensamiento de Marx se revela como
la última gran filosofía de la historia, en virtud de que plantea la
necesidad de expresar, críticamente, la sustancia del proceso histórico y
su naturaleza dialéctica. Una filosofía de la historia vinculada de forma
estrecha con el pensamiento de Hegel, dado que permanece esencialmente en
su ámbito.
En efecto, más allá de toda visión parcial y
simplificadora de las relaciones existentes entre el pensamiento de Hegel
y de Marx, una mirada más atenta y menos prejuiciado ante esquemas
simplistas, logra comprender que la así llamada "inversión" del supuesto
"idealismo" hegeliano por el no menos supuesto "materialismo" marxista
sólo puede llevar a una explicación dogmática, esto es, predeterminada de
la realidad, que conduce a un fatalismo histórico.
La historia, considerada como un "puro"
desenvolvimiento de las ideas, independiente de la realidad, no es más que
una simple y banal abstracción. Hegel era demasiado prudente como para
llegar a postular semejante argumento. Pero, de igual modo, concebir la
historia como una "pura" realidad, independiente del pensamiento que la
construye, sería algo igualmente banal y simplista. Tales posiciones, no
son más que abstracciones que intentan establecer las necesarias
diferencias existentes entre 000 y otro autor por la vía del burdo
maniqueísmo.
De tal manera que, interpretar el pensamiento de
Marx como una doctrina definitiva y concluida en sí misma, que se limita a
observar en su linealidad evolutiva las causas y los efectos de los
fenómenos de la historia como algo fijo e inerte, es una interpretación
que se basa en la escatología, porque, en el fondo, considera la actividad
de los hombres como algo in esencial, como simples marionetas que se
mueven en medio de estructuras fijas, mas no de un modo en el que puedan
obrar eficaz y conscientemente sobre ellas para transformarlas, tal y como
sostiene Marx. Todo lo cual entraría de inmediato en contradicción con la
sustancia, los fines y propósitos de la crítica marxista. Frente al
objetivismo materialista y frente el subjetivismo idealista, como términos
constitutivos de la oposición, la Filosofía de la Praxis propone un
historicismo integral: la producción de la actividad sensitiva humana, es
decir, el ser social en tanto que unidad de la conciencia y del ser, de lo
racional y de lo real.
Que lo real sea racional quiere decir que hay que
saber lo que en verdad es real. Por lo general, se piensa que lo real
reside sólo en los objetos materiales que nos rodean. No obstante, es
necesario distinguir entre lo que aparece de manera inmediata y la
realidad efectiva. También lo real posee una existencia inmediata; pero
cuando se llega en sustancia a conocer la realidad efectiva, quien la
conoce se sitúa más allá de lo pasajero y trivial. Pero esa realidad de
verdad no se encuentra situada en el más allá, en una instancia superior o
cosa por el estilo. Esa realidad se encuentra en el modo presente, y de lo
que se trata es de develarla por medio del pensamiento, que la estudia y
la comprende en su historicidad, es decir, reconstruyéndola.
Como dice Hegel nadie puede saltar por encima de
su tiempo, porque el espíritu que está presente en cada tiempo está
igualmente presente en cada individuo. Y la tarea consiste en reconocer el
contenido específico de ese espíritu, develarlo ante la conciencia de su
realidad presente. Los hombres no permanecen anclados en una determinada
situación: siempre cambian y se construyen una nueva vida, una nueva
manera de ser y de producir. Una sociedad, históricamente dada, con base
en sus necesidades, siempre hace surgir nuevas formas, nuevas ideas y
nuevos valores, que con el transcurrir del tiempo son sometidos a revisión
y hasta a cambios radicales, para poder reconocerse en ellos, y vivir de
conformidad con la verdadera realidad productiva en la que les toca
existir. Es por ello que, para la Filosofía de la Praxis, se hace
indispensable conocer todos los elementos específicos de la vida cultural
de una determinada sociedad, y no puede contentarse con presuposiciones
esquemáticas ni con la simple "pureza" del 'movimiento de las categorías'.
Tales son los términos dentro de los cuales, para
la Filosofía de la Praxis, resulta posible la comprensión del devenir
histórico, en medio de la crisis y de los inevitables desgarramientos que
en ella presentan con bastante frecuencia, y que, lejos de interrumpir la
idea de la totalidad del proceso, forman el elemento renovador y de
recuperación de su unidad orgánica. Este es, por cierto, el papel de las
revoluciones en la historia: vencer las distancias entre la realidad y la
racionalidad, remontar los extrañamientos, recomponer la unidad de los
términos que se encuentran en situación de oposición.
En este sentido, puede decirse que la Filosofía de
la Praxis es un verdadero monismo; pero no un monismo "materialista" o
"idealista", sino la unidad correlativa de los términos que constituyen la
oposición dentro de cada formación social y cultural específica, y que,
sin embargo, forma parte del discurso de la historia de la humanidad; una
unidad que relaciona indisolublemente la materia historiada y la
naturaleza transformada por los hombres. Una filosofía, por lo tanto, del
acto impuro. Hay aquí un obrar recíproco de la historia sobre la filosofía
y de la filosofía sobre la historia, de las formas sobre la vida y de la
vida sobre las formas, que se manifiesta en toda su concreción. Más aún,
se trata de un obrar que permite explicar la particularización de lo
universal (el historiarse de la filosofía) y la universalización de lo
particular (el conceptualizarse de la historia); lo que a su vez explica
la acción efectiva de la filosofía sobre la realidad y la acción efectiva
de la realidad sobre la filosofía.
En virtud de semejante operación crítica, es
posible llegar a descubrir la terrenalidad del "idealismo" histórico de
Hegel, así como también la espiritualidad del "materialismo" histórico de
Marx. La verdad del idealismo se encuentra en el materialismo y la verdad
del materialismo se encuentra en el idealismo: el espejo que media entre
ambas imágenes de la reflexión es, precisamente, la acción del
pensamiento.
Esta es la importancia de la determinación del ser
social sobre la conciencia. Y tal es la importancia de la crítica
marxista. A partir de tales formulaciones lo abstracto es substituido por
lo concreto, dado que el objeto, como el resultado de la actividad de los
hombres a pesar de que ha venido siendo fantaseado e independizado de
ellos, por una necesidad particular de las abstracciones del entendimiento
reflexivo- es restituido por el objeto que se relaciona inescindible e
intrínsecamente con aquella actividad; una actividad que se desarrolla
dentro de la constancia de un proceso en permanente continuidad y cambio.
De este modo, el desgarramiento que sustenta los
puntos de vista de la reflexión es superado por la historicidad de una
filosofía crítica, situada incluso más allá de toda posición parcial y, a
la vez, de todo sistema metafísico cerrado y definitivo. Con ello, además,
se da inicio a la concreción del auténtico realismo histórico, y se abre,
en la historia de la filosofía, un nuevo momento para su reconstrucción
auto comprensiva y auto afirmativa, esto es: transformadoras. Nada grande
se ha hecho sin pasión, decía Hegel. Corresponde a la acción ideológica y
política de los marxistas reinventar su cuerpo doctrinario, con la
inteligencia y flexión que caracteriza la obra del fundador, a fin de
producir las transformaciones que el presente impone y exige.
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* Profesor
de Filosofía de la Praxis. Escuela de Filosofía. Universidad Central de
Venezuela.
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