|
Alexis
Márquez Rodríguez *
El proceso de globalización que vive
actualmente la humanidad es inevitable. No se trata de un engendro
diabólico, como algunas personas pretenden hacer ver. Tiene, desde luego,
implicaciones negativas, que pueden llegar a ser graves, pero como toda
obra humana es susceptible de perfeccionamiento. Es, además, la resultante
de un desarrollo histórico que se ha venido cumpliendo de manera gradual,
a lo largo de diversas etapas, en cada una de las cuales la situación
social ha estado signada por determinados valores. De ahí su
inevitabilidad, pues de darse, hubiese supuesto un corte, o una desviación
radical de aquel proceso, lo cual hubiese sido desde todo punto imposible
y por tanto ilusorio.
Globalización
y Utopía
La globalización es una consecuencia
directa del extraordinario desarrollo del fenómeno de la comunicación. Más
aún, la globalización es, en cierto modo, la etapa más avanzada de ese
desarrollo comunicacional. Lo cual no quiere decir que sea su punto
culminante, sólo que 10 que vendrá después es en alto grado impredecible,
entre otras razones porque no es un fenómeno aislado, sino que se inserta
dentro de un complejo fenomenológico de carácter totalista, cuyo futuro no
es fácil pronosticar. Todo esto, además, se hace todavía más complejo,
porque tiene una fuerte implicación con algo que a menudo se tiende a
perder de vista, que es el sentido sustancialmente humano y universal de
la utopía. Los acontecimientos de los últimos años, que entre otras cosas
han producido la aniquilación de un intento de concreción utópica, hasta
el momento el más avanzado de la historia y el más cercano a su definitiva
instauración, han hecho perder de vista muchas veces que la utopía es Una
constante histórica, que surge y se desvanece, para volver a surgir y
desvanecerse de nuevo, pero que nunca desaparecerá de manera definitiva,
como tampoco es viable que llegue a realizarse en toda su plenitud, por la
sencilla razón de la permanente inconformidad humana, que siempre hará que
el hombre, individualmente, y las sociedades en que se agrupe aspiren a
algo más de 10 que ya tienen, aun en el supuesto de que llegasen a tenerlo
todo, 10 cual sería en esencia una hipérbole, pues ese «todo» es
absolutamente inalcanzable.
Por esa complejidad, dada por la
inserción de hechos como el de la globalización dentro de un totus en que
se juntan e interrelacionan muy diversos fenómenos, no es fácil aislar uno
solo de ellos, amén de que al intentar hacerlo se puede distorsionar la
realidad del que se pretenda aislar. Sin embargo, no está demás
intentarlo, y a veces puede ser incluso necesario, procurando a toda costa
reducir los riesgos de distorsión 10 más posible. En nuestro caso, vamos a
intentar el examen del fenómeno de la globalización desde un punto de
vista específico, aunque no muy concreto, dado a su vez su carácter
también en extremo complejo, que es el punto de vista de la cultura.
Una primera dificultad para el enfoque
que pretendemos reside, precisamente, en el hecho de que la globalización
es también un fenómeno cultural. El término cultura, como se sabe, es
altamente polisémico, pero su polisemia no reside sólo en el vocablo, sino
que obedece o expresa la enorme riqueza semántica y conceptual de la idea
de cultura. Una solución práctica y fácil para resolver este nudo gordiano
es decir que cultura es todo lo que el hombre hace, en oposición a la
naturaleza, en la dimensión de ésta en que el hombre no tiene ninguna
incumbencia Pero en esta ocasión vamos a obviar el problema de la
definición del concepto de cultura, y a tomar ésta mas bien en función de
su carácter definitorio del individuo, y de la sociedad a que éste
pertenece.
Generalidad
y especificidad cultural
En efecto, cuando se habla de identidad
nacional, regional o local, es obvio que se alude a los rasgos culturales
que definen e «identifican» al individuo y a la comunidad en la que éste
actúa. Tampoco nos gusta mucho el vocablo identidad, entre otras razones
porque es, por definición, antidialéctico. Lo idéntico es 10 que permanece
estático, inmutable. Lo idéntico es lo idéntico a sí mismo. Concepto
sumamente controversial, ya desde los tiempos en que se oponían los
filósofos eleáticos y los partidarios de la dialéctica heraclitana. Lo que
justifica, sin embargo, el término identidad es su idea de la permanencia
de algún rasgo definitorio, aun dentro de los cambios y mutaciones
sufridos por el individuo a lo largo de su vida, y en términos
antropológicos, a lo largo de la historia. Pero, en todo caso, preferimos
un concepto menos débil, que no requiera ser explicado a cada paso, como
el de especificidad. Cada individuo, y por extensión cada sociedad, cada
pueblo, cada nación, poseen una serie de rasgos específicos, que permiten
su identificación cualesquiera que sean las circunstancias en que se
encuentren. Todos los hombres y mujeres poseen, claro está, rasgos
comunes, básicamente de carácter biológico, que los definen como seres
humanos. Eso es lo genérico. Pero a partir de esos rasgos biológicos se
forman en cada uno otros rasgos de tipo espiritual, psíquico o moral, que
contribuyen igualmente a la identificación del individuo y de los grupos
sociales. Es 10 específico. En la formación de estos últimos intervienen
diversos factores que determinan esa especificidad, es decir, la
caracterización específica dentro de la generalidad de lo humano.
No se crea, sin embargo, que los rasgos
biológicos están al margen de la especificidad. Más allá de 10 que
distingue al ser humano de los demás seres vivos que pueblan la Tierra,
hay también diferencias específicas de tipo biológico entre los numerosos
grupos étnicos.
La talla o estatura, el color de la piel
o de los ojos, el tipo de cabello, ciertos detalles del rostro (ojos
rasgados, pómulos pronunciados, tamaño de las orejas o de los labios,
etc.), entre otras, son características que contribuyen, junto con las de
tipo espiritual o anímico, a establecer la especificidad de los diversos
tipos humanos.
Bajo el signo del mestizaje
Todo esto resulta mucho más complejo en
el ámbito latinoamericano, porque el carácter eminente y universalmente
mestizo de nuestros seres y de nuestra cultura peculiariza la
especificidad que nos es propia. En efecto, ya no hay dudas de nuestra
condición esencialmente mestiza. Los mismos latinoamericanos hijos de
inmigrantes, criados en un medio totalmente mestizo, asimilan rápidamente
ese mestizaje, dentro del cual, por 10 demás, es muy probable que sus
padres, aun nacidos y formados en el extranjero, se hayan también
mestizado, al menos en parte. Pero no deja de ser un problema bastante
difícil, por no decir que imposible de resolver, el que nuestra
especificidad mestiza comience por ser irreductible a unos determinados
rasgos específicos.
No es una contradicción. Lo
contradictorio es la esencia en sí de nuestra especificidad. Un blanco
europeo, un chino, un japonés, un hindú, un árabe, un lapón, un
esquimal... poseen ciertos rasgos físicos comunes, que permiten
identificarlos, si no totalmente como lo que son, al menos inequívocamente
como lo que no son. Pero, ¿cuáles son los rasgos físicos que identifican a
un mexicano, a un puertorriqueño, a un cubano, a un colombiano, a un
argentino o un chileno, a un brasilero...? Si el problema lo llevamos a
los rasgos culturales, ocurre algo parecido, aunque no con la misma
nitidez de lo físico. Quizás no tanto de los europeos, pero de los otros
pueblos que antes enumeramos también puede decirse que poseen costumbres,
creencias, lenguajes, psicología y otras maneras de ser comunes, en mayor
o menor grado identificables como propias o específicas de cada uno.
Muchos de esos parámetros pueden servir para identificar, al menos
tentativamente, a los pueblos individualmente.
Pero si se trata de definir los rasgos
espirituales de un latinoamericano, la tarea puede ser más ardua. Aun
reduciendo el ámbito geográfico-histórico cultural, igual o parecida
dificultad se tiene para identificar por sus rasgos espirituales a un
iberoamericano o a un hispanoamericano. Lo único que abarca todos es el
rasgo mestizo, pero a partir de allí hay una enorme variedad de tipos y
caracteres, que son parte esencial de nuestra especificidad. Eso es
producto de la gran variedad de nuestras raíces étnicas, pues nuestro
mestizaje no es, como se creyó en un principio, una mezcla de tres raíces,
sino un mestizaje de mestizajes, por al sencilla razón de que las tres
vertientes étnicas que nos forman, españoles, indios y africanos, eran ya
mestizas ellas también cuando se entrecruzan en el vasto crisol del
Caribe, de donde se irradian al resto del Continente.
La globalización y la especificidad
cultural
La llamada globalización se presenta, en
primera instancia, como la supresión de barreras informativas a todo lo
largo y ancho del planeta. El vocablo recuerda la expresión macluhaniana
de «la aldea global». En sus términos más simples, se trata de que el
desarrollo de los medios de comunicación y de las tecnologías
comunicacionales ha hecho posible que, en términos relativos, la
superficie de la Tierra se haya reducido a su mínima expresión. Hasta hace
pocos años, las noticias iban de un lugar a otro con gran lentitud. La
gente de nuestra generación recuerda cómo, en los pueblos de provincia
donde no había luz eléctrica, y por ello la radio era prácticamente
inexistente, se esperaba con ansiedad la llegada del camión del correo,
que llevaba los periódicos cada tres días, para leer, con ese tiempo de
retraso, las informaciones sobre la Segunda Guerra Mundial. Hubo lugares
en Venezuela donde, en 1945, se supo la noticia de la caída del gobierno
de Isaías Medina Angarita el día siguiente de haber ocurrido
De entonces a hoy, en apenas cincuenta o
más años, esa situación ha sido superada de una manera que hace tres o
cuatro décadas era impensable. El mundo se ha convertido en un pequeño
globo, dentro del cual todos los pueblos se han acercado entre sí de una
manera asombrosa. Ya prácticamente no existe la noticia, en el sentido de
que, en lugar de recibir la información de lo ocurrido en cualquier parte
del mundo con minutos u horas de retraso, la gente presencia el
acontecimiento en presente, viendo y oyendo lo que ocurre a cualquier
distancia, justo en el momento en que ocurre, a través del televisor o de
la computadora.
Como es de suponer, esa posibilidad de
saber lo que ocurre en todo el mundo al mismo tiempo que ocurre, ha roto
las barreras entre los pueblos, en condiciones tecnológicas tales, que ya
no se trata de la simple percepción del hecho a conciencia de la distancia
que media entre el lugar de la ocurrencia y el lugar donde se percibe,
sino que se recibe la información acompañada de la sensación inquietante e
inevitable de que los hechos han ocurrido espacialmente muy cerca. La sola
transmisión de mensajes a través de la red informática ya no se queda
allí, sino que es posible, y además absolutamente real, mantener
conferencias entre dos o más personas, situadas cada una a gran distancia
de las otras, sintiendo los conferenciantes como si estuviesen reunidos en
un mismo recinto.
Esa caída de las barreras informativas
ha traído una serie .de consecuencias, y traerá muchas otras en un futuro
muy cercano. Y ahí reside lo preocupante de la llamada globalización, que
vendría a ser la inserción de todos los pobladores del planeta dentro de
ese minúsculo globo en que se ha convertido la tierra. Al margen de
quienes condenan, casi a priori y de manera irracional, la globalización
como una maniobra diabólica para lograr la plena dominación del mundo
entero por una determinada potencia, que seria Estados Unidos, o en el
mejor de los casos, por una conjunción de tres o cuatro grandes potencias
capitalistas, es preciso analizar los efectos negativos que de hecho ha
venido teniendo, y aún tendrá en mucho mayor medida, el proceso de
globalización.
La globalización y la hegemonía
imperial
No hay duda de que los adelantos
tecnológicos que han conducido a la globalización han sido utilizados, a
conciencia e intencionalmente, por las grandes potencias, especialmente
Estados Unidos, para ejercer una hegemonía cada vez mayor sobre el mundo
entero.
La política estadounidense, imperial y
gendarmesca, tiene en la globalización un instrumento enormemente eficaz
para su afán de dominación. Aparte de la dominación política, militar y
económica, el recurso más visible en ese sentido es la uniformación
cultural de todos los pueblos, en el entendido de que esa uniformación
tiende a hacerse sobre el modelo cultural de la potencia hegemónica. La
vieja frase de los años 50 o 60, el way of life estadounidense propuesto
como modelo a todos los pueblos, ha caído en desuso y hoy suena a
obsoleto; sin embargo, aun sin que se emplee explícitamente dicha frase,
el concepto que en ella se encierra ha adquirido una inusitada vigencia.
La uniformación cultural a que se aspira a través de la globalización
supone, si no una lengua común, sí un lenguaje neutro, que conservando en
apariencia la fisonomía de cada uno de los idiomas nacionales, tenga en
realidad el valor de medio de expresión de unas mentalidades uniformes,
sólo en apariencia diferenciadas entre sí. Un ejemplo práctico puede hacer
esto más entendible. De manera subrepticia, y por tanto casi
imperceptible, los usuarios de los idiomas que, como el castellano y el
Francés, por ejemplo, poseen normas de acentuación de las palabras, hemos
tenido que prescindir de los acentos al emplear el Correo Electrónico,
porque el lenguaje de éste, conformado sobre el modelo del inglés, no
tiene palabras acentuadas. Al principio, a uno le cuesta escribir sin los
acentos propios de nuestro idioma; pero imperceptiblemente lo vamos
aceptando, hasta hacerse habitual, con lo que se corre el riesgo de que
tal uso se generalice, y el idioma termine por modificarse en ese sentido.
Lo mismo ocurre con nuestra lengua respecto de ciertos signos, como la
«ñ», que igualmente tiende a desaparecer por su ausencia del lenguaje del
Correo Electrónico, aun en los casos en que el teclado que uno utilice sí
lo tenga. Ya es común que muchos usuarios del Correo Electrónico escriban
«nn» en lugar de «ñ», con lo cual, de paso, se vuelve a tiempos
primitivos, cuando aún no existía el signo «ñ», por lo que el sonido
correspondiente, que nos venía de la fonética latina, se representaba por
la «n repetida: «nn».
No hay duda de que la globalización es
enemiga declarada de la especificidad cultural. Conscientemente o no, con
intención o sin ella, los sectores que dominan en el complejo mundo de las
comunicaciones informatizadas tienden a borrar de los individuos y de los
pueblos sus rasgos culturales específicos, sustituyéndolos por otros de
tipo neutro. Usos y costumbres, creencias, valores éticos y demás
características culturales específicas, tienden a ser sustituidos por
otros propios de las grandes potencias, que no son necesariamente
negativos, sino distintos de los nuestros. De ese modo las tradiciones y
hábitos específicos, que dan fisonomía espiritual propia a un pueblo,
tienden a desaparecer, siendo sustituidos por otros que, sin que sean per
se negativos, nos son ajenos.
Lo positivo y lo negativo de la
globalización
Ahora bien, ¿significa esto que debemos
condenar las tecnologías comunicacionales que han conducido, y seguirán
conduciendo hacia la globalización, y prescindir de todo lo positivo que
las mismas también poseen? Desde luego que no, no sólo porque no todo en
ellas es negativo, sino también porque ésa seria una pelea inútil, en la
medida en que es imposible impedir que estas tecnologías se sigan
desarrollando. Pero, además, porque los peligros de una globalización
orientada en ese sentido son conjurables. Se trata de que cada pueblo, aun
aceptando lo inevitable de su inserción en la «aldea global», defienda su
especificidad cultural, y haga de ese modo su propio aporte a una cultura
universal, de signo eminentemente humanístico, que debería ser el
propósito esencial de la globalización.
Los gobiernos están, en tal sentido, en
la obligación de adoptar políticas culturales que ya no sean sólo de
puertas adentro, para fomentar internamente la cultura de sus pueblos,
sino también de puertas afuera, para defender y robustecer sus culturas
específicas, y poder ofrecerlas al resto de las naciones como la mejor
carta de identidad del pueblo al cual representan. Pero no es sólo de los
gobiernos la obligación, también las instituciones, oficiales y privadas,
tienen una grave responsabilidad al respecto, y cada ciudadano, a su vez,
está en el deber de trabajar en ese mismo sentido.
Hasta el presente, la tendencia
dominante en la globalización es hacia la uniformación de todos los
pueblos dentro de los parámetros de la llamada «cultura occidental». Este
concepto, aun superada la etapa de la guerra fría, sigue siendo una
coartada para imponer, tras la máscara de los valores supuestamente
culturales, los valores, o contra valores, propios del sistema
capitalista. En el caso de Latinoamérica, nuestros pueblos están en la
mejor coyuntura para reivindicar de una vez por todo el carácter
específico de su cultura mestiza, distinta de la llamada cultura
occidental en la misma medida en que el bronce es un metal distinto del
cobre y del estaño que, al mezclarse, lo producen. O en la de que el aire
es distinto del oxígeno y del nitrógeno que lo constituyen. No se trata,
por tanto, de renunciar a los valores occidentales de nuestra cultura
mestiza, que nos llegan por la raíz europea, sino de valorizar la
resultante de una mezcla de culturas que nos hace, no mejores ni peores,
sino específicamente diferentes de otras culturas. Ya lo dijo el
Libertador en fulgurantes palabras: no somos europeos, es decir,
occidentales; no somos indios: «Somos un pequeño género humano».
Paradójicamente, el desarrollo tecnológico de las comunicaciones, y la
globalización resultante del mismo, nos brindan la mejor oportunidad
histórica para reivindicar nuestra especificidad mestiza, poniendo fin al
traumatizante proceso de occidentalización a la fuerza que nos impuso
Europa a través de España. Ello no supone renegar del pasado, ni de las
raíces que nos dieron origen étnico y cultural. Nada, como no sea un
nacionalismo cerril y sectario, nos impide exaltar las culturas de donde
venimos, sin complejos de ningún tipo. Se trata de culminar
definitivamente el proceso de independencia que iniciamos en los albores
del siglo XIX, y que, en términos culturales, aún no ha concluido.
___________
* Escritor y periodista |