A. Marquez
[Principal] [Arriba] [Editorial 7] [A. Marquez] [R. Larrazabal] [O. Van Der Velde] [Autores Varios] [L. E. Alonzo] [B. Brecht] [L. Sanz] [P. Abarca] [F. Alpino] [J. Miras] [L. Rojas] [M. Molins] [J. Perez] [H. Majeed] [H. Igarza]


Desde 01/07/07
Page Ranking Tool
 

*

Principal
Arriba

CULTURA Y GLOBALIZACIÓN

 Alexis Márquez Rodríguez *

El proceso de globalización que vive actualmente la humanidad es inevitable. No se trata de un engendro diabólico, como algunas personas pretenden hacer ver. Tiene, desde luego, implicaciones negativas, que pueden llegar a ser graves, pero como toda obra humana es susceptible de perfeccionamiento. Es, además, la resultante de un desarrollo histórico que se ha venido cumpliendo de manera gradual, a lo largo de diversas etapas, en cada una de las cuales la situación social ha estado signada por determinados valores. De ahí su inevitabilidad, pues de darse, hubiese supuesto un corte, o una desviación radical de aquel proceso, lo cual hubiese sido desde todo punto imposible y por tanto ilusorio.

 Globalización y Utopía 

La globalización es una consecuencia directa del extraordinario desarrollo del fenómeno de la comunicación. Más aún, la globalización es, en cierto modo, la etapa más avanzada de ese desarrollo comunicacional. Lo cual no quiere decir que sea su punto culminante, sólo que 10 que vendrá después es en alto grado impredecible, entre otras razones porque no es un fenómeno aislado, sino que se inserta dentro de un complejo fenomenológico de carácter totalista, cuyo futuro no es fácil pronosticar. Todo esto, además, se hace todavía más complejo, porque tiene una fuerte implicación con algo que a menudo se tiende a perder de vista, que es el sentido sustancialmente humano y universal de la utopía. Los acontecimientos de los últimos años, que entre otras cosas han producido la aniquilación de un intento de concreción utópica, hasta el momento el más avanzado de la historia y el más cercano a su definitiva instauración, han hecho perder de vista muchas veces que la utopía es Una constante histórica, que surge y se desvanece, para volver a surgir y desvanecerse de nuevo, pero que nunca desaparecerá de manera definitiva, como tampoco es viable que llegue a realizarse en toda su plenitud, por la sencilla razón de la permanente inconformidad humana, que siempre hará que el hombre, individualmente, y las sociedades en que se agrupe aspiren a algo más de 10 que ya tienen, aun en el supuesto de que llegasen a tenerlo todo, 10 cual sería en esencia una hipérbole, pues ese «todo» es absolutamente inalcanzable.

Por esa complejidad, dada por la inserción de hechos como el de la globalización dentro de un totus en que se juntan e interrelacionan muy diversos fenómenos, no es fácil aislar uno solo de ellos, amén de que al intentar hacerlo se puede distorsionar la realidad del que se pretenda aislar. Sin embargo, no está demás intentarlo, y a veces puede ser incluso necesario, procurando a toda costa reducir los riesgos de distorsión 10 más posible. En nuestro caso, vamos a intentar el examen del fenómeno de la globalización desde un punto de vista específico, aunque no muy concreto, dado a su vez su carácter también en extremo complejo, que es el punto de vista  de la cultura.

Una primera dificultad para el enfoque que pretendemos reside, precisamente, en el hecho de que la globalización es también un fenómeno cultural. El término cultura, como se sabe, es altamente polisémico, pero su polisemia no reside sólo en el vocablo, sino que obedece o expresa la enorme riqueza semántica y conceptual de la idea de cultura. Una solución práctica y fácil para resolver este nudo gordiano es decir que cultura es todo lo que el hombre hace, en oposición a la naturaleza, en la dimensión de ésta en que el hombre no tiene ninguna incumbencia Pero en esta ocasión vamos a obviar el problema de la definición del concepto de cultura, y a tomar ésta mas bien en función de su carácter definitorio del individuo, y de la sociedad a que éste pertenece.

 Generalidad y especificidad cultural 

En efecto, cuando se habla de identidad nacional, regional o local, es obvio que se alude a los rasgos culturales que definen e «identifican» al individuo y a la comunidad en la que éste actúa. Tampoco nos gusta mucho el vocablo identidad, entre otras razones porque es, por definición, antidialéctico. Lo idéntico es 10 que permanece estático, inmutable. Lo idéntico es lo idéntico a sí mismo. Concepto sumamente controversial, ya desde los tiempos en que se oponían los filósofos eleáticos y los partidarios de la dialéctica heraclitana. Lo que justifica, sin embargo, el término identidad es su idea de la permanencia de algún rasgo definitorio, aun dentro de los cambios y mutaciones sufridos por el individuo a lo largo de su vida, y en términos antropológicos, a lo largo de la historia. Pero, en todo caso, preferimos un concepto menos débil, que no requiera ser explicado a cada paso, como el de especificidad. Cada individuo, y por extensión cada sociedad, cada pueblo, cada nación, poseen una serie de rasgos específicos, que permiten su identificación cualesquiera que sean las circunstancias en que se encuentren. Todos los hombres y mujeres poseen, claro está, rasgos comunes, básicamente de carácter biológico, que los definen como seres humanos. Eso es lo genérico. Pero a partir de esos rasgos biológicos se forman en cada uno otros rasgos de tipo espiritual, psíquico o moral, que contribuyen igualmente a la identificación del individuo y de los grupos sociales. Es 10 específico. En la formación de estos últimos intervienen diversos factores que determinan esa especificidad, es decir, la caracterización específica dentro de la generalidad de lo humano. 

No se crea, sin embargo, que los rasgos biológicos están al margen de la especificidad. Más allá de 10 que distingue al ser humano de los demás seres vivos que pueblan la Tierra, hay también diferencias específicas de tipo biológico entre los numerosos grupos étnicos.

La talla o estatura, el color de la piel o de los ojos, el tipo de cabello, ciertos detalles del rostro (ojos rasgados, pómulos pronunciados, tamaño de las orejas o de los labios, etc.), entre otras, son características que contribuyen, junto con las de tipo espiritual o anímico, a establecer la especificidad de los diversos tipos humanos. 

Bajo el signo del mestizaje 

Todo esto resulta mucho más complejo en el ámbito latinoamericano, porque el carácter eminente y universalmente mestizo de nuestros seres y de nuestra cultura peculiariza la especificidad que nos es propia. En efecto, ya no hay dudas de nuestra condición esencialmente mestiza. Los mismos latinoamericanos hijos de inmigrantes, criados en un medio totalmente mestizo, asimilan rápidamente ese mestizaje, dentro del cual, por 10 demás, es muy probable que sus padres, aun nacidos y formados en el extranjero, se hayan también mestizado, al menos en parte. Pero no deja de ser un problema bastante difícil, por no decir que imposible de resolver, el que nuestra especificidad mestiza comience por ser irreductible a unos determinados rasgos específicos. 

No es una contradicción. Lo contradictorio es la esencia en sí de nuestra especificidad. Un blanco europeo, un chino, un japonés, un hindú, un árabe, un lapón, un esquimal... poseen ciertos rasgos físicos comunes, que permiten identificarlos, si no totalmente como lo que son, al menos inequívocamente como lo que no son. Pero, ¿cuáles son los rasgos físicos que identifican a un mexicano, a un puertorriqueño, a un cubano, a un colombiano, a un argentino o un chileno, a un brasilero...? Si el problema lo llevamos a los rasgos culturales, ocurre algo parecido, aunque no con la misma nitidez de lo físico. Quizás no tanto de los europeos, pero de los otros pueblos que antes enumeramos también puede decirse que poseen costumbres, creencias, lenguajes, psicología y otras maneras de ser comunes, en mayor o menor grado identificables como propias o específicas de cada uno. Muchos de esos parámetros pueden servir para identificar, al menos tentativamente, a los pueblos individualmente. 

Pero si se trata de definir los rasgos espirituales de un latinoamericano, la tarea puede ser más ardua. Aun reduciendo el ámbito geográfico-histórico cultural, igual o parecida dificultad se tiene para identificar por sus rasgos espirituales a un iberoamericano o a un hispanoamericano. Lo único que abarca todos es el rasgo mestizo, pero a partir de allí hay una enorme variedad de tipos y caracteres, que son parte esencial de nuestra especificidad. Eso es producto de la gran variedad de nuestras raíces étnicas, pues nuestro mestizaje no es, como se creyó en un principio, una mezcla de tres raíces, sino un mestizaje de mestizajes, por al sencilla razón de que las tres vertientes étnicas que nos forman, españoles, indios y africanos, eran ya mestizas ellas también cuando se entrecruzan en el vasto crisol del Caribe, de donde se irradian al resto del Continente.

La globalización y la especificidad cultural 

La llamada globalización se presenta, en primera instancia, como la supresión de barreras informativas a todo lo largo y ancho del planeta. El vocablo recuerda la expresión macluhaniana de «la aldea global». En sus términos más simples, se trata de que el desarrollo de los medios de comunicación y de las tecnologías comunicacionales ha hecho posible que, en términos relativos, la superficie de la Tierra se haya reducido a su mínima expresión. Hasta hace pocos años, las noticias iban de un lugar a otro con gran lentitud. La gente de nuestra generación recuerda cómo, en los pueblos de provincia donde no había luz eléctrica, y por ello la radio era prácticamente inexistente, se esperaba con ansiedad la llegada del camión del correo, que llevaba los periódicos cada tres días, para leer, con ese tiempo de retraso, las informaciones sobre la Segunda Guerra Mundial. Hubo lugares en Venezuela donde, en 1945, se supo la noticia de la caída del gobierno de Isaías Medina Angarita el día siguiente de haber ocurrido  

De entonces a hoy, en apenas cincuenta o más años, esa situación ha sido superada de una manera que hace tres o cuatro décadas era impensable. El mundo se ha convertido en un pequeño globo, dentro del cual todos los pueblos se han acercado entre sí de una manera asombrosa. Ya prácticamente no existe la noticia, en el sentido de que, en lugar de recibir la información de lo ocurrido en cualquier parte del mundo con minutos u horas de retraso, la gente presencia el acontecimiento en presente, viendo y oyendo lo que ocurre a cualquier distancia, justo en el momento en que  ocurre, a través del televisor o de la computadora. 

Como es de suponer, esa posibilidad de saber lo que ocurre en todo el mundo al mismo tiempo que ocurre, ha roto las barreras entre los pueblos, en condiciones tecnológicas tales, que ya no se trata de la simple percepción del hecho a conciencia de la distancia que media entre el lugar de la ocurrencia y el lugar donde se percibe, sino que se recibe la información acompañada de la sensación inquietante e inevitable de que los hechos han ocurrido espacialmente muy cerca. La sola transmisión de mensajes a través de la red informática ya no se queda allí, sino que es posible, y además absolutamente real, mantener conferencias entre dos o más personas, situadas cada una a gran distancia de las otras, sintiendo los conferenciantes como si estuviesen reunidos en un mismo recinto. 

Esa caída de las barreras informativas ha traído una serie .de consecuencias, y traerá muchas otras en un futuro muy cercano. Y ahí reside lo preocupante de la llamada globalización, que vendría a ser la inserción de todos los pobladores del planeta dentro de ese minúsculo globo en que se ha convertido la tierra. Al margen de quienes condenan, casi a priori y de manera irracional, la globalización como una maniobra diabólica para lograr la plena dominación del mundo entero por una determinada potencia, que seria Estados Unidos, o en el mejor de los casos, por una conjunción de tres o cuatro grandes potencias capitalistas, es preciso analizar los efectos negativos que de hecho ha venido teniendo, y aún tendrá en mucho mayor medida, el proceso de globalización. 

La globalización  y la hegemonía imperial 

No hay duda de que los adelantos tecnológicos que han conducido a la globalización han sido utilizados, a conciencia e intencionalmente, por las grandes potencias, especialmente Estados Unidos, para ejercer una hegemonía cada vez mayor sobre el mundo entero.

La política estadounidense, imperial y gendarmesca, tiene en la globalización un instrumento enormemente eficaz para su afán de dominación. Aparte de la dominación política, militar y económica, el recurso más visible en ese sentido es la uniformación cultural de todos los pueblos, en el entendido de que esa uniformación tiende a hacerse sobre el modelo cultural de la potencia hegemónica. La vieja frase de los años 50 o 60, el way of life estadounidense propuesto como modelo a todos los pueblos, ha caído en desuso y hoy suena a obsoleto; sin embargo, aun sin que se emplee explícitamente dicha frase, el concepto que en ella se encierra ha adquirido una inusitada vigencia. La uniformación cultural a que se aspira a través de la globalización supone, si no una lengua común, sí un lenguaje neutro, que conservando en apariencia la fisonomía de cada uno de los idiomas nacionales, tenga en realidad el valor de medio de expresión de unas mentalidades uniformes, sólo en apariencia diferenciadas entre sí. Un ejemplo práctico puede hacer esto más entendible. De manera subrepticia, y por tanto casi imperceptible, los usuarios de los idiomas que, como el castellano y el Francés, por ejemplo, poseen normas de acentuación de las palabras, hemos tenido que prescindir de los acentos al emplear el Correo Electrónico, porque el lenguaje de éste, conformado sobre el modelo del inglés, no tiene palabras acentuadas. Al principio, a uno le cuesta escribir sin los acentos propios de nuestro idioma; pero imperceptiblemente lo vamos aceptando, hasta hacerse habitual, con lo que se corre el riesgo de que tal uso se generalice, y el idioma termine por modificarse en ese sentido. Lo mismo ocurre con nuestra lengua respecto de ciertos signos, como la «ñ», que igualmente tiende a desaparecer por su ausencia del lenguaje del Correo Electrónico, aun en los casos en que el teclado que uno utilice sí lo tenga. Ya es común que muchos usuarios del Correo Electrónico escriban «nn» en lugar de «ñ», con lo cual, de paso, se vuelve a tiempos primitivos, cuando aún no existía el signo «ñ», por lo que el sonido correspondiente, que nos venía de la fonética latina, se representaba por la «n repetida: «nn». 

No hay duda de que la globalización es enemiga declarada de la especificidad cultural. Conscientemente o no, con intención o sin ella, los sectores que dominan en el complejo mundo de las comunicaciones informatizadas tienden a borrar de los individuos y de los pueblos sus rasgos culturales específicos, sustituyéndolos por otros de tipo neutro. Usos y costumbres, creencias, valores éticos y demás características culturales específicas, tienden a ser sustituidos por otros propios de las grandes potencias, que no son necesariamente negativos, sino distintos de los nuestros. De ese modo las tradiciones y hábitos específicos, que dan fisonomía espiritual propia a un pueblo, tienden a desaparecer, siendo sustituidos por otros que, sin que sean per se negativos, nos son ajenos. 

Lo positivo y lo negativo de la globalización 

Ahora bien, ¿significa esto que debemos condenar las tecnologías comunicacionales que han conducido, y seguirán conduciendo hacia la globalización, y prescindir de todo lo positivo que las mismas también poseen? Desde luego que no, no sólo porque no todo en ellas es negativo, sino también porque ésa seria una pelea inútil, en la medida en que es imposible impedir que estas tecnologías se sigan desarrollando. Pero, además, porque los peligros de una globalización orientada en ese sentido son conjurables. Se trata de que cada pueblo, aun aceptando lo inevitable de su inserción en la «aldea global», defienda su especificidad cultural, y haga de ese modo su propio aporte a una cultura universal, de signo eminentemente humanístico, que debería ser el propósito esencial de la globalización.

Los gobiernos están, en tal sentido, en la obligación de adoptar políticas culturales que ya no sean sólo de puertas adentro, para fomentar internamente la cultura de sus pueblos, sino también de puertas afuera, para defender y robustecer sus culturas específicas, y poder ofrecerlas al resto de las naciones como la mejor carta de identidad del pueblo al cual representan. Pero no es sólo de los gobiernos la obligación, también las instituciones, oficiales y privadas, tienen una grave responsabilidad al respecto, y cada ciudadano, a su vez, está en el deber de trabajar en ese mismo sentido. 

Hasta el presente, la tendencia dominante en la globalización es hacia la uniformación de todos los pueblos dentro de los parámetros de la llamada «cultura occidental». Este concepto, aun superada la etapa de la guerra fría, sigue siendo una coartada para imponer, tras la máscara de los valores supuestamente culturales, los valores, o contra valores, propios del sistema capitalista. En el caso de Latinoamérica, nuestros pueblos están en la mejor coyuntura para reivindicar de una vez por todo el carácter específico de su cultura mestiza, distinta de la llamada cultura occidental en la misma medida en que el bronce es un metal distinto del cobre y del estaño que, al mezclarse, lo producen. O en la de que el aire es distinto del oxígeno y del nitrógeno que lo constituyen. No se trata, por tanto, de renunciar a los valores occidentales de nuestra cultura mestiza, que nos llegan por la raíz europea, sino de valorizar la resultante de una mezcla de culturas que nos hace, no mejores ni peores, sino específicamente diferentes de otras culturas. Ya lo dijo el Libertador en fulgurantes palabras: no somos europeos, es decir, occidentales; no somos indios: «Somos un pequeño género humano». Paradójicamente, el desarrollo tecnológico de las comunicaciones, y la globalización resultante del mismo, nos brindan la mejor oportunidad histórica para reivindicar nuestra especificidad mestiza, poniendo fin al traumatizante proceso de occidentalización a la fuerza que nos impuso Europa a través de España. Ello no supone renegar del pasado, ni de las raíces que nos dieron origen étnico y cultural. Nada, como no sea un nacionalismo cerril y sectario, nos impide exaltar las culturas de donde venimos, sin complejos de ningún tipo. Se trata de culminar definitivamente el proceso de independencia que iniciamos en los albores del siglo XIX, y que, en términos culturales, aún no ha concluido. 

 ___________

* Escritor y periodista

www.lapatriagrande.net - www.debateabierto.net

Debate Abierto: revista venezolana para la reflexión y discusión. Director responsable y fundador: Carolus Wimmer
ISSN: 1316-497X. Deposito legal: p.p. 19702DF390 - RIF: J30691967-8