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¿QUÉ QUEDA DE LA TEOLOGÍA DE LA
LIBERACIÓN?
Jon Sobrino*
1.
Diversas perspectivas e
intereses tras la pregunta
Qué queda, qué puede y qué debe quedar
de la teología de la liberación son preguntas que hoy se repiten con
frecuencia. Unos proclaman su desaparición después de la caída del
socialismo. Y otros se mantienen en su defensa. "La teología de la
liberación ha celebrado simbólicamente sus 25 años de vida militante y de
salud evangelizadora. No voy a defenderla de nuevo, porque se defiende
sola mientras haya dios de los pobres y Evangelio de Jesús e Iglesia
samaritana", dice don Pedro Casaldáliga. Otros lo dicen en lenguaje más
técnico. "Las instituciones fundamentales de la teología de la liberación
no sólo están vigentes, sino que pueden constituir los ingredientes
fundamentales de toda teología que quiera reflexionar a la altura
planetaria del siglo que se avecina" (1).
¿Quién tiene razón? Antes de intentar
responder a la pregunta notemos una diferencia importante entre las dos
posturas. La primera declara el fin de la teología de la liberación y,
normalmente, no comunica ninguna sensación de que, de ser verdad, algo
importante hayamos perdido. No hay tristeza, sino más bien alivio, porque,
después de 30 años, "ya pasó el chaparrón". La segunda afirma que la
teología de la liberación perdura (aunque debe ser evaluada críticamente),
además expresa el anhelo de que no desaparezca, pues seria pérdida grande
para la Iglesia, para los pobres y, si se nos permite el lenguaje, para
Dios. En otras palabras, la primera postura sólo habla, con mejores o
peores razones, de facticidades. La segunda habla de ser y deber ser, de
realidad, de esperanza y de exigencia, pues el mundo y la fe cristiana
siguen exigiendo una teología que mantenga, historizadamente, la intuición
fundamental: hacer central seria y consecuentemente la relación entre Dios
y víctimas de este mundo. Veámoslo en dos citas recientes que no son de
teólogos latinoamericanos.
J. Moltmann acaba de decir que el mundo
actual exige más y no menos teología de la liberación. "La injusticia e
inhumanidad crece también en los países industrializados... La
globalización de la economía lleva claramente a la insolidaridad de
nuestras sociedades" (2). y concluye: "La teología de la liberación
latinoamericana es la primera teología alternativa al capitalismo", al que
hoy se le denomina como "mercadeización global de todas las cosas. Ya no
es sólo una teología contextual latinoamericana, sino que, con el
desarrollo mencionado, se convierte en teología contextual universal" (3).
Alois Pieris, cristiano y teólogo,
afirma al menos por implicación la fe en Dios y su Cristo exige más y no
menos teología de la liberación. Confrontado con el problema del
universalismo cristiano, establece dos principios fundamentales por lo que
niega y rechaza, y por lo que afirma y propicia para comprender la
vigencia universal de Jesús. Afirma dos cosas: (1) Jesús es la
contradicción entre "mammon" (el dinero) y Yahvé: 2) Jesús encarna la
alianza defensora entre los oprimidos y Yahvé (4). "La universidad del
cristianismo se basa en estos dos principios" (5). La cita puede sonar
radical, pero la intuición queda bien expresada: la realidad del mundo de
hoy exige poner en relación negativamente la riqueza/ídolos y la
pobreza/oprimidos y, positivamente, exige poner en relación a Dios con los
pobres, reproduciendo la práctica de Jesús.
Este poner en relación teología y pobres
para liberarlos por más que haya que actualizar con rigor la relación es
lo fundamental de la teología de la liberación y no es nada evidente en la
historia de la teología. En el artículo citado, Moltmann lo dice con
absoluta sencillez usando simbología muy querida para nosotros aquí en El
Salvador. "Thomas Becket murió en el altar en Canterbury, porque defendió
los derechos de la Iglesia; Oscar Amulfo Romero murió en el altar en San
Salvador porque defendió los derechos de los pobres. Esta es la nueva
dirección" (6)
2. Qué significa quedar y pasar
Volvamos ahora a la pregunta inicial.
En su conjunto, hoy no se repiten los
ataques despiadados de las dos últimas décadas contra la teología de la
liberación, pero se intenta relegarla al pasado, preguntándose
elegantemente qué queda de ella o haciéndola morir la muerte de mil
silencios, porque ya habría dado de sí todo lo que podía dar. Para
nosotros habría sido una moda que sólo habría tocado la realidad pasajera
y superficial de una época, pero no la realidad verdadera. Sin embargo, en
las palabras de don Luciano Méndez de Almeida, la teología de la
liberación "ha puesto el dedo en la llaga de la realidad". No estamos,
pues, ante una moda -aunque creo también que así ha sido tratada por
quienes solo buscan novedades en el ágora
Que se diga que ya "ha pasado", es algo
que hay que analizar más cuidadosamente. Gustavo Gutiérrez dice con toda
la naturalidad, que la "teología de la liberación pasará como pasan todas
las teologías". "Pasar", pues, no es el problema, pero sí puede serio el
simplismo con que se puede llegar a proclamar el hecho, ''ya pasó", y
sobre todo,)a ligereza en el análisis de lo que significa "pasar". Y es
que una cosa es "pasar", en el sentido de desaparecer de la historia y
otra cosa es pasar dejando en la historia algo perenne, en sentido de
clásico. Eso me parece que es lo que ha ocurrido. Y así, en la teología,
en la Iglesia, en movimientos de la solidaridad, en comunidades, incluso
entre no creyentes, existen hoy modos de ver el cristianismo que se deben
a ella.
Persisten los siguientes elementos
metodológicos:
1) tomar en serio los signos de los
tiempos de modo que hacer teología sea elevar la realidad a concepto y no
meramente interpretar la realidad desde los conceptos previos, bíblicos,
conciliares, teológicos.
2) Hacer de los pobres y de las víctimas
lugar teológico en el cual se auscultan los mencionados signos de los
tiempos, y desde el cual las fuentes de la teología dan más de sí, y sobre
todo facilitan descubrir la correlación trascendental entre dios y pobres.
3) El auto comprensión de la teología
como la teoría de una praxis, es decir, como la teoría cristiana de la
construcción del Reino de Dios (no sólo la teoría para conocer a Dios), de
modo que el quehacer teológico puede ser reformulado esencialmente como
intellectus amoris.
4) La autocomprensión de la teología
como posibilidad por lo que es "otro" y "buena noticia", el evangelio,
dios y su Cristo Jesús, y los pobres, sus testigos, de modo que el
quehacer teológico está transido de gracia, y puede ser reformulado
también como intellectus gratiae.
Persisten los siguientes contenidos
sistemáticos:
1) El énfasis en el Jesús histórico, la
Iglesia de los pobres, y, por supuesto, la salvación como liberación de
toda opresión.
2) La dialéctica del Dios de vida e
ídolos de muerte, de Reino de dios y antirreino, de gracia y pecado, de fe
e idolatría.
3) Elementos de espiritualidad: el
pathos de la honradez, la verdad y la misericordia, la praxis de la
justicia, el proseguimiento de Jesús.
4) La realidad del misterio del Dios de
Jesús, cercano Y buena noticia, Padre en quien se puede confiar, y
misterio inmanipulable ante quien hay que estar disponible. En otras
palabras, un Dios que es Padre y un Padre que es Dios, el misterio del
Deus semper maior y, a la vez, el Deus semper minoro
Estos temas siguen siendo actuales, pero
además, por redescubierta raigambre evangélica y por el eco que encuentra
en la condición humana, se han convertido de alguna manera, más o menos
según los casos, en lo que con modestia podemos llamar clásicos de la
teología.
3. La intuición y el patbos del origen:
el encuentro con el pobre
En nuestra opinión, lo que "queda" y
"debe quedar" de la teología de la liberación es, ante todo la intuición y
el pathos que está en su origen. El ''recuerda Israel" vale también aquí.
Pues bien, en el origen de la teología de la liberación hay un dejarse
impactar y afectar
por la realidad verdadera, no sólo por
su concepto o por su significado. Por esa razón, la teología va a estar
guiada por el "principio realidad", con lo cual va a ser una teología
sustancialmente "histórica", y no sólo una teología "cultural" porque el
"sentido" fuese su problema, y va a ser una teología "espiritual", pues la
realidad que impacta es tal, que llega a todas las dimensiones del
espíritu del ser humano. Pues bien, la realidad que se descubre es la
"irrupción del pobre".
Este impacto de la realidad, formulado
en Medellín como cosa central, fungió como la experiencia fundante en la
teología. Dicho gráficamente, el Ellacuria filósofo aprehendió la realidad
ante todo como inhumana pobreza, como muerte cruel e injusta de las
mayorías, hasta el punto de que se atrevió a desafiar a Heidegger: "quizás
en vez de preguntarse por qué hay más bien ente que nada, debería haberse
preguntado por qué hay nada no ser, no realidad, no verdad, etc.- en vez
de ente" (7). Y el Ellacuría teólogo insistió en que entre tantos signos
como siempre se dan, unos llamativos y otros apenas perceptibles, hay cada
tiempo uno que es el principal, a cuya luz deben discernirse e
interpretarse todos los demás. Ese signo es siempre el pueblo
históricamente crucificado, que junta a su permanencia la siempre distinta
forma histórica de su crucifixión" (8).
De estas palabras quiero recalcar ahora
dos cosas. Ellacuría dice que entre los diversos signos "uno es el
principal", es decir, está exigiendo a la teología jerarquizar los "signos
de los tiempos" (análogamente a la jerarquía de verdades que pide el
Vaticano II), lo cual es decisivo para no suavizar la realidad "del pueblo
históricamente crucificado" considerándolo quizás como una entre varias
posibles realidades, sino como la central, el analogatum princeps de la
presencia de Dios en el mundo y la interpelación fundamental a la
teología, Si se me permite la ironía, Ellacuría nos pone en guardia contra
una actitud del ágora ateniense: "a ver qué ideas nuevas nos traen hoy", y
nos remite a la seriedad de lo real, sea nuevo o sea "lo de siempre". Eran
aquellos tiempos en que L. Boff decía que hay que hacer teología (también)
con indignación, y que Hugo Assmann acusaba de cinismo a una teología que
no se preocupase por los millones de muertos anuales por hambre. La otra
cosa que quiero destacar es la insistencia en el "siempre" del pueblo
crucificado. Ellacuría admite "la siempre distinta forma" de crucifixión,
que hoy no tiene por qué ser en América Latina la de oligarquias con
regímenes militaristas y la doctrina de la seguridad nacional, pero sigue
siendo "crucifixión".
En el origen, este encuentro con el
pobre, con el pueblo crucificado, produjo, pues, una experiencia fundante,
y para la teología lo más importante de esa experiencia fue su dimensión
globalizante. No fue una experiencia "regional" que llevó sólo a una
pastoral caritativa o a un puro moralismo, sino que dese el principio -al
menos potencialmente se expresó en todas las dimensiones del ser humano y
del teólogo: en el saber, el esperar, el hacer y el celebrar, y siguiendo
el imaginario kantiano, todo ello "después de haber despertado" del sueño
de inhumanidad.
A esto queremos añadir que la teología
se concibió también y esencialmente, como teología espiritual, porque la
realidad del pobre fungió como mediación de una experiencia de intimidad,
de la experiencia de Dios. También para la teología -y para el teólogo-
esta experiencia es necesaria, debe ser previa a su quehacer y lo debe
configurar. Así lo vieron en Europa los teólogos más lúcidos. Drs von
Balthasar, precisamente en el contexto de la incipiente teología política,
hablaba de superar la insoportable separación entre teología y
espiritualidad. K. Ralmer, remitiéndose a Santo Tomás, abogaba por superar
la horrible división entre teología y vida espiritual. Y Metz, en plena
teología política, hablaba de la mística y la política de seguimiento.
En este contexto, lo específico de la
teología de la liberación fue relacionar la experiencia de Dios con la
realidad de los pobres, de la cual surgió una espiritualidad teologal
dialéctica: la espiritualidad del Dios liberador y la del Dios escondido.
Y también creemos que esa experiencia fungió realmente como fuente de
conocimiento de Dios con todos los peligros de subjetivismo que eso trae
consigo-, pero también con las ventajas. Para decir "Dios es esto o lo
otro", la teología se remitió también a la experiencia de ultimidad: Dios
es experimentado (por el teólogo, por la comunidad, por los pobres, por
los mártires) de una o de otra forma. Esta experiencia, correspondiente a
la irrupción de los pobres, es gracia, en definitiva, y hace que la
teología de la liberación sea también intellectus gratiae.
4. Problemas y tareas
Esto es lo que queda y, en cualquier
caso, lo que creemos que debe quedar. Pero junto a ello hay en la teología
de la liberación latinoamericana limitaciones que debe superar. Enumeramos
simplemente, en forma de tareas, las que nos parecen más importantes:
1) Asumir y profundizar las diversas
formas de opresión, no sólo la socioeconómica, sino también la cultural,
étnica y religiosa, la de la mujer y el niño, la de la naturaleza.
2) Analizar no sólo lo que en el pobre
hay de carencia, sino también lo que tiene de fe propia suya, lo cual
ofrece luz a la teología.
3) Ayudar liberadoramente al pobre en
momentos de revolución, pero ayudarlo también en su humanización en la
cotidianeidad.
4) Reconocer y asumir los cambios en el
mundo, con las consecuencias para los caminos de liberación y sus
mediaciones, aunque sin caer en la trampa: cayó el socialismo, ergo
desapareció la teología de la liberación, y reafirmando los graves males
de los que sigue transido este mundo en cambio.
5) Superar las deficiencias y
limitaciones en conocimientos exegéticos, sistemáticos, históricos.
6) Comprenderse realmente como teología
ecuménica en la profundidad de lo humano ante Dios y junto con otros seres
humanos.
7) Ser una teología eclesial, enraizada
en la base de la Iglesia, y los pobres reales, y liberadora también de la
opresión intraeclesial.
8) En definitiva, ser una teología
evangélica que ofrece la buena noticia de Dios, redescubierta en el mundo
de los pobres, ofrecida directamente a ellos, y, a través de ellos, a
todos para que haya liberación y humanización.
Estas son las tareas que nos parecen más
importantes para superar limitaciones y fallos, pero queremos terminar
recordando el marco fundamental dentro del cual tal teología de la
liberación puede seguir siendo fructífera. En nuestra opinión, esta
teología y desde su propia comprensión necesita estar enmarcada en una
realidad más amplia para ser eficaz. Supone tradiciones y movimientos
históricos (a veces hablamos de ingeniería de la liberación, economía de
la liberación, medicina de la liberación...) Supone un liderazgo eclesial,
colegiado como el de la generación dorada de obispos de hace unos años:
don Hélder, Proaño, Angelleli, Mons. Romero, don Sergio... y supone sobre
todo, la realidad popular, la realidad de los pobres, los destinatarios
directos del Evangelio. Históricamente, eso se desarrolla en las
comunidades eclesiales de base.
Con otras teologías, pues, sobre todo
las del tercer mundo pobre y lo que hay de teologías solidarias en el
primer mundo, con tradiciones y movimientos de liberación, con un colegio
episcopal como el que hubo hace años y con comunidades de base, la
teología de la liberación puede seguir siendo muy fructífera.
¿Qué queda de la teología de la
liberación? Al nivel de producción teológica convencional creemos que hoy
no existe una generación de teólogos comparable a la de sus fundadores (G.
Gutiérrez, J. L. Segundo. l. Ellacuría). Pero eso no quiere decir que su
intuición fundamental no siga presente de varias maneras y que no sea
necesaria y un última palabra, breve e indefensa. Los teólogos de la
liberación han sido difamados injustamente y perseguidos cruelmente.
Algunos han sido asesinados, y son mártires como Jesús. Y esto hay que
tenerlo en cuenta cuando se hace la pregunta de "que queda de la teología
de la liberación". Esta, como los mártires, pueden seguir presentes de
muchas maneras, sólo que se presencia depende ya de nosotros. Así, si
dejamos que la palabra de Monseñor Romero y de Ignacio Ellacuría configure
nuestra vida como seres humanos y nuestro pensar como teólogos, entonces
queda mucho de la teología de la liberación
Notas.
1. A GONZALEZ, La vigencia del "método
teológico" de la teología de la liberación, "Sal Terrae" (octubre
1995)675.
2. J. MOLTMANN, Die
Theologie unserer Befteiung, en "Orientierung", (15.1 0.1996) 204.
3. !bid. p. 205s.
4. ¿Universalidad del cristianismo?, en
Varios, Universalidad de Cristo. Universalidad del pobre, Santander 1995,
p.164.
5. !bid. 166s. Es decisivo continuar con
la cita, pues ahí se halla el meollo de la cuestión para la teología de la
liberación y debiera serio para toda teología cristiana. "Pero volver a
estos elementos básicos equivale cargar de nuevo con la cruz que hemos
abandonado durante siglos".
6. P. Cit., p. 205. el autor hacer
referencia a un poema sobre Monseñor Romero de José María Valverde.
7."Función liberadora de la filosofía",
en ECA 435436(1985)50. ellacuría está haciendo alusión a la conocida
pregunta de Heidegger de por qué hay algo y no nada en Was ist metaphysik?
8. "Discernir el signo de los tiempo"
Diakonia 17(1981)58, En este párrafo Ellacuría está usando el concepto
"signo" (de los tiempos) en su sentido estrictamente teologal como lugar
de presencia de dios o de sus planes (cft. Gaudium et Spes 11).
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