EL EFECTO HOMBRE SOBRE EL CAMBIO
CLIMÁTICO
YO CONTAMINO, TÚ CONTAMINAS, ELLOS
negocian
...
Jorge Barreiro

Al menos desde la Cumbre de la Tierra,
realizada en Río de Janeiro en 1992, el tema del cambio climático viene
siendo zarandeado sin pena ni gloria en foros y encuentros
internacionales. De gloria sólo podría hablarse si se consigue persuadir
ya que no hay mecanismos coercitivos disponibles- a los responsables de
las emisiones que potencian el llamado "efecto invernadero", y el cambio
climático global, para que las reduzcan drásticamente. Las penas, en
cambio, están garantizadas si se mantiene el actual modelo de consumo
energético y desarrollo industrial.
Precisamente la reducción de esas
emisiones ha sido el centro de la discordia en todos los eventos
anteriores y en la presente cumbre japonesa de Kyoto. Ni siquiera la
propuesta formulada en Río 92 por los países de la Unión Europea de
reducir para el año 2000 las emisiones a los niveles que tenían en 1990
fue aceptada por el gobierno de Estados Unidos, demasiado atento entonces
-y ahora- a las presiones de la industria, de los consumidores domésticos
y de los indicadores sobre desempleo. La Convención sobre Cambio Climático
que se firmó en aquella ocasión sólo estableció un compromiso (que no
preveía sanciones) de alcanzar las metas propuestas por los europeos, lo
que la convirtió en un decálogo de buenas intenciones.
En los últimos años, sin embargo, las
investigaciones científicas, la presión de los movimientos ecologistas y
algunas evidencias climáticas ha conducido a los gobiernos a abandonar sus
reservas sobre la realidad del cambio climático, que ya no es atribuido a
las fantasías apocalípticas de los pesimistas de turno.
EL EFECTO INVERNADERO.
Aproximadamente la mitad de la energía
entrante es absorbida y reflejada por la atmósfera con sus nubes y polvo,
mientras la otra mitad es absorbida y reflejada por la superficie de la
Tierra. La energía entrante queda compensada por la radiación saliente en
longitudes de onda de infrarrojos más largas entre la Tierra y la
atmósfera. Varios gases que se producen en forma natural en la atmósfera
(vapor de agua, dióxido de carbono, metano, etcétera) devuelven gran parte
de la energía solar de onda larga a la Tierra, lo que permite que se
calienten las masas de aire cercanas a la superficie terrestre. Sin este
"efecto invernadero" natural, el planeta seria inhabitable para la mayoría
de los seres vivos. Sin embargo, con el desarrollo industrial y el mayor
consumo de energía durante las últimas décadas, este fenómeno se ha
intensificado. Las actividades de la industria, el transporte, el consumo
de energía doméstica y algunas agropecuarias han contribuido, según las
conclusiones de la 11 Conferencia sobre el Clima de 1990, a intensificar
el "efecto invernadero" natural y al calentamiento de la superficie del
planeta. A ello hay que sumar la lenta pero sostenida deforestación de las
selvas tropicales, ya que debido a su actividad fotosintética, los árboles
absorben C02, y evitan que se acumule en la atmósfera.
De no tomarse medidas al respecto, la
tierra aumentará su temperatura media en 2,5 grados en el próximo siglo,
un cambio sin precedentes en los últimos 10 mil años. Las consecuencias de
estos cambios serían dramáticas: elevación del nivel de los mares,
modificaciones en el régimen de los vientos y precipitaciones, con las
inevitables repercusiones sobre cosechas, seguridad alimentaría, comercio,
pérdida de biodiversidad, extensión de enfermedades a regiones antes
impensadas, etcétera.
Que el cambio climático produciría una
elevación del nivel de los mares ha sido ya prácticamente aceptado por
todos los conocedores del tema. El origen del fenómeno residiría en el
deshielo de los casquetes polares. Sea como fuere, los expertos
pronostican una elevación de un metro en el nivel de los mares durante el
próximo siglo. Una auténtica catástrofe para las poblaciones costeras de
numerosos países asiáticos. Algunos estados insulares podrían desaparecer
literalmente del mapa y otros deberán enfrentar graves problemas
económicos y sociales como consecuencia de la inundación de tierras
cultivables.
Por lo menos dos estudios preparados
especialmente para la cumbre de Kyoto confirman estas previsiones
pesimistas. Uno de ellos, elaborado por más de 400 médicos y científicos,
algunos de los cuales obtuvieron el Premio Nobel, sostiene que existe un
vínculo evidente entre el aumento de la temperatura del planeta y el
surgimiento de nuevas enfermedades o la reaparición de otras que se creían
extinguidas, ya que los cambios climáticos alteran el ciclo habitual de
pestes y trasmisores de gérmenes que se extienden a nuevas regiones. La
propagación de enfermedades trasmitidas por mosquitos es un claro ejemplo
de ello. El hecho de que tanto la malaria como el dengue y la fiebre
amarilla hayan llegado a zonas montañosas de África Central, América
Central y algunas regiones de Asia prueba que el aumento de las
temperaturas permite a los mosquitos sobrevivir en regiones donde antes no
les era posible. Con todo, el informe indica que lo más preocupante es la
contaminación del aire que provocan las emisiones. Según Paul Epstein, uno
de los médicos del equipo que elaboró el estudio, durante la segunda
década del próximo siglo morirán ocho millones de personas al año por
enfermedades respiratorias.
El otro informe fue preparado por el
Panel Intergubermamental sobre Cambio Climático (PICC), creado a instancia
del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente en 1988, e
integrado por más de 2.000 expertos de diversas nacionalidades. Según sus
conclusiones, América Latina seria el segundo continente más vulnerable al
cambio climático, después de África. El estudio del PICC señala que las
emisiones crecientes de gases de efecto invernadero afectarán extensas
zonas de selva y cordillera en el continente, ya que los ecosistemas
montañosos y las zonas de transición entre distintos tipos de vegetación
son extremadamente sensibles y vulnerables a pequeños cambios de
temperatura. El cambio climático se sumaría así a otros fenómenos de larga
data, como la deforestación de la Amazonia, lo que provocaría la pérdida
de biodiversidad, la variación en el régimen de lluvias y contribuiría a
una reducción en el rendimiento de las cosechas en varios países
latinoamericanos, incluido Venezuela.
QUIÉN SE HACE CARGO
Siguiendo al ya citado PICC, el dióxido
de carbono (producido por la quema de combustibles fósiles y la
deforestación) es responsable del 60 por ciento de las emisiones de gases
de efecto invernadero; el metano (cuyas fuentes son los arrozales, la
producción ganadera y los combustibles fósiles) lo es del 20 por ciento y,
en porcentajes menores, el óxido nitroso (presente en fertilizantes
nitrogenados o generado por la deforestación) y los clorofluorocarbonos (etc),
utilizados en aerosoles, refrigeradores y espumas.
Si, en cambio, se atiende al origen
nacional de las emisiones per cápita, las palmas se las lleva Estados
Unidos (con más del 20 por ciento de las emisiones totales y el 4 por
ciento de la población mundial), seguido de Canadá, Japón, los países de
la Unión Europea y del antiguo bloque socialista, que, sumados, son
responsables del 90% de las emisiones totales.
En términos absolutos China e India
también realizan un aporte nada desdeñable.
Las "soluciones" con que llegan los
representantes de los 160 países que se dieron cita en Kyoto expresan en
parte las presiones que sufren cada uno de ellos (de otros gobiernos,. de
las grandes empresas y de sus propios ciudadanos). Una reducción
generalizada y pareja en todos los estados ignoraría la mayor
responsabilidad que tienen los países desarrollados en el cambio
climático. Tal vez por ello, las 150 naciones que pertenecen al aún
llamado Grupo de los 77 proponen una reducción del 15 por ciento de las
emisiones de gases de efecto invernadero para todos los países en el 201 O
y otro 35 por ciento sólo para los países más desarrollados- para el 2020.
Una distinción que, según alegan, les permitiría alcanzar los niveles de
desarrollo y consumo que hasta ahora le han sido negados. Claro que si
India o América Latina tuvieran el mismo nivel de emisiones que los países
desarrollados se necesitarían los recursos naturales de siete planetas
para hacerlo posible.
En rigor, el Reino Unido, para citar un
ejemplo, debería reducir sus emisiones en un 80 por ciento para establecer
una suerte de pacto de justicia, que permitiera aumentar las emisiones de
los llamados países en vía de desarrollo.
La propuesta de la Unión Europea
consiste en reducir en 15 por ciento las emisiones respecto a los niveles
de 1990 para el año 2010, mientras el presidente estadounidense William
Clinton anunció que su gobierno "tal vez" estaría dispuesto a
"estabilizar" las emisiones en los niveles de 1990 para una fecha tan
incierta como "el 2008 o el 2012". A mitad de camino entre ambas posturas
y dispuesta a "negociar" con una actitud flexible-, la delegación
venezolana zarpó hacia Japón con la modesta propuesta de reiterar las
recomendaciones de la Eco-92, es decir, mantener en el 2000 el nivel de
emisiones de 1990.
La iniciativa más radical proviene de
los estados insulares del Pacífico, cuyos representantes llegaron a Japón
con la idea de que para el año 2005, todas las naciones reduzcan un 20 por
ciento sus emisiones respecto a las de 1990. Es que para ellos el cambio
climático no es una discutible especulación científica, sino que el
aumento del nivel de los mares resultantes de ese cambio constituye una
cuestión de simple supervivencia.
Con todo, la disputa sobre quiénes
contribuyen más al cambio climático trasciende lo que tradicionalmente se
ha entendido como conflicto Norte-Sur. En primer lugar, porque las
emisiones no están equitativamente repartidas en cada una de las
sociedades (sean éstas del Norte o del Sur). En segundo lugar, porque los
muy "sureños" países productores de petróleo no quieren oír hablar de
responsabilizar al uso de combustibles fósiles por el cambio climático que
se está produciendo. Otros países en desarrollo tampoco están dispuestos a
comprometer las elevadas tasas de crecimiento económico que han alcanzado
en los últimos años. En tercer lugar, porque los consumidores de los cinco
continentes no se dejan convencer fácilmente sobre las bondades de reducir
las emisiones, lo que implicaría ajustarse el cinturón en lo que atañe al
consumo de energía. Esta falta de disposición de los ciudadanos condiciona
la conducta de sus respectivos gobiernos, que ya tienen suficientes
problemas con el desempleo como para andar multiplicándolos por motivos
ecológicos.
Finalmente, otro factor de peso que
trasciende los conflictos entre gobiernos es el papel de algunas grandes
empresas, que han pasado a la ofensiva y realizan un agresivo lobby para
boicotear cualquier acuerdo que implique reducir las emisiones de gases de
efecto invernadero. Shell, Exxon, Texaco, General Motors, entre otras
corporaciones, forman parte de una coalición empresarial que pretende
"informar verazmente" sobre el cambio climático. Para ello decidieron
invertir nada más y nada menos que 13 millones de dólares para advertir
sobre la catastrófica pérdida de puestos de trabajo y las incomodidades
que deberán padecer los ciudadanos en invierno si se adoptan compromisos
sobre volúmenes y fechas para reducir las emisiones.
Las empresas vinculadas con la
producción y/o comercialización de bienes y servicios que suponen
emisiones de gases de efecto invernadero tienen sus motivos para estar
preocupadas y seguramente no es ajeno a ello el hecho de que no se haya
podido implementar hasta ahora lo que algunos científicos y ambientalistas
consideran la alternativa más justa: un impuesto a las emisiones que
penalice al responsable de las emisiones y no a un país en particular. El
pavor a la eventual pérdida de competitividad que generaría una medida de
esa naturaleza la hace impensable sin un consenso entre las naciones
económicamente más poderosas. Y no parece que los desvelos de los reunidos
en Kyoto pasen por allí. Ni siquiera los de los países en vías de
desarrollo, que suelen emplear su "derecho al crecimiento" como moneda de
trueque para obtener recursos económicos a cambio de reducir sus
emisiones. Tan es así que, de seguirse con el actual modelo de desarrollo,
entre la segunda y la tercera década del próximo siglo las emisiones de
los países en desarrollo habrán superado las de los países
desarrollados._
Otra medida manejada por los
movimientos ecologistas y científicos consiste en determinar qué nivel de
emisiones es capaz de soportar la atmósfera sin daños irreversibles y
luego establecer, en función de la población, el "cupo" de emisiones que
le corresponde a cada país. Sugerida la idea, no faltaron quienes la
"complementaron" con un barniz ecoliberal: la administración Clinton
avanzó la idea de permitir la compra venta de los cupos entre países.
Quienes emitan menos gases que en 1990 podrían vender su derecho a
contaminar a aquellos que hayan sobrepasado sus cupos. Una manera nada
sutil de abortar el invento antes de que nazca.
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