América
latina: crisis del neoliberalismo
y nueva
etapa de lucha para los pueblos
Roberto Regalado Álvarez y
Felipe Gil Chamizo
Los
avances científicos y técnicos del presente siglo generan nuevas
capacidades para enfrentar los grandes problemas mundiales. No obstante,
la ciencia y la técnica son instrumentos cuya utilización depende de la
lógica social en que están inmersos: pueden solucionar el déficit
alimentario de pueblos enteros o provocar la destrucción de «excedentes»;
preservar el entorno eco lógico o devastar lo; cerrar la brecha entre
ricos y pobres o agrandarla, así como ser utilizados en función de la paz
y el desarrollo o aumentar la intervención militar, el sojuzgamiento, la
dominación y el poder de aniquilar a la humanidad.
En el mundo actual, ningún proyecto
político, económico y social puede soslayar las transformaciones operadas
en la ciencia y la técnica, ni sus connotaciones en las más diversas
esferas. Este proceso contribuyó al menos hasta el presente al
afianzamiento de un fenómeno dominante de signo negativo: la utilización
de sus potencialidades en beneficio de las élites super privilegiadas
principalmente del llamado Primer Mundo y en detrimento de la inmensa
mayoría de las naciones y seres humanos.
Durante las últimas décadas, los avances
tecnológicos experimentados por las potencias occidentales facilitaron
cambios cualitativos en la transnacionalización del capital, así como
contribuyeron al surgimiento de la actual división internacional del
trabajo y los mercados, a la que muchos aluden como «globalización>.
Diversos autores llegan a afirmar que el imperialismo entró en una «nueva
fase» o que surgió un «nuevo imperialismo», asociado a la imposición a
escala global del modelo neo liberal. Aunque para evaluar tales
definiciones se requerirían estudios más profundos, lo cierto es que estos
procesos conducen a la imposición de un modelo emergente de acumulación de
capital y la introducción de modificaciones en el sistema de dominación
mundial, que combina resortes ideológicos, políticos, económicos,
militares y culturales.
Los cambios ocurridos en la economía y
en la correlación mundial de fuerzas traen como resultado cambios en la
configuración estratégica: si bien desde el punto de vista económico el
mundo actual está integrado por grandes bloques dominantes que compiten
entre sí, en el plano militar conforman un solo polo, bajo la hegemonía de
Estados Unidos. En este esquema de dominación se destaca la supremacía del
capital financiero sobre el capital productivo, la reestructuración de las
relaciones entre las grandes potencias y de éstas con los países no
desarrollados y, la institucionalización de la injerencia y el
intervencionismo a escala global, a través del control político, económico
y militar ejercido por las naciones industrializadas en los organismos
internacionales (ONU, FMI, Banco Mundial y otras).
El neo liberalismo es la doctrina que se
corresponde con la implantación del nuevo patrón de acumulación y modelo
de dominación capitalista, la cual impone a los países no desarrollados:
-
El concepto
de soberanía limitada y la ampliación de los mecanismos supranacionales
coercitivos, para aumentar y facilitar la injerencia e intervención, con
vistas a acrecentar su subordinación a los intereses de las grandes
potencias industriales y sus compañías transnacionales.
-
La
desregulación de la economía y la apertura indiscriminada al comercio y
las inversiones que conducen a la desprotección del mercado interno-
conjuntamente con el otorgamiento de privilegios para la acumulación,
así como la aplicación de una política activa de reducción de los costos
de la mano de obra.
-
La
reestructuración del Estado y la redefinición de sus relaciones con el
mercado, en función de lograr mayor subordinación de lo público a lo
privado, de lo político a lo económico y del Estado al mercado, que
permita una transferencia de la riqueza favorable a la concentración del
capital en los sectores transnacionalizados "de vanguardia".
-
La pretensión
de afianzar un modelo de «control social» que garantice la acumulación y
concentración de capitales, mediante la implantación de «democracias
neoliberales», en las cuales se acentúa la disociación entre el «poder
real» y las instituciones políticas que supuestamente lo ejercen, las
que deben funcionar dentro de parámetros que no admiten cuestionamiento
al dogma y,
-
Una versión
de democracia y derechos humanos que limita las libertades políticas al
ejercicio del voto en elecciones que no interfieran con el ajuste, al
tiempo que considera a los derechos económicos y sociales como
«obstáculos» para la reducción de los costos de la mano de obra y la
concentración del capital.
En este entorno, uno de los elementos
determinantes en la ubicación de América Latina dentro del proceso de
conformación de la nueva división internacional del trabajo y los
mercados, así como del sistema de dominación mundial que sustituye al de
la Post Guerra, es su cercanía geográfica con Estados Unidos, país que
considera a la región como espacio natural para la conformación de un
bloque económico, político y militar bajo su hegemonía.
Estados Unidos junto a Gran Bretaña fue
uno de los pioneros en la implantación y promoción mundial del neo
liberalismo, modelo concebido para revertir la pérdida de competitividad y
preservar la condición de principal potencia imperialista, erosionada por
los irracionales gastos militares y las deformaciones derivadas del
privilegio de contar con el patrón dólar como base del sistema de Bretton
Woods, que le permitió traspasar al resto del mundo los costos, no sólo de
su inflacionaria industria bélica, sino también de niveles
desproporcionados de consumo, elementos que contribuyeron a rezago
tecnológico de ese país en numerosas ramas y relativizaron su supremacía
ante el resto de las naciones capitalistas.
El cambio en la correlación estratégica
mundial y la consolidación del nuevo esquema de dominación global
contribuyeron a neutralizar los puntos de fricción que afectaron las
relaciones entre Estados Unidos y América Latina en la pasada década -el
conflicto centroamericano y la deuda externa-o Durante la administración
de Ronald Reagan se establecieron las bases de una política hemisférica
bipartidista fundada en las líneas generales esbozadas en los documentos
de Santa Fe que conllevan a la rearticulación del sistema de relaciones
interamericanas.
En tal sentido, el segundo mandato de
William Clinton apunta a contener el aumento de la penetración comercial e
inversionista de la Unión Europea y los países de la Cuenca del Pacífico
en América Latina y el Caribe; impulsar la creación de la Zona Hemisférica
de Libre Comercio; acelerar la consolida
del sistema de dominación hemisférica,
dirigido a reforzar el compromiso de las élites con los ajustes
neoliberales; afianzar el modelo de democracia representativa limitada y
dependiente; controlar los excesos desestabilizadores de la política
económica anti popular; profundizar y diversificar las presiones y
agresiones destinadas a intentar la destrucción de la Revolución Cubana y,
evitar el eventual desencadenamiento de procesos revolucionarios.
Sin embargo, cuando el fin de la «Guerra
Fría» y los «éxitos» en la «pacificación» del sub continente, hacían a
Estados Unidos prever un entorno hemisférico «tranquilo», el agravamiento
de la crisis de la región tiene un profundo efecto desestabilizador, que
dista de ser el escenario concebido para el afianzamiento de su esquema de
dominación.
El panorama latinoamericano se
caracteriza por el descrédito de las instituciones ejecutivas,
legislativas y represivas; el aumento de las contradicciones dentro de los
partidos y corrientes políticas, que conducen a su fraccionamiento; la
desconfianza creciente en los sistemas y procesos electorales; el desgaste
acelerado de gobernantes recién electos; el incremento del abstencionismo;
la proliferación de escándalos por corrupción; la extensión de la
'producción y tráfico de narcóticos, el agravamiento de la delincuencia y
la violencia institucionalizada; la marginación de amplios sectores
sociales; la generalización de la demagogia como recurso para capitalizar
la ilustración y la desesperación de la población y, otros fenómenos que
conducen a lo que algunos definen como «crisis de gobernabilidad»- Esta
crisis repercute en el auge de los movimientos sociales y populares, así
como en el incremento sin precedentes del rechazo al fraude y a la
corrupción, en muchas ocasiones sin conducción política partidista.
El ajuste neo liberal se aplica en
América Latina desde la década de los ochenta, con variables de
gradualidad que oscilan entre las fórmulas ortodoxas de «shock» y las
heterodoxas más graduales, de acuerdo a las peculiaridades de cada país y
subregión. No obstante, en ambos casos los objetivos y resultados son los
mismos: favorecer la acumulación del capital financiero internacional y
los grupos locales subordinados, mediante una transferencia de recursos
que agrava las contradicciones económicas, políticas y sociales, así como
acentúa la brecha entre el crecimiento de los capitales de «vanguardia»y
el rezago del resto de los sectores productivos.
Independientemente de los ritmos y
efectos secundarios en cada nación, en diversos sectores se fortalece la
comprensión de que el neoliberalismo no es una estrategia de desarrollo
para la región, sino que constituye un esquema funcional a los intereses
estratégicos de las grandes potencias, que perpetúa y agudiza el
subdesarrollo e impone un patrón de acumulación altamente concentradora y
excluyente.
América Latina fue invadida por el neo
liberalismo como consecuencia de factores externos e internos. En lo
externo, resalta la presión de las naciones industrializadas para promover
la apertura unilateral al comercio e inversiones, los ajustes
estructurales y las políticas de estabilización, mediante una avalancha
ideológica y política, el chantaje en la renegociación de la deuda externa
y la falsa promesa de acceso a mercados, capitales y tecnología. En lo
interno, se destaca la necesidad de sustituir al caduco modelo «desarrollista»que
funcionaba en la región, por lo que sectores de las élites locales
aceptaron gustosos la nueva asociación subordinada con el capital
transnacional.
El neoliberalismo en los años ochenta
usurpó colosales recursos financieros que, sumados a la fuga de capitales,
al intercambio desigual y a la fraudulentas operaciones comerciales,
sobrepasan la cifra de los $600 mil millones. La deuda externa se
incrementó a tal punto que asfixió financieramente a las naciones, cercenó
su ahorro interno, sustrajo enormes recursos de la inversión productiva y
el desarrollo económico, sirvió para que el capital financiero
internacional se apoderara de bienes productivos estratégicos y de los
principales recursos naturales de la región, promovió la especulación
financiera, concentró más aún la propiedad y el ingreso en manos de
corporaciones extranjeras, produjo una mayor desindustrialización y generó
quiebras masivas de empresas nacionales, al mismo tiempo que agudizó la
recesión, potenció la inflación, incrementó el desempleo y agudizó la
pobreza.
En los años noventa, bajo pretexto de la
lucha contra la inflación y en favor de la estabilización, el
neoliberalismo amplió la desregulación y liberalización económica
unilateral, sobrevaloró artificialmente las monedas nacionales, vulneró la
soberanía monetaria de muchos países -al imponerles paridades con el dólar
artificialmente elevadas, continuó la expulsión del Estado del sector
social de la economía, sacrificó la educación y la salud, hipertrofió las
importaciones que agudizaron las quiebras y la desindustrialización,
agravó el carácter primario exportador de la región, incrementó el déficit
comercial y en cuentas corrientes lo cual repercutió en un incremento
ulterior de la deuda externa e interna, tanto pública como privada y
aplicó una política artificial de crecimiento, subsidiada por los carriles
especulativos del capital «golondrina» internacional, que inauguró un
nuevo ciclo de especulación financiera, consolidó el poderío transnacional
en el subcontinente y ahondó aún más el desempleo, la pobreza y la
marginalidad.
El comportamiento de los indicadores
macroeconómicos en el neoliberalismo responde a una mayor concentración de
capitales en los sectores «de punta», mediante el otorgamiento de
subsidios, exenciones, privilegios y transferencia de fondos a ciertas
industrias exportadoras. En virtud de este fenómeno que agudiza la
desprotección y descapitalización del mercado interno, el resto de la
nación, la economía y la sociedad se desangran aceleradamente, abandonados
en un entorno cada vez más hostil y discriminatorio. Se agudiza el
«dualismo» y la «desconexión» entre el avance de los sectores priorizados
y el retroceso de los demás. Por este motivo, el crecimiento del Producto
Interno Bruto (PIB) registrado en la actual década con tasas, según la
CEPAL, de 3,5% en el 91, 2,4% en el 92, 3,3% en el 93, 3,7% en el 94, 0,6%
en el95 y 3,5% en el 96-, no repercute en desarrollo económico y social,
sino que aumenta la brecha entre los ricos -que se benefician de este
crecimiento- y los excluidos cuyas condiciones de vida se depauperan.
El crecimiento económico es una
condición necesaria, pero insuficiente para el desarrollo.
La «reinserción» de la región en el
mercado mundial, instaura un modo de producción y consumo cada vez más
excluyente, en el cual los éxitos relativos en la macroeconomía se
asientan sobre el deterioro vertiginoso del desarrollo económico y social
En la esfera socioeconómica, el incremento de la acumulación y
concentración de capitales se realiza a través de la reducción del costo
de la mano de obra, provocada por el crecimiento del desempleo y el sub-empleo,
la desregulación laboral y la disminución sustancial de los programas
sociales.
Según la CEPAL, el empleo en los siete
países de los que se disponía de información descendió de 54% en 1995 a
53,5% en el primer semestre de 1996. La desocupación urbana de 7,7% (7,3%
en 1995) es la más alta de la década. Esta fuente afirma que: «persisten
los indicios de una creciente precariedad de las condiciones de trabajo,
al reducirse el número de personas con contrato laboral y expandirse las
categorías informales en Brasil, al tiempo que en Argentina se
incrementaba la contratación por plazos fijos. Se incrementa el sector
informal y la cantidad de trabajadores que perciben remuneraciones por
debajo del salario mínimo legal. Los salarios del sector formal crecieron
sólo en Brasil y Chile, aunque en el caso brasileño se presentó un
comportamiento desigual, pues aumentaron en Río de Janeiro, pero
descendieron en Sao Paulo. En Argentina, Colombia y Uruguay no hubo
variaciones en relación con los valores previos, mientras que en Bolivia,
México y Perú se observó una reducción. En México los salarios
industriales decrecieron en 14% respecto al año anterior.
Carlos Vilas demuestra como el aumento
del desempleo, la precarización de las condiciones de trabajo y la
extensión del sector informal redundan en el deterioro de los salarios
reales y estimulan la competencia por el acceso al mercado laboral, al
mismo tiempo que la concentración de capitales también se realiza a
expensa de los programas de desarrollo social salud, educación, vivienda y
otros, que en el esquema anterior eran considerados como «externalidades»
para la reproducción y calificación de una mano de obra que ya no
interesa, salvo en el entorno de las industrias «de punta». Dentro del
modelo, la política dirige los exiguos gastos a la franja de «pobreza
extrema», con el objetivo de prevenir conflictos que hagan peligrar el
modelo.
Vilas añade que la privatización de los
servicios sociales los convierte en mercancías y este hecho contribuye a
una mayor erosión del poder adquisitivo del conjunto de la sociedad, al
tener que asumir gastos que antes eran sufragados por un erario público
que ahora prioriza otros fines. Los sectores más golpeados son
precisamente aquellos ubicados por encima de esa línea, quienes a su vez
sufren mayormente el desempleo y la precarización de las condiciones de
trabajo. Paralelamente, la reducción del nivel de ingresos del conjunto de
la sociedad provoca una disminución de la captación fiscal, que repercute
en mayores déficits presupuestarios. Las políticas neoliberales tratan de
cerrar esta brecha con el aumento de los impuestos regresivos, que hacen
recaer el peso de la contribución precisamente sobre aquellos sectores a
los cuales el Estado brinda cada vez menos servicios.
La actual crisis política en América
Latina es el resultado del agravamiento simultáneo de dos tipos de
contradicciones, que rebasan las posibilidades de conciliación y
cooptación de los mecanismos institucionales vigentes dentro del sistema:
las derivadas de los cambios en la correlación de fuerzas entre los grupos
económicos y políticos dominantes y, las provocadas por el aumento de la
polarización, exclusión y marginación económica y social de crecientes
sectores de la población.
Los ajustes neoliberales son la
expresión de una aguda lucha entre las élites, de la que emergen como
triunfadores los sectores exportadores asociados al capital transnacional,
que desplazaron del control del Estado a los orientados al mercado
interno, así como a la mediana y la pequeña empresa; mientras que el
incremento del desempleo, combinado con la reducción de los salarios
reales y los programas sociales, coloca en crisis al sistema
corporativista, prebendatario y clientelar utilizado por las «burguesías
nacionales» para el control y la cooptación de los grupos subordinados,
entre los cuales se redistribuía una parte de la riqueza a cambio de su
lealtad al sistema, en lo general, y a un determinado partido, en lo
especifico.
Tras más de una década de políticas neo
liberales en la región, resulta evidente el carácter fraudulento de su
única promesa para la sociedad: la de prosperidad integral, que se deriva
del «efecto de derrame» de un eventual crecimiento económico generado por
la mayor concentración de la riqueza, el cual según la teoría debería
incrementar el ahorro interno, estimular las inversiones, generar empleos
y elevar los ingresos del conjunto de la sociedad. La primarización y
terciarización de la economía, que desmonta la planta industrial
construida durante el desarrollismo y las conquistas sociales alcanzadas
por las luchas populares, provoca el tensionamiento y la fractura de la
institucionalidad, así como de las mediaciones políticas que funcionaron
durante décadas.
Como expresión de la preocupación de las
élites dominantes por el agravamiento de la situación del subcontinente,
proliferan diversas iniciativas para el diseño de un modelo de control
social capaz de neutralizar los efectos de la crisis socioeconómica,
algunas de las cuales preconizan el mantenimiento del patrón de
acumulación neo liberal, mientras que otras pretenden encontrarle
alternativas dentro del sistema. La magnitud y gravedad del problema
condujo a que los propios mandatarios decidieran dedicar la VI Cumbre
Iberoamericana al tema de la «gobernabilidad».
Dentro de este contexto, la izquierda
latinoamericana está ante una situación cualitativamente distinta, tanto
en lo que respecta al entorno mundial y regional, como a las mutaciones
provocadas por el neo liberalismo en el seno de las propias sociedades en
las cuales desarrolla sus luchas. Se trata de la búsqueda teórica y
práctica en condiciones en las que surgen nuevos retos, pero también
nuevas posibilidades.
La izquierda y el movimiento popular se
encuentran en la transición de una etapa de luchas -que se cerró con el
fin de la bipolaridad- a otra, caracterizada por la modificación de las
modalidades de la dominación imperialista mundial y la fragmentación
nacional y social. Este último fenómeno, que contiene un germen de
profundas transformaciones porque provoca la destrucción de las bases
tradicionales del capitalismo dependiente, también debilita y dispersa a
los sujetos sociales hacia los cuales la izquierda orientó su trabajo
históricamente, así como relativiza la eficacia de muchas nociones y
prácticas previas de acumulación de fuerzas.
La desaparición del campo socialista
coloca en una nueva perspectiva a las luchas por el poder, al eliminar a
uno de los elementos de la estrategia de defensa, consolidación y
desarrollo de los gobiernos revolucionarios surgidos de las luchas de
liberación nacional después de la Post Guerra: el apoyo externo para
enfrentar las agresiones imperialistas y la contrarrevolución interna. En
la nueva etapa, los proyectos populares tienen que ser concebidos a
partir de la conformación de un sujeto social revolucionario capaz de
conquistar el poder, defenderlo y desarrollarlo con medios propios,
así como en la refundación y revitalización del internacionalismo y la
solidaridad.
Las diversas corrientes de la izquierda
están inmersas en un proceso de reestructuración organizativa,
redefiniciones pro gramáticas y reagrupamientos internos. Este proceso
está en una transición de la fase de desorientación identificable por el
énfasis en los balances críticos del «socialismo real» y las autocríticas
desde diferentes perspectivas a otra de recuperación en que comienzan a
concentrarse los esfuerzos en la elaboración de programas políticos,
económicos y sociales alternativos al neo liberalismo, así como en la
conformación de nuevas políticas de alianzas. La lucha de la izquierda
necesita asentarse en un programa de desarrollo sostenible y en una amplia
política de alianzas de todos excluidos por el modelo, con una clara
hegemonía popular.
La izquierda latinoamericana ocupa en la
actualidad espacios sin precedentes en los gobiernos y legislaturas
nacionales, así como en las gobernaturas y municipalidades de numerosos
países. Sin embargo, pero carece de peso institucional para enfrentar con
éxito al neoliberalismo. Los partidos de izquierda sufren la crisis que
actualmente afecta a las mediaciones políticas de todos los signos
ideológicos, agravada en su caso por las condiciones discriminadas en las
que participa en la lucha política dentro de un sistema que fue concebido
para negarle el acceso al poder.
La naturaleza del sistema burgués tiende
a colocar a la izquierda en una contradicción entre su política
institucional y la de acumulación social. En determinadas circunstancias,
la postergación de las reivindicaciones más apremiantes de los sectores
populares -y la renuncia a los objetivos transformadores pueden facilitar
el acceso a mayores espacios institucionales, pero inevitablemente genera
descontento, desconfianza y desacumulación entre sus bases.
Frente a la globalización neo liberal es
necesario reconstruir la unidad de la nación y desarrollar una nueva
noción de internacionalismo de los pueblos. El programa de lucha de la
izquierda necesita establecer una adecuada interrelación entre las tareas
que pueden ser abordadas en una perspectiva inmediata y la solución a los
problemas que requieren del ejercicio del poder, ambos encaminados al
fortalecimiento de la independencia, la soberanía y la autodeterminación;
la reestructuración y fortalecimiento del Estado y del área social de la
economía; la promoción del desarrollo económico, social y humano, con
democracia, equidad y justicia y, el establecimiento de la unidad e
integración latinoamericana y caribeña, como necesidad para afianzar las
políticas de desarrollo nacional y de potenciar la capacidad negociadora
para replantear la ubicación del subcontinente dentro de la nueva división
internacional del trabajo y los mercados. Dentro de este proyecto, la
democracia es un concepto integral, político, económico y social, que
presupone una vinculación estrecha entre participación y representación.
En esta coyuntura, el principal aporte
de la Revolución Cubana es que destruye el mito de que, en la actual
situación mundial, resulta imposible que una nación adopte políticas
propias e independientes. A pesar del bloqueo de los Estados Unidos,
agravado por las leyes Torricelli y Helms-Burton, Cuba es un participante
activo en la redefinición de su lugar en la nueva división internacional
del trabajo y comenzó una paulatina pero sólida recuperación, basada en el
fortalecimiento constante de la unidad nacional, así como en un partido Y
un proyecto propio de construcción del socialismo, que incluye la defensa
de la soberanía y la independencia; búsqueda de eficiencia económica;
generación de capacidades científicas y técnicas y, estimulo a la
solidaridad y cooperación humanas, que le permiten mantener al desarrollo
social, con justicia y equidad, como su primera prioridad.
A pesar de las complejidades impuestas
por las nuevas condiciones mundiales, regionales y nacionales, desde el
punto de vista de las luchas populares, la tendencia a la fragmentación de
la clase obrera y el reflujo coyuntural de algunas organizaciones
populares tradicionales, se compensa con el surgimiento de los «nuevos
actores sociales» los «sin tierra», los «sin techo», indígenas,
movimientos femeninos, ecologistas, cristianos de base y otros-, que
tienen reivindicaciones particulares, pero cuya característica común es
ser víctima del capitalismo y participantes potenciales del proyecto
alternativo. La izquierda se encuentra ante la tarea de elaborar el
programa y articular la política de alianzas que permitan aglutinar y
catalizar el potencial disperso de los sectores populares, por una parte,
y de combinar las luchas por la democracia con la acumulación de la fuerza
y la unidad necesarios para realizar las profundas transformaciones que
demanda la región.
Estamos convencidos de que, en
perspectiva, sólo el desafió y aplicación de proyectos de construcción
socialista pueden llevar a cabo tales transformaciones.
En el discurso de clausura del IV
Encuentro del Foro de Sao Paulo, el compañero Fidel Castro dijo:
« Hoy en la América Latina la batalla
prioritaria es derrotar al neoliberalismo, porque si no derrotamos al
neoliberalismo desapareceremos como Estados independientes, y vamos a ser
más colonias de lo que nunca fueron los países del Tercer Mundo (..)
Derrotar el neoliberalismo sería crear una esperanza para el futuro,
preservar condiciones para seguir adelantando, porque el límite de nuestro
progreso estará en el capitalismo, y no habría progreso humano si éste no
se propone rebasar las fronteras del capitalismo, pero eso será tarea de
otros momentos, no diría que tarea de otras generaciones».
Con la marginación y exclusión de que
son objeto crecientes sectores nacionales, se crean las condiciones para
la articulación de alianzas a favor de políticas alternativas al
neoliberalismo, pero tienen que estar fundadas en una proyección
estratégica de defensa de los intereses populares. Los avances dentro de
la institucionalidad sólo tienen sentido como parte de un proceso integral
de acumulación que permita construir un poder real, no sólo gubernamental,
sino participativo y movilizativo.
Ante las evidentes señales de crisis del
neo liberalismo en América Latina, se abre para los pueblos una nueva
etapa de luchas, en la que la izquierda necesita establecer una estrecha
interrelación entre sus programas (elaborados en función de objetivos de
corto, mediano y largo plazo) y su política de alianzas. Sin embargo, esta
ecuación, tienen que ser los objetivos los que determinen las alianzas;
no las alianzas las que desnaturalicen a los objetivos.
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