VIVENCIAS CON ERNESTO CHE GUEVARA
Eduardo Gallegos Mancera*
Mi
primer encuentro con el Che fue en las estribaciones de la Sierra Maestra,
a donde iba éste frecuentemente para renovar los vínculos con los
campesinos de la región, para seguir de cerca los avances de la Reforma
Agraria y, desde luego, para rememorar los combates que allí tuvieron
lugar.
Después fueron numerosos los contactos
en La Habana, en Europa y en Atlántica.
Fueron fraternales nuestras relaciones.
El cifraba muchas ilusiones acerca de nuestra lucha armada. Nosotros para
entonces estábamos saturados de un optimismo irracional -inspirado por el
triunfo en Cuba de Fidel y sus compañeros que nos impedía calibrar las
dificultades, que nos conducía a ignorar las condiciones objetivas y las
diferencias raigales entre el proceso de la Isla y el ámbito político
venezolano. Los yanquis habían aprendido ya la lección. y Venezuela era
para ellos petróleo y no azúcar. El Che seguía con pasión nuestros pasos:
guerrillas en las montañas y llanos, Unidades Tácticas de Combate en
Caracas y otras urbes pobladas, secuestros de aviones y de enemigos de
clase. Y nos auguraba triunfos si perseverábamos en la lucha.
En la Conferencia de Partidos Comunistas
de América Latina y el Caribe, celebrada en La Habana en el mayor secreto
entre el 22 y el 26 de noviembre de 1964, se hizo más estrecho el
intercambio y puedo decir sin titubeos que nos acercaba una simpatía
mutua. Yo veía en él más al hombre austero impregnado de nobles ideales,
movido por una fe indeclinable en el devenir socialista y con armonía
plena entre su predicar y su hacer, que al hazañoso jefe guerrillero de la
Sierra y de Santa Clara que entró a la capital aclamado por las masas e
instaló sus tropas en La Cabaña para aguardar la llegada de Fidel.
Más tarde, en Moscú y otros lugares del
continente europeo tuvieron lugar entre nosotros largos coloquios, siempre
girando en torno a la revolución latinoamericana pero sin dejar de
analizar las peripecias de la construcción socialista. Tenía opiniones
propias al respecto y no las ocultaba.
Más tarde fue Argel. Cumplida en Pekín,
aunque infructuosamente debido a la soberbia de Mao, la misión que nos
encomendara la Conferencia de los partidos comunistas latinoamericanos de
gestionar el ceso de la polémica entre China y la URSS, recibí un
cablegrama cifrado de Fidel exigiéndome el inmediato retorno para
enterarlo de los detalles del encuentro con los lideres chinos y de la
inaudita agresión verbal del dirigente chino contra el propio Castro.
Llegué a Rancho Boyeros en una madrugada de diciembre. En el aeropuerto me
esperaban Fidel y Manuel Piñeiro, ansiosos de conocer lo que había
sucedido. Cuando en el restorán adonde solía ir el Comandante en la alta
noche para entrevistas de esta índole, le conté a ellos palabra por
palabra el arbitrario ataque de Mao y sus compañeros a la Revolución
Cubana y a su máximo exponente, la reacción airada de Fidel no se hizo
esperar y se dispuso en un primer instante a dirigirse esa misma madrugada
a la embajada china para pedir explicaciones de tan inaceptable actitud.
Pronto se calmó, sin embargo, y me preguntó si estaba de acuerdo en ir a
donde se hallaba el Che para que éste viajara a Pekín a esclarecer la
situación. Accedí gustoso, obvia decirlo, y pocos días después, en enero
de
1965, en compañía de Osmany Cienfuegos y
de Emilio Aragonés, viajé a la capital argelina.
Allí, en la sede de la Misión cubana
presidida en aquel tiempo por el inefable «Papito» Sergueras, iniciamos
las discusiones con el Che. Al darle los pormenores del encuentro en la
capital china, éste se mostró asombrado y hasta cierto punto incrédulo
ante el análisis que le hice del fondo del problema. El se había dejado
seducir por la aparente pureza de las tesis esgrimidas por Mao y por el
experimento de las comunas y del llamado «Salto Adelante». Y tendió
inicialmente a atribuir el fracaso a la participación en la delegación
latinoamericana, en carácter de presidente, de mi fraterno camarada Carlos
Rafael Rodríguez, a quien Mao veía con malos ojos por estimar que Carlos
era un irreductible pro-soviético. Pero aceptó desde luego el encargo de
Fidel. Fue agudo el debate: yo le daba mi opinión de que se trataba de una
postura meditada y no impulsiva la adoptada por Mao, que no era tan sólo
un estallido polémico. El sostenía un criterio contrario: «Tú verás,
Eduardo, que conmigo las cosas serán diferentes». Y se dispuso a viajar
enseguida.
Mientras se ultimaban los preparativos
para la gira, reanudamos nuestras conversaciones: unas veces sobre las
perspectivas de la revolución africana y específicamente sobre la
situación argelina, con cuyo máximo dirigente Ben Bella me entrevisté en
esos mismos días. Otras veces recaíamos en el tema latinoamericano que
tanto le apasionaba. Fue dentro de este contexto que se produjo el diálogo
al cual me referí en el diario «El Nacional» de Caracas y que trato de
reproducir a continuación, dada su trascendencia para la biografía del
Guerrillero Heroico, como por la deformación que en un libro suyo Pedro
Duno hiciera del encuentro.
«Eduardo, yo quiero irme para las
guerrillas venezolanas».
Contesté sin tardanza: «No, no creo que
sería conveniente tu presencia allá: sería un pretexto para que los
marines y yanquis invadieran el país y se quedaran luego en él alegando
intervención cubana» .
«Yo no sería -me explicó- sino un
soldado raso más».
Respondía que «aunque así fuera, mero
combatiente con fusil y morral, todos te considerarían el jefe, en primer
término los propios compañeros de armas venezolanos».
« ¿Entonces me rechazas? », preguntó.
Expliqué: «No te rechazaré yo. La
decisión corresponde en todo caso al Buró Político del PCV, al cual le
trasladaré tu solicitud. Te he adelantado sólo mi opinión personal».
Eso fue todo en lo que a su propuesta se
refiere. Ernesto la tomó con calma y siguió tan cordial conmigo como
antes.
En los días posteriores menudearon las
conversaciones, siempre sobre la base de una gran franqueza por parte de
ambos, pero no abordó de nuevo el asunto de su incorporación directa a la
lucha en Venezuela. Fueron variados los diálogos. Me dijo en un momento
dado:
«Mira, se puede discutir quién es el más
capaz entre los dirigentes de la Revolución Cubana, pero Fidel está muy
por encima de todos nosotros. Fidel insistió es tan extraordinario que
resiste toda comparación». Su afecto hacia el jefe máximo era sincero, y
le rendía un culto íntimo que a ratos me asombraba en un hombre como él,
tan parco en palabras.
En días posteriores, me hizo partícipe
de sus confidencias. Era estricto consigo mismo y exigía lo mismo de los
demás con autoridad indiscutible. Una tarde me señaló:
«Mi temperamento no es para sentarme
detrás de un escritorio, sea un ministerio o en el Banco Central. La
Revolución está en manos seguras y no soy allá necesario».
Abrigaba, no obstante, ciertos temores
que me comunicó y que concernían especialmente al problema, muy caro para
él, de anteponer los incentivos de que podía construirse el hombre nuevo
en breve, si se infundía mística a la masa trabajadora, se desterraban el
egoísmo y las ambiciones personales. Así era el Che, así lo recuerdo con
devoción. Así lo pinto para las nuevas generaciones, como guía y ejemplo.
Y también como antídoto para que los jóvenes de hoy descarten el cínico
slogan «lo mío es billete». Puritano de la revolución era. Y no lo
ocultaba.
Recordaba a menudo su paso fugaz por
Caracas, cuando estuvo a punto de entrar a trabajar en su especialidad
-dermatología- bajo la dirección de mi admirado condiscípulo el Dr.
Jacinto Convit. Pero también aquí habría que aplicar su pensamiento: no
era su temperamento para encerrarse en una clínica ni en un laboratorio.
Con frecuencia era crudo en sus juicios
sobre hombres y hechos. Su severidad tenía carácter pedagógico para la
formación del revolucionario integral.
De lo relatado antes sobre su posible
incorporación a la lucha armada en Venezuela, informé a otros venezolanos
que se hallaban entonces en Argelia en misión de las FALN: Pedro Duno,
Oswaldo Barreto, Mendoza, entre otros. En general, ellos estuvieron de
acuerdo con mi actitud ante la propuesta. Duno, al parecer, opina en su
libro que tal vez no hubiera muerto el gran combatiente en Venezuela. La
extinción del movimiento armado por falta de reales condiciones objetivas
y subjetivas, me han dado la razón. El Buró Político, por su parte, adoptó
sin ambages mi criterio.
El Che era habitualmente irónico y hasta
mordaz, intolerante con las debilidades del combatiente revolucionario.
Dentro de sus posturas, expresaba su incomprensión acerca de la rápida
derrota de la insurrección de Puerto Cabello. Estimaba que en ella faltó
arrojo para la victoria.
Hay facetas del Che poco conocidas. Por
ejemplo, cuando se consideraba «en familia», con sus amigos confiables,
hacía gala de un humor muy espontáneo. Entre chistes y cuentos pasamos
ratos deliciosos en Moscú y en la propia Argel. Le seducían las anécdotas
contrarrevolucionarias y les asignaba importancia para conocer mejor el
pensar de las masas.
Fijado ya el día de su partida para
China, me propuso encontramos dos semanas después en Egipto para
informarme del resultado de su misión e informar yo a mi vez en La Habana.
Lo esperé en efecto en el aeropuerto de El Cairo. Al bajar del avión, me
dijo con tristeza:
«Tenías razón: no sólo no me recibió Mao,
sino que me pusieron a hablar con un tal Li, subjefe de la Sección de
América Latina».
Fue la última vez que lo vi. Siguió
viaje hacia el África para ponerse al frente de las guerrillas de Pierre
Mulele que combatían al régimen pro-imperialista de aquella región. Ante
el inminente fracaso de la insurgencia congolesa, tengo entendido que
Fidel le ordenó regresar, aunque el Che estaba dispuesto a combatir hasta
el último cartucho. Una vez más, dos hombres de confianza de la Revolución
-Cienfuegos y Aragonés, los mismos que me acompañaron a Argelia -fueron
encargados de convencerlo para que retornara a Cuba, tal como lo hizo. Más
tarde vino lo de Bolivia con meta más allá su país natal, Argentina, pero
no encaja dentro del presente artículo analizar el pro celoso período que
culminó con su muerte heroica. Quizás en otra ocasión me resuelva a
hacerlo.
El Che era poeta de la pluma y fusil- y
los pocos versos suyos que han trascendido resuman ternura y amor a la
revolución. Poesía fue también su propia inmolación.
El Che era duro con los reformistas y
los vacilantes, mas no era sectario. He aquí conceptos vertidos por él en
abril de 1967, con los que encabecé el artículo que escribí en la
clandestinidad a raíz de su vil asesinato, como homenaje póstumo al
revolucionario impar:
«Es hora de atemperar nuestras
discrepancias y ponerlo todo al servicio de la lucha. Que agitan grandes
controversias, al mundo que lucha por la libertad, lo sabemos todos y no
lo podemos esconder. Que han adquirido un carácter y una agudeza tales que
luce sumamente difícil, si no imposible, el diálogo y la conciliación,
también lo sabemos. Buscar métodos para iniciar un diálogo que los
contendientes rehuyen es una tarea inútil. Pero el enemigo está allí,
golpea todos los días y amenaza con nuevos golpes yesos golpes nos unirán,
hoy, mañana y pasado. Quienes antes lo capten y se preparen a esa unión
necesaria tendrán el reconocimiento de los pueblos».
Mucho más podría decir sobre mis
vivencias con el Che pero ya me he excedido en espacio. Sólo me cabe
citarme a mí mismo, desglosando esas citas del artículo mencionado.
Entonces dije:
«Pero el mejor homenaje a esa figura de
alta dimensión histórica que es ya Ernesto Guevara, no es el de las meras
palabras. Su desaparición en combate exige de nosotros un compromiso: el
de redoblar nuestro esfuerzo contra el enemigo común, el imperialismo,
combinando adecuadamente todas las formas de lucha en la precisa armonía
para derrotarlo decisivamente y extrayendo sin cesar experiencia útil de
los éxitos y de los fracasos, de la victorias rotundas y de hechos
dolorosos como éste de la pérdida del Che en plena madurez, cuando aún
podía esperarse mucho de su reciedumbre, de su honestidad, de su fe en el
devenir socialista de nuestra América».
Hoy, a dos décadas de su vil asesinato
por los agentes de la CIA y los sicarios de Barrientos, podemos afirmar
que su figura se magnífica con el transcurrir del tiempo y su nombre es
señero emblema de heroísmo y ejemplo inmarcesible para millones de jóvenes
en el mundo entero que lo consideran su paradigma.
Parodiando un tanto a Rodó, decimos de
Ernesto:
Grande en el pensamiento y en la acción,
grande en su muerte Gloriosa
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* Publicado en "Cantaclaro", 1987. |