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¿QUÉ MARXISMO ESTÁ EN CRISIS?
Por Rubén Zardoya Loureda *
Digamos sin rodeos: está en crisis el
marxismo vulgar, esa forma transfigurada de la teoría marxista que
constituye la institucionalización del dogma fosilizado y su ensamblaje
arbitrario con los más disímiles razonamientos pancistas que reproducen
los fenómenos externos de la vida social en calidad de representación y
prejuicio.
No se trata aquí,
simplemente, del resultado de un desgaste inevitable o de una avalancha de
mordiscos sobre la teoría clásica, sino de un modo específico de
pensamiento socialmente cristalizado, cuya especificidad, desde el punto
de vista lógico, es la absolutización y fetichización de la lógica formal,
la negación radical del historicismo concreto a favor de las más di versas
formas de historicismo abstracto, que sustituyen la unidad de lo histórico
y lo lógico la investigación de la lógica del desarrollo, el cambio,
la metamorfosis por la clasificación, la tipología y la cronología, en
esencia suprahistóricas, de los hechos y los avatares del devenir social;
el parasitismo escolástico sobre las conquistas del pensamiento anterior,
la traducción al lenguaje doctrinario de toda suerte de rutinas y
politiquerías; la adoración de la forma externa o, lo que es lo mismo, la
solución puramente formal de las contradicciones; el detallismo insulso,
la pasión por el comentario que nada agrega sino páginas a los libros, la
recopilación pedantesca y el amontonamiento de puntos de vista diferentes;
la profesionalidad, en fin, del arte de enjambrar paralogismos" y
enfundarlos en la terminología de la dialéctica hegeliana y la concepción
materialista de la historia.
Está en crisis el marxismo apologético
que, de espaldas a la realidad, arrojando velos y limando asperezas,
supone un deber moral ante el proletariado componer mitos filosóficos y
económicos acerca del advenimiento paulatino del reino celestial sobre la
tierra.
Está en crisis el marxismo exegético
o bien hermenéutico, esa suerte de mediador apostólico entre la verdad
revelada y los no iniciados, que ve su tarea en proporcionar el
aprendizaje y llevar la luz de la ciencia a los profanos mediante
abecedarios, vademécumens, y ensayos popularizadores en los que se
recortan y conjugan frases y fragmentos de las obras de los clásicos del
marxismo leninismo, descontextualizados e insuflados de vida propia. Es el
marxismo cuyo recurso supremo es la apelación a la autoridad, la
exaltación de la autoridad, la celebración de concilios periódicos con el
objetivo de canonizar frases, otorgarles la forma de autorías medievales,
de imperativos categóricos incuestionables de la conciencia científica y
la lucha por la emancipación de la clase obrera.
El marxismo de las citas, el modo de
teorizar que en una cita de los clásicos ve un eslabón de la demostración,
una premisa del silogismo, incluso, la propia conclusión, a la que habrá
de encontrársele premisas.
Está en crisis el marxismo que hurga en
las obras de los clásicos como en un cofre de pirata, en busca de
definiciones o, más exactamente, transformando en definiciones expresiones
aisladas, sin preocuparse apenas de que satisfagan las más elementales
exigencias de la propia lógica que se absolutiza, la lógica formal; así
como el marxismo que convierte el proceso investigativo en este encontrar,
recortar y sublimar definiciones y ve en ellas el fin teórico alcanzado.
El marxismo que, desde este punto de
vista, vuelve los ojos a la cultura espiritual de la humanidad en busca de
confirmaciones para los esquemas adoptados, hace pasar por el purgatorio
de su propio escolasticismo a todos los pensadores del pasado y fabula una
historia cronológica de «acercamiento progresivo» a la verdad postulada.
El marxismo ecléctico que, temeroso de
la acusación de sectarismo y unilateralidad, se deleita con aquello de los
«modelos racionales» de cada doctrina y se dedica a coleccionarlos.
El marxismo cuantitativo, que se da
golpes en el pecho con cada grano de arena u hoja de árbol que logra
incorporar a su volumen, que agrega el punto de vista catorce sobre una
cuestión dada a los trece anteriores «con derecho a la existencia», añade
una nueva tipología «con cierto valor heurística» a la profusión de ellas,
un nuevo «rasgo», «característica», «principios», «nivel de análisis»,
«enfoque» o «género» a la multiplicidad agobiante que el desdichado
aprendiz habrá de memorizar con larga aplicación y tomar conciencia de sí
mismo como un proceso lisamente evolutivo.
El marxismo que, ávido de 'tales
«puntos de crecimiento» de la teoría, busca un concepto detrás de cada
término y, a cada vuelta de página, convierte una palabreja o una
expresión figurada en categoría.
El marxismo del «abracadabra» que
supone una vergüenza no tener para todo una respuesta hecha o esbozada.
El marxismo especulativo que delega el
sudor de la investigación empírica a naturalistas y sociólogos
«limitados», circunscritos a una u otra esfera de la realidad»; o bien su
compañero de armas, el marxismo empirista que cae de bruces sobre los
hechos sin arte ni método.
El marxismo que, pese a todo tipo de
salvedad, objeciones y reclamos sigue requiriendo el antediluviano
pedestal de la Ciencia de las Ciencias, el monopolio de «lo universal» en
todas sus variantes <como universal cósmico o universal humano y que
insuflado de semejante ánimo, sustituye la batalla terrenal por el augusto
punto de vista de lo general, y las vicisitudes temporales, por la
majestad beatífica de la eternidad, incluidas las leyes mundiales y sus
categorías suficientes para todo, todos y cada uno.
El marxismo que, una vez canonizado el
reino de «lo universal» en la forma de una preceptística infalible, se
convierte en una actividad ejemplificante (<<singularizan te») a través de
los dominios de la física, la biología, las ciencias sociales; actividad
para la cual lo alto y lo bajo son contrarios dialécticos y la revolución
proletaria en cualquier isla perdida en el Pacífico supone necesariamente
en sus inicios una dualidad de poderes.
El marxismo trinitaria, que acuchilla
el cuerpo vivo de la teoría clásica e imagina desarrollarla por acciones
con relativa independencia; secciones cuyos representantes, a la manera de
los habitantes de los feudos medievales, apenas conocen las faenas que
realizan sus vecinos y sólo muy esporádicamente intercambian mensajeros y
algún que otro mercader de baratijas teóricas, con el objetivo, largamente
estratégico, de realizar una gran síntesis, una especie de «desacuchillamiento»
a un nivel superior que devenga una macro teoría (o reino) robusta.
El marxismo que encuentra su expresión
más acabada en las aulas universitarias, donde el cadáver de la concepción
científica del mundo, entrelazado con una profusa variedad de concepciones
ajenas u hostiles a él, se ofrece en bandeja de plata al estudiante que
habrá de memorizar, codificar, reproducir y ejemplificar hasta el
hartazgo. En esta fase funeral no queda ya de la historia sistema o
concepción a la que no se le haya escamoteado un problema, término o idea,
no quedan puntos de vista opuestos que no se hayan fundido en un abrazo,
ni categoría aristotélica o hegeliana que no haya viajado al cosmos,
participado en torneos de boxeo y habladurías de carnicería, y sido
ilustrada con artículos popularizadores de ciencias naturales o pasajes de
novelones brasileños.
No se trata aquí, simplemente, de un
pseudo marxismo, de un marxismo ilusorio, falso o apócrifo, sino de una
forma real de movimiento de la fuerza espiritual más potente, multiforme,
omnímoda y avasalladora de nuestra época; un momento específico de su
circulación social, de su trastrueque en el mundo de las ideas, de su
realización como móvil ideal diverso de millones de individuos, grupos
sociales y partidos políticos, un resultado unilateral de la larga cadena
de metamorfosis materiales y espirituales en la odisea de la producción
social contemporánea que devino forma dominante de la totalidad, guía,
índice, marcador de pasos, aglutinante y censor.
Que esta forma de la teoría haya ido
cediendo paulatinamente todas sus posesiones y prerrogativas y se
encuentre hoy en franca bancarrota, no resulta arisco a la representación
educada en la fe en las potencialidades de la razón y la dignidad del ser
humano. Mucho más difícil resulta explicar el testarudo hecho de .que este
modelo vulgar del marxismo haya «funcionado» históricamente, haya
cristalizado en la sociedad como resorte ideal o bien paralizante de la
actividad de los más diversos grupos de hombres y en las más diversas
esferas de la vida social. Esclarecer las causas de tamaño retruécano es
motivo para empeños muchos más graves.
Tal es, en su esqueleto lógico más
abstracto, la versión del marxismo teórico que ha provocado más de una
sonrisa o gesto despreciativo o caritativo en pensadores con un mínimo de
cultura histórica y que, por decenios, ha constituido un objeto de crítica
fácil (concebida, por lo general como crítica al marxismo clásico o,
simplemente, al «marxismo») para los intelectuales asalariados por el
capital, dedicados a hacer pasar la propiedad privada capitalista por un
valor universal y una forma eviterna de organización de la vida social.
Algún arrepentido intentará borrar de
un manotazo todo el marxismo posclásico, y se las ingeniará para demostrar
que, «por sus límites naturales y sociales» el marxismo clásico resulta
incapaz de dar cuenta de las postrimerías «posindustriales» y «posmodemas»
de nuestro siglo. No quedaría más remedio que superar (Aulheben) a Marx:
su mundo u «objeto de estudio» habría sido «otro», su diagnóstico social
habría sido el diagnóstico de «otra sociedad», las soluciones que propuso
habrían sido soluciones a «otros problemas.
Se ha parado a pensar este crítico de
oportunidad en las condiciones de validez del marxismo, es decir, en su
capacidad o incapacidad para que la realidad del mundo contemporáneo
«tienda», según la conocida expresión, hacia sus formas de pensamiento,
hacia sus categorías y conceptos? La doctrina de Marx es la expresión
teórica del antagonismo entre los hombres en las condiciones de la
compraventa universal de la fuerza de trabajo y de la gestación de las
premisas históricas para su negación revolucionaria. ¿Perdura la sumisión
de la sociedad y los individuos a las leyes «ciegas» de la producción de
la plusvalía, a las leyes inminentes de la ganancia capitalista que rebaja
permanentemente la voluntad al status del instrumento? ¿Subordina la
astucia de la «razón capitalista» la libertad colectiva e individual de
los hombres que con su actividad productiva configuran su cuerpo
objetivado? ¿Impera en este mundo un valor el capital que supedita a sí,
aplasta o prostituye los restantes valores? ¿Son o no las relaciones
humanas y los propios hombres simples cosas que empuja a su antojo el
viento de la ganancia capitalistas? ¿Siguen o no las cosas apropiándose de
la personalidad humana? ¿Han sido suprimidas, con la evolución histórica,
las relaciones sociales basadas en la compraventa de la fuerza de trabajo?
¿Vivimos en un mundo diferente del de la gran propiedad privada
capitalista? ¿Ha cambiado la orientación fundamental del régimen de
propiedad privada hacia la centralización del capital y el poder? ¿No
están ya los hombres categorizados en burgueses y asalariados? ¿Ha dejado
de ser el Estado capitalista una maquinaria organizada para imponer la
voluntad violenta de la burguesía sobre las restantes clases sociales?
¿No es ya la «igualdad de los hombres ante la ley» el grito de combate por
excelencia de la burguesía, y el derecho, la forma universal
institucionalizada de sometimiento a la voluntad de los individuos a los
designios de la producción de la
plusvalía? ¿No sigue la política burguesa subordinando a su antojo todas
las formas de conciencia, todos los valores humanos, todo el cuerpo
universal de la cultural? ¿Es este o no el inundo de la polarización
extrema de la riqueza y la pobreza? ¿Es o no la contradicción entre el
capital y el trabajo el pulso vivo de nuestra época? ¿Permanece o no en la
sociedad de nuestros días el imperio del pasado sobre el presente, del
trabajo muerto sobre el trabajo vivo? ¿Hemos llegado al fin de la historia
o vive aún la historia grávida de su negación? ¿Se mantiene en pie el
ideal de una asociación de productores libres en la que el libre
desarrollo de cada individuo constituye una condición para el desarrollo
libre de toda la sociedad? ¿Puede, en fin, el mundo de la propiedad
privada capitalista resolver, sin negarse a sí mismo, el torrente de
contradicciones destructivas para la civilización que dimana de sus
entrañas?
La superación, en sentido estricto, del
pensamiento de Marx, estaría a la orden del día para la ciencia social si
la realidad que constituye su objeto hubiera roto ya sus marcos, si las
contradicciones fundamentales del sistema de relaciones sociales que
sometió a crítica hubieran sido solucionadas por la propia historia
y otras contradicciones ocuparan su
lugar. Es cierto que la vida de esta realidad, es la de la metamorfosis
permanente de sus propios fundamentos y de todas sus formas concretas de
existencia y que, por consiguiente, constituye un imperativo el estado
científico de las nuevas categorías económicas, políticas e ideológicas
que han cristalizado con estas metamorfosis y que confieren al modo de
producción material y espiritual capitalista una configuración diferente
de la que adoptaba en la etapa de la libre concurrencia e, incluso, en la
primera fase del capitalismo monopolista. Pero sustancia sigue siendo la
esclavitud asalariada, la propiedad capitalista sobre los medios
fundamentales de producción y la disociación de los productores de sus
propias condiciones de existencia, de los medios de producción, de los
resultados del trabajo, incluido el conjunto de relaciones, instituciones
sociales y formas de conciencia, y su consecuente conversión en fuerzas
hostiles que obstaculizan el
desarrollo libre de la personalidad.
Es cierto, así mismo, que no son
eternas las categorías del marxismo: emanadas del estudio del antagonismo
universal entre los hombres, la historia habrá de superarlas al superarse
a sí misma, al superar a escala histórica mundial el imperio de la
propiedad privada y la plusvalía sobre todas las relaciones sociales. Pero
en tanto perdure este imperio, la ciencia social se verá obligada a volver
una y otra vez al autor de El Capital y los fundamentos de la
critica de la economía política, se verá compelida a pensar con sus
categorías, en tanto categorías objetivas de la realidad capitalista, ya
erigirse sobre los fundamentos teóricos y metodológicos por él echados.
Compelida y obligada, no en la forma propia del marxismo vulgar, a saber,
copiando la forma externa del discurso, entresacando frases y conceptos
transplantándolos con soberana ligereza a la explicación de realidades
anteriormente inéditas; sino a través del estudio concreto, en primer
término, empírico, de estas realidades en los marcos de una formación
social que permanece sustancial mente invariable en y a través de sus
metamorfosis históricas.
El marxismo de la creación viva, la
crítica teórica y práctica creadora del modo de producción material y
espiritual capitalista siempre una tierra incógnita y un hueso infrangible
para sabuesos y roedores de toda laya, sobrevive y sobrevivirá al derrumbe
del «socialismo» en la luna mientras la fuerza de trabajo sea una
mercancía y las relaciones sociales vivan enajenadas de sus propios
productores.
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* Doctor en Ciencias
Filosóficas, decano de la Facultad de Filosofía e Historia, Universidad de
La Habana |