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Por Debate Abierto *
(Extraído del libro Neruda de Volodia
Teitelboim)
Casi
simultáneamente con su primera traducción inglesa, edición privada de
algunas páginas de Residencia, bajo el título Selected Poems, publicada en
Estados Unidos, se le otorga en Santiago un reconocimiento tardío y
parcial, el Premio Municipal de Poesía, que él recibe sin desdén, pero
probablemente a sabiendas que será una ramita en un futuro bosque de
laureles y en su homenaje Volodia Teitelboim hace este discurso.
Neruda no llegó a la lucha política de
repente, aunque el camino fuera indirecto y con largas permanencias en las
salas de espera. Alguna vez, sacando la cuenta, recuerda que a los catorce
años se interesó por la lucha popular.
«A los quince era corresponsal y agente
de Claridad en el Liceo de Temoco. A los dieciséis y diecisiete tomé parte
en la agitación estudiantil de la época. Luego fui redactor y
editorialista a veces de la revista más combativa de la época. Claridad.
Mi entrada al Partido Comunista la decidí en España, al comprender que los
luchadores antifascistas más honrados, más organizados y mejores, eran los
comunistas».
Trabaja con los comunistas. El Partido
le propone llevarlo como candidato a senador por la Primera Agrupación,
las provincias de Tarapacá y Antofagasta, junto con el presidente de la
organización, el antiguo obrero del salitre, Elías Laferue. Cuando Neruda
acepta el ofrecimiento, comienza una nueva fase, un compromiso social
directo, que le significaría una inmersión en el pueblo, un conocimiento
cotidiano de sus problemas, un contacto por abajo, por dentro con la
realidad más áspera del país.
Se plantea en su conciencia un
interrogante: siendo senador ¿qué pasará con su poesía? ¿La dejará a un
lado? ¿Ella callará durante los ocho años que corresponden a su período
parlamentario? ¿O pasaría a ser la pariente pobre, de la cual se acordará
en los escasos huecos que le deje el activísimo inherente al cargo?
Plantea el asunto de antemano a la dirección del Partido. La respuesta lo
tranquiliza. No. No se pretende convertir al poeta ni en un gran ni en un
mal parlamentario. Es necesario que la cultura en su más alta expresión,
represente allí al pueblo, sellando un eslabón necesario, proclamando la
unión del músculo, como entonces se decía, y el conocimiento. Lo que
queremos es que el poeta Neruda se una a Recabarren como símbolo de la
unidad de los trabajadores manuales e intelectuales. El tiempo de la
poesía debe ser resguardado. Dirás en el Senado los discursos, o harás las
intervenciones que te interesen. Otros podrán preocuparse de asuntos
contingentes. Resérvate para las ocasiones que estimes más de acuerdo con
tus preocupaciones. Pero el Partido Comunista no quiere ser el sepulturero
del poeta. Lo que le interesa es que él sea cada vez más grande y que el
pueblo vea flamear en sus manos las banderas más hermosas. Esto no
significa que te queremos como una figura decorativa. Por carácter, por
naturaleza, te sabemos un hombre decidido a los combates. Y estamos
seguros que participarás en todos ellos con la fuerza de tu temperamento y
el poder de tus razones. Neruda preguntó algo más:
-¿Y cómo voy a hacer mi campaña
senatorial? Me cuesta hacer discursos políticos. No sé improvisar, como
otros. Y una campaña parlamentaria significa hacer de tres a diez
discursos diarios.
-No te preocupes. Si quieres la haces
en verso. Otros harán los discursos en prosa.
Neruda tomó en serio aquello de hacer
la campana en verso. Y su discurso de candidato senatorial fue un largo
poema llamado «Saludo al Norte».
Jóvenes intelectuales de esa época
formamos un Comité de Apoyo a la candidatura del poeta. Fuimos testigos de
alguna de sus proclamaciones. El espectáculo era singular. En las oficinas
salitreras más ruinosas y carcomidas se reunían todos para escuchar a un
antiguo conocido que les hablaba en su idioma y repetía los gritos del
trabajo, usaban la jerga del
pampino, porque la había dicho mil veces y era la de su juventud. Después
volvió y como dirigente obrero o político. Lo llamaban el viejo Lafertte.
Y era como su padre. Elías tenían mucho de artista. Había sido en sus
mocedades actor de teatro, precisamente en las oficinas salitreras.
Sobrevivió a la matanza de la Escuela de Santa María de Iquique, en 1907,
y hablaba a su gente con la naturalidad de quien era igual a ellos, pero
con un empaque que había aprendido de un animador escénico que a su vez
era su maestro político, Luís Emilio Recabarren. Elías no era propiamente
lo que se llama un teórico, sino un orador nítido, vivaz y evocador.
Terminó su discurso, que nunca era largo ni frondoso, y dijo con una
sonrisa que fluctuaba entre el afecto y la picardía: «Ahora vamos a oír el
discurso más Particular que se haya escuchado en la pampa. Dejo con
ustedes a mi estimado compañero de lista, el poeta Pablo Neruda».
El orador anunciado sonrió, un poco
confundido. Dijo tres o cuatro frases consabidas: «Ustedes me van a
perdonar yo no soy orador, pero he preparado, una poesía para leérsela».
La voz gangosa se hizo más alta y el tono revistió cierta seguridad:
Norte, llego por fin a tu bravío
silencio mineral de ayer y de hoy,
vengo a buscar tu voz y a conocer lo
mío.
Y no traigo un corazón vacío:
Te traigo todo lo que soy
Di una mirada a la multitud. En los
rostros estaba pintada una sensación de asombro. En algunos había
desconcierto. No entendían bien hacia dónde iba ese curioso orador de voz
arrastrada, pero que hablaba Con cierta música y les acariciaba el oído,
decía las cosas de manera nueva y los dejaba atónitos. Continuó la lectura
con tono más recio, en esa reunión que se hacía sin micrófono, donde
tampoco había bocina para amplificar la voz. Algún viejo recordó un poeta
que a principios de siglo cantó también a la pampa, Carlos Pezoa Véliz.
Pero juzgó que éste tenía algo distinto:
Quiero también oír la voz sufrida
la canción de la pampa removida
como el Corazón del pampino,
vieja canción que aprieta la garganta
Con un nudo de lágrimas que canta
las amarguras del destino.
El hombre decía que quería oírlos.
Deseaba compartir Con ellos, incluso
hasta el sacrificio:
Quiero que esté mi voz en los rincones
de la pampa, tocando los terrones,
y se elabore con caliche el canto,
y otra vez se alce barrenando el pique,
y quiero que la sangre me salpique cuando sobre /a pampa llueve tanto.
Sobre la pampa, el llanto es lo único
que llueve, aparte de la sangre: Allí está la historia de esas lluvias
confundidas. La lluvia de la sangre mezclándose a las lágrimas, de
impotencia y de rabia. Había sido en Chile la zona de las mayores
matanzas. Todo esto sucedía en la oficina Sierra Overa, sombría, sórdida,
que trabaja aún conforme al primitivo sistema Shanks, cubierta de «polvo
ceniciento de noche, de tarde y de día». Habían pasado cinco minutos. Yo
observaba las caras. La expresión pasaba de la sorpresa al semblante
conmovido. Lo sentían suyo y él declaraba su voluntad de serlo.
Quiero que esté mi canto donde
antaño,
con su mirada gris y su pelo de
estaño.
Recabarren, el Padre, comenzó su
jornada,
de orilla a orilla del desierto,
con la misma bandera, que llevo
levantada.
Porque Recabarren no ha muerto.
Se volvió hacia su compañero de
tribuna. Y dijo: «Lafertte viene ahora / paso a paso, luchando,
descifrando la aurora...»
El poema era un discurso. Y el discurso
era un poema. Todo su texto habla de la frontera móvil de la poesía que va
desde el susurro del secreto íntimo a la gran voz que clama en el desierto
de la pampa. Esta vez el desierto escuchó lo que pocas veces se había oído
en el mundo: a un candidato poeta que hacía de la poesía un arma y la
«lumbre pura» de la palabra los convocaba porque la libertad ¡os había
llamado. Tal vez y no era exactamente igual como cuando treinta años antes
Víctor Domingo Silva recitaba ante ellos «La Nueva Marsellesa»
Aquel fue un estreno político que dio
al poeta una nueva confianza en el poder persuasivo de la poesía frente a
la masa y que reveló a ésta que la poesía no era una lejana y elegante
dama inaccesible, sino que podía ser su amiga, hasta su compañera.
Hubo después un agasajo de pobres en la
Oficina, con los pocos víveres de que se disponía en esas soledades
arenosas. El poeta se sentía colmado, radiante con la nueva experiencia.
Fue de punto en punto, de oficina en
oficina, recorriendo ese Sahara sudamericano que es la Pampa del
Tamarugal. Llegaba a cada proclamación, sea en la noche de grandes
estrellas, envuelto por el frío nortino cubierto a veces por la gruesa
capa blanca de la camanchaca, que ocultaba los rostros de los asistentes;
sea bajo el sol que caía a pico, a mediodía, en la pausa de las labores, y
volvía a decir algunas frases de entrada, que cada vez eran más extensas e
iban tocando problemas políticos directos, para luego desenfundar el
poema, que, publicado por El Siglo el 27 de febrero de 1945 se transformó
en cancionero popular, con el mismo formato de los que sacaba, cuarenta
años antes, Recabarren, para repartirlos por la pampa.
El poema recurrió a la técnica de
nombrar algunas ciudades u oficinas por su nombre o por el apodo que le
daban los habitantes de la región. María Polvillo era María Elena. Allí
desfilaba la geografía del trabajo vista por un poeta. El trueno de
Chuquicamata. Iquique era azul. Tocopilla, florida, seguramente de barcos,
porque la vegetación es magra. Antofagasta está de «luz construida». Y
Taltal, una «paloma abandonada». Arica es una rosa de 'arena, que toca al
Perú con su cabeza pampina «y como una luciérnaga marina / adelanta la
patria al hijo errante». Chile es para él «antorcha iluminada». El Sur, la
verde empuñadura. El Norte, su forma dura. Y Tarapacá, la llamarada.
Lafertte, que como actor se había
aprendido de memoria en su juventud largos parlamentos en verso, que
seguía ahora durante la campaña recitando en los interminables viajes en
automóvil por la pampa, para fiestas del poeta, de tanto escuchar el
«Saludo al Norte», lo memorizó de principio a fin. Y podía decirlo a la
perfección, no con el tono de salmodia, que a ratos se hacía imprecación o
juramento en la declamación nerudiana, sino con la inflexión de un actor
de la escuela de Borrás, con cierto moderado dejo español.
El poema fue el más eficaz de los
discursos, el más conmovedor. Inauguró un nuevo tipo de oratoria. Aunque,
como es natural no contó con la complacencia de todos. Jenaro Prieto
volvió a sus risotadas. En su artículo «Un candidato que aúlla», publicado
el 12 de febrero de 1945, habla con un lenguaje de soda caústica sobre el
«respetable caballero don Neftalí Reyes Basoalto, ex poeta y actual
candidato a senador por Tarapacá y Antofagasta».
Tomado en solfa el poema-discurso de
Neruda, Prieto vuelve a la carga el 25 de febrero, día en que publica una
Proclama Lírica: «Amo el amor de los votantes que votan y se van».
Después, a raíz del «Canto para Bolívar», el conservador satírico
compondrá una «Oda Bolinerudiana».
El las elecciones del 4 de marzo, tanto
Elías Lafertte como Pablo Neruda resultaron elegidos, con grandes
mayorías, senadores de la república.
Estreno Parlamentario
Ese mes de mayo no le trajo a Neruda la
primavera, entre otras razones porque en el hemisferio sur es el otoño,
pero sí le aportó dos cualidades que él no estimaba incongruentes entre
sí: el de Senador en ejercicio y el de Premio Nacional de Literatura, que
en Chile se concede no por un libro determinado, sino por la obra total,
galardón en ese entonces relativamente nuevo, que él había contribuido a
crear como presidente de la Alianza de Intetelectuales. Había sido
concedido antes sólo a Augusto D'Halmar, Joaquín Edwards Bello y Mariano
Latorre, prosistas nacidos aproximadamente veinte años antes que él. La
distinción tenía un valor moral y contenía una recompensa pecuniaria
menor. El poeta no despreció ninguno de las dos.
Neruda era el primer poeta, el primer
escritor de su generación que lo recibía. El poeta era ahora un comunista
activo y confeso. Y el premio establecía un reconocimiento oficial del
status, si se tiene en cuenta que lo discernía un jurado donde
participaban no sólo escritores, sino el Gobierno y la Universidad
En ese mismo mes de mayo el poeta
recién laureado recibe la investidura de senador. El día 21 escucha en el
Salón de Honor del Congreso el mensaje sobre el estado de la Nación, leído
por el Presidente Juan Antonio Ríos. Neruda presta su juramento
constitucional. Pocos días después es elegido miembro de la Comisión de
Relaciones Exteriores. Su estreno parlamentario no tiene nada de
flemático; comienza con palabras tormentosas. Cuando el Presidente del
Senado, Arturo Alessandri Palma, que había sido dos veces Presidente de la
República, dijo: tiene la palabra .el senador por Tarapacá y Antofagasta,
Honorable señor Reyes, Pablo Neruda comenzó a decir que «las exigencias
ideológicas, morales y legales cuya presión sentimos todos, o casi todos,
son, en mi caso personal mucho mayores».
No sólo eran responsabilidades mayores
porque el poeta rechazaba el fraude cometido por el Tribunal Calificador
de Elecciones que, con artifugio de Secretaría, había despojado a
candidatos verdaderamente triunfantes en las urnas de su legítima
condición parlamentaria, sino por razones más singulares, que le
conciernen específicamente: el techo de representar como escritor una
actividad que pocas veces llega a influir en las decisiones legislativas.
Hablará, pues, como escritor, de los
escritores. «En efecto afirmó-- los escritores, cuyas estatuas sirven
después de su muerte para tan excelentes discursos de inauguración Y para
tan alegres romerías, han vivido y viven vidas difíciles y oscuras, a
pesar de esclarecidas condiciones y brillantes facultades por el solo
hecho de su oposición desorganizada al injusto desorden del capitalismo.
Salvo... ejemplos que en Chile nos legaron Baldomero Lillo y Carlos Pezoa
Véliz, al identificar su obra con los dolores y las aspiraciones de su
pueblo, no tuvieron en general sino una actitud de resignada miseria o de
indisciplinada rebeldía...»
El escritor, como todos los demás
sectores del trabajo asalariado, que a veces conocen largamente la
desocupación, será definido de entrada por el poeta como miembro de una
parte de la sociedad que por lo general viven sórdidamente, en contraste
con el esplendor en que desenvuelve su existencia la minoría privilegiada.
y agregaría que ese lujo que quiere ser perpetuo se hace parcialmente a
cargo de la miseria de «los ilustres y heroicos obreros de la pampa» que
él representa. «Son esos compatriotas desconocidos, olvidados endurecidos
por el sufrimiento, mal alimentados y mal vestidos, varias veces
ametrallados, los que me otorgaron esto que es para mí el verdadero Premio
Nacional.»
La comparación es ilustrativa: el
verdadero Premio Nacional.
Sale al encuentro de aquellos que lo
estiman rara avis en el Senado. Un poeta parlamentario, representando no
tanto a los poetas, cuyo número es demasiado reducido para elegir
congresales, sino, sobre todo, a los trabajadores del salitre, del cobre,
del oro y de las ciudades litorales del Norte grande... Pero quiere
expresarles que está orgulloso de haber merecido su confianza. Tal véz
será útil a esa responsabilidad que ahora asume como escritor con relación
a su pueblo. Acaso pueda hacer algo para aportar un átomo a la superación
del atraso en que se le ha mantenido, desde los días de la independencia.
Basta de cuentos de hadas sobre la vida de los mineros que «vivían en
hermosos castillitos de color de rosa, de donde eran distraídos y
extraviados por las actividades de un lobo feroz llamado agitador...»
Hace un debut parlamentario que no es
ni relamido ni aterciopelado. Comparará tragedias, dirá la verdad por su
nombre. En su vuelta por el mundo, manifiesta en aquella ocasión, ha visto
en la India miserias de varios miles de años, pero el cuadro de las
viviendas de Puchoco Rojas, en Coronel, es peor. Sus habitaciones están
hechas con materia-' les deprimentes. Desperdicios arrancados al basural,
cartones, guijarros, latas, zunchos para armar un cuarto, donde se hacinan
hasta catorce personas y rige la institución admitida de la «cama
caliente», donde los obreros se acuestan por turno, a medida que llegan
del fondo del pique, de modo que esos jergones no se enfrían durante todo
el año.
¡Líbrelo Dios de inventar cosas! Lo ha
visto todo con sus ojos, lo ha olido con su larga nariz. Ha entrado en el
Norte a los «buques» donde viven los solteros de a cuatro en tres metros
cuadrados. La falta de agua, de luz eléctrica se sufre en esa región toda
la vida por hombres, mujeres y niños del pobrerío. Esto «me ha dejado un
infinito sabor amargo en la conciencia)). El pueblo disminuye de estatura.
El poeta incluso sustenta su denuncia en estadísticas reveladoras del
bajísimo standard de vida y de al miseria fisiológica.
Trata de «explicarse el porqué. No es
el fruto ácido de una mentalidad perversa, sino de supervivencias feudales
y enconada separación entre las clases. Al pueblo se le considera con
escarnio. Se le nombra por sus harapos, por el traje que le dejaron. Lo
llaman roto. «A esta altura de mi vida y en' mi primera intervención ante
este Honorable Senado, mi conciencia de chileno me impone el deber de
preguntarme y preguntar si semejante situación de injusticia puede
continuar.»
Hay en todo esto un gran absurdo. El
que hace las cosas no las tiene. Las tiene el que no las, hace. Y éste se
las niega a aquellos que las realizan. «Desde diarios cuyo papel fabrican
los obreros del Puente Alto, estos destructores de la fe civil, encerrados
en confortables habitaciones que quisiéramos multiplicar hasta que
resguardaran a todos los chilenos, y que fueron construidas con cemento
extraído con el duro trabajo de los obreros de El Melón rodeados por
artefactos fabricados o instalados por manos chilenas, después de beber el
vino que desde los viñedos llevaron hasta la copa de cristal hecha por los
obreros del sindicato Yungay, innumerables y anónimos trabajadores de
nuestra propia estirpe, que también tejen la tela de nuestra ropa, manejan
nuestros trenes, mueven nuestros navíos, conquistan el carbón, el salitre
los metales, riegan y cosechan, hasta darnos, después de duro trabajo
nocturno, el pan de cada día; desde esos diarios cuyas linotipias han sido
recién movidas por nuestros obreros, se denigra constantemente a este
corazón activo y gigantesco de nuestra patria, que reparte la vida hacia
todos sus miembros.»
Aquí el senador habla del poeta, de la
responsabilidad del escritor. No se le dice al médico que se aparte de la
enfermedad y no trate de sanar al paciente, pero al escritor se le dice:
«No te preocupes de tu pueblo. No bajes de la luna. Tu reino tampoco es de
este mundo.»
Él rechaza este llamado a no
inmiscuirse en los problemas de su pueblo.
El mayor anticomunista de esas décadas
había completado su parábola. Refiriéndose a él, el poeta termina su
discurso de estreno en el Senado diciendo: «Existió, hasta hace pocos
días, un hombre demencial que, bajo el estandarte del anticomunismo
masacró y destruyó, mancilló y profanó, invadió y asesinó seres, ciudades,
campos y aldeas, pueblos y culturas. Este hombre reunió fueras formidables
que adiestró para hacer de ellas el más inmenso torrente de odio y de
violencia que haya visto la historia del hombre. Hoy, junto a las ruinas
de su nación, entre millones de muertos que arrastró a la tumba, yace como
una piltrafa, quemada, retorcida y anónima, bajo los escombros de su
propia ciudadela, que en lo más alto sustenta ahora una bandera gloriosa
que sobre un fondo escarlata lleva una estrella, una hoz y un martillo. Y
esa bandera, con los otros emblemas victoriosos significa la paz y la
reconstrucción de la ofendida dignidad humana»
Lo está diciendo el 30 de mayo de 1945,
cuando recientes acontecimientos mundiales inclinan al optimismo. Pocas
semanas antes, Hitler se ha suicidado en el bunker de la Cancillería, el
Ejército Rojo ha entrado en Berlín y se ha suscrito en Postdam la
rendición incondicional del Tercer Reich. Se acaba de escuchar en el
Congreso en pleno el mensaje del presidente Ríos en el cual afirma que
sólo una irregularidad mantenía separado, oficialmente, a Chile de la
Unión Soviética. Él quiere rendir su tributo de escritor chileno «a esa
gran nación en que se han realizado los más grandes esfuerzos de la
historia por la extensión y penetración de la cultura, para que ésta no
sea, como entre nosotros, un privilegio alcanzado difícilmente por el
pueblo. Acabo de leer en las estadísticas oficiales un dato que rebasa mi
corazón de escritor como un manantial de alegría invencible. El dato es el
siguiente: «Durante la guerra se han publicado en la Unión Soviética mil
millones de volúmenes que comprenden 57 mil títulos en cien idiomas
distintos».
Se pregunta si no es hora de terminar
con la calumnia.
Hay una situación de aparente paradoja
en este orador sin remilgos, elegido senador por el Partido Comunista sin
ser militante suyo y que en este discurso, inaugural evoca una trayectoria
que comenzó a describir la figura de Luis Emilio Recabarren, el fundador.
Los comunistas -agrega- no pretenden monopolizar el sentimiento
patriótico, sino quitarle a éste «un poco de aire retórico que lo ha ido
gastando, y llenarlo de un contenido de solidaridad y de justicia para
nuestro pueblo». El estigma data desde antiguo. Recuerda que cuando los
padres de toda la patria americana recogieron ideas que venían de una
revolución europea, se los tildó de liberales y forasteros, cuando en
verdad se hacían eco de corrientes universales que llegaban a nuestras
costas.
El discurso entusiasmó a muchos y
disgustó a otros. El portavoz del Partido Conservador Horacio Walker
Larrain, lamentó que «las primeras palabras del inspirado poeta que nos
han mandado como representante de las provincias de Tarapacá y Antofagasra
en su discurso de estreno, hayan sido consagradas a romper un precedente
respetable del Honorable Senado», condenando el fallo del tribunal
Calificador. A su juicio se quebrantaba así el respecto al orden
constitucional y las buenas prácticas de la Cámara Alta.
Efectivamente, el poeta había llegado
allí para quebrar no sólo precedentes y faltar el respeto a ciertas normas
reglamentarias, sino a poner en duda la injusticia fundamental de un
sistema.
Sonó la hora en que asumiría por
entero, sin ninguna diplomacia ni eufemismo, las responsabilidades que le
dictaba la evolución de su conciencia política.
Por eso a ninguno de los siete mil
asistentes al Teatro Caupolicán de Santiago, el 8 de julio de 1945, nos
extraño el ingreso oficial de Pablo Neruda al Partido Comunista de Chile.
No lo hacía solo. Lo acompañaban en esa decisión una importante legión de
los conocidos artistas, intelectuales, nombres de primera magnitud con
diversas disciplinas de la creación y del saber, que ese día dieron por
culminar un proceso interior de formación de convicciones revolucionarias
que les había dictado la vida y al cual no era absolutamente ajena la
influencia de Neruda, ejemplo, a sus ojos, de intelectual que asumía
responsabilidades políticas como una especie de desarrollo natural de su
trayectoria y personalidad.
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