J. Carrera
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Fundamentos para una política exterior bolivariana

Dedicado en especial a:

Gilberto Wera, mi admirado camarada, el pionero del estudio marxista de la obra bolivariana, en Bogotá; Germán Carrera Damas, mi hermano, el historiador valiente de «El Culto a Bolívar», hoy embajador en Praga; Hugo Chávez Frías, mi amigo, el hombre que de nuevo ha despertado a Bolívar para la revolución, en Caracas 

Por Jerónimo Carrera *

I

Seguramente no hay otro aspecto del caudaloso legado bolivariano que haya sido tan abandonado incluso puede decirse que traicionado, en el más cabal sentido de esta afrentosa palabra como lo es tanto en la práctica como en la teoría, a la vez acá en Venezuela y allá en Colombia, todo lo relativo a la impresionante concepción trazada y aplicada por Simón Bolívar en materia de política exterior.

Se ha llegado por esa vía a imponerle al común de las gentes en ambos países la idea de que todo aquello fue una inalcanzable y por lo tanto utópica visión, afianzando así como estereoti­po la manida frase de «sueños del Libertador», para facilitar el desprecio de la pieza fundamental de la estructura política bolivariana: la unidad de nuestros dos pueblos en un solo Estado. 

Pero tras casi ciento setenta años de nuestra separación, de una ruptura absurda del vínculo estatal que precisamente resultó básico para ganar la guerra frente a España, y que era la mejor garantía de un desarrollo independiente de cualquier dominación extranjera, hoy venezolanos y colombianos estamos ante el deber de conciencia, puede decirse que impostergable, de preguntarnos por qué lo hicimos. Nadie podrá pretender convencemos de que dicha separación ha beneficiado en modo alguno a nuestros dos pueblos. Como tampoco ha sido útil al conjunto de pueblos hermanos nuestros, desde México hasta Argentina, cuyos destinos de índole integracionista siempre dependieron incluso por razones geográficas de la unificación entre Colombia y Venezuela. 

Desde 1830 las clases dominantes de ambos países y sus respectivos gobernantes ponen su mayor empeño en tergiversar el significado real de la propuesta unificadora hecha por Bolívar. Como también se empeñan actualmente con descarado ahínco en borrar las dos nociones esenciales de la política exterior bolivariana, que son independencia nacional y libre ejercicio de la soberanía, ante las grandes potencias, en defensa de nuestros propios intereses. 

Creo firmemente que la dramática situación de pérdida de soberanía e independencia, que Colombia y Venezuela sufren en la actualidad de modo. similar, es producto directo del rechazo, que hasta ahora hemos tolerado, de esa propuesta bolivariana por gobiernos ineptos que nos han llevado a nuestra presente condición neocolonial. 

En realidad, lo que venezolanos y colombianos hemos perdido con la disolución de nuestra unión, e igual que nosotros también los ecuatorianos y panameños, desde luego, fue nada menos que nuestra condición de ciudadanos de una verdadera gran potencia, de integrantes de uno de los mayores  Estados del mundo de esa época, en razón de su enorme extensión territorial y gran volumen poblacional, de sus riquezas en recursos naturales, de su poderío militar con un ejército victorioso en la recién terminada guerra con España y una fuerte flota de naves armadas que    prácticamente compartían con Inglaterra el control de la navegación en todo el mar Caribe. Además, por encima de todo esto, y sin la menor exageración, un Estado que gozaba del más amplio apoyo interno de parte de las grandes masas populares y de un gran prestigio internacional, por sus políticas republicanas y democráticas, sin duda las más progresistas del continente y comparables a las más avanzadas de la Europa de entonces. 

Todo eso había sido logrado, no gracias a los designios egoístas de una aristocracia de terratenientes criollos, de una oligarquía de los hijos de españoles, según quieren hacer aparecer los historiadores al servicio precisamente de esa misma casta que fue la destructora de la obra máxima surgida del pensamiento bolivariano y de las heroicas luchas de nuestros soldados. Eso se logró a base de una conjunción del pensamiento político más revolucionario de aquel tiempo con la acción tenaz y organizada de una vanguardia que tuvo la brillante y afortunada dirección de un hombre tan excepcio­nal como Simón Bolívar. En suma, fue toda una revolución, la primera gran revolución contra el colonialismo europeo que se vio en el mundo, la que creó y logró mantener durante once años un Estado soberano e independiente, como innegablemente lo fue la Gran Colombia, producto de un proceso en el cual actuaron de protagonistas principales las masas, como en todas las revoluciones, pero que en este caso tuvieron la peculiaridad de ser masas pluriétnicas, es decir, mestizas, mulatas, blancas, indias y negras, y donde lucharon juntos esclavos y hombres libres, como no se había visto quizás nunca antes en la historia de la humanidad. Se forjó así un Estado que era una amenaza para el muy reaccionario orden internacional existente a comienzos del siglo XIX.

II 

Tradicionalmente, a venezolanos y colombianos se nos ha dicho que la des­aparición de la Gran Colombia era inevitable. Había sido una creación quijotesca de Simón Bolívar, según nos han ensenado. Como si un hombre, por muy genial que fuese, tendría en sus manos tanto poder que le permitiese crear de su voluntad semejante Estado. Para los historiadores más irreverentes, fueron simplemente Santander y Páez los autores de la criminal separación de nuestros pueblos por ambiciones personales. Como si dos hombres, por muy codiciosos que fuesen, podrían estar ellos solos en capacidad de cometer un crimen semejante. Poco, muy poco, se ha dicho a nuestros pueblos de la gran y única verdad: el naciente Estado grancolombiano murió aho­gado en su cuna por la acción planificada de sus enemigos externos. 

Tres eran los enemigos externos que la diplomacia bolivariana se veía en la necesidad de enfrentar. El más poderoso era Inglaterra, que en el mundo postnapoleonico quedó como una y única potencia de carácter mundial por su dominio de los mares. El segundo enemigo de importancia era la llamada Santa Alianza, donde se cobijaban todos los rencores y temores de las debilitadas fuerzas borbónicas. Y el tercero, Estados Unidos, que tal como lo vis­lumbró con sagacidad Bolívar, resultó el más peligroso de los tres. Frente a todos ellos la política exterior bolivariana intentó levantar un gran muro de contención, que fue la fallida empresa del Congreso Anfictiónico de 1826 en Panamá. Bolívar tuvo todavía la posibilidad de sobrevivir que le brindaba con empeño desde Londres la diplomacia inglesa, pero al precio de traicionar el ideal republicano que había sustentado desde su temprana juventud.  

El firme rechazo de Bolívar a la tentación monárquica, finalmente alineó en su contra a Inglaterra aliado de Estados Unidos. Así se acabó aquel poderoso Estado que fue la Gran Colombia, víctima de la maquinación anglo-norteamericana instrumentalizada a través de sus viles agentes en Bogotá, Valen­cia y Caracas. 

Ese Estado grancolombiano tenía tanta vitalidad, que para lograr su aniquilación en 1830 sus enemigos tuvieron que verse favorecidos por la enfermedad y muerte de Bolívar y por el asesinato de Sucre. Como en toda gran tra­gedia el azar se unió al crimen. 

El trasfondo de la inmensa tragedia lo captó claramente muchos años más tarde un escritor venezolano, César Zumeta (1864-1955), cuyo gran talento se prostituyó al servicio del bárbaro Juan Vicente Gómez, con estas penetrantes palabras en relación a la muerte del Mariscal de Ayacucho por asesinos a sueldo: «... Sucre que era el brazo y la esperanza de América, porque al desplomarse él, murió la Gran Colombia, y con ella el equilibrio político y económico de la América anglosajona e ibérica. Ese día cesó la evolución del Continente en el sentido boliviano; desapareció la Gran Potencia que nos aseguraba el señorío generoso del Caribe subantillano, del Canal Panameño y el Pacífico colombo ecuatorial, y asesinó Obando, la paz de un siglo y la imperial opulencia de los Estados Unidos de Colombia...», según cita hecha por Al: Moreno Cova en el diario «El Universal» de Caracas del 9 de diciembre de 1949. 

Para entender el cuadro político que condujo al trágico desenlace de 1830, nada es más necesario ni útil que la lectura cuidadosa de la correspondencia de Bolívar en los tres o cuatro años previos. Muy en especial sus cartas para Sir Robert Wilson, coronel Patricio Campbell y general Daniel F. Oleary, todos británicos. También las dirigidas a su ministro de relaciones exteriores, doctor Estanislao Vergara, y a Sucre, Páez y Flores, los tres militares venezolanos claves. Allí se palpa toda la habilidad política y diplomática que desplegó para defender a la Gran Colombia, asediada por sus enemigos desde todos los ángulos, un hombre enfermo y cansado de intrigas y traiciones. Mucha razón tuvo Anatoli Shulgovskil, el notable historiador soviético, cuando defendió a Bolívar de los reproches que en su contra se han multiplicado, por la izquierda, confundida por el pseudo dilema entre democracia y unidad nacional, sobre una supuesta desviación hacia posiciones de derecha en sus tiempos finales. (Ver «Bolívar visto por marxistas», Compilación y prólogo de Jerónimo Carrera, Fondo Editorial «Carlos Aponte», Caracas, 1987, pág. 85.) El Bolívar calificado de «reaccionario» ha resultado históricamente el más auténticamente visionario. Mientras que los herederos históricos de Páez y Santander son los pitiyanquis colaboracionistas de hoy con la dominación extranjera.

III 

Quiero subrayar aquí que el primer gran problema a encarar hoy por quienes nos consideramos genuinamente inspirados por el pensamiento bolivariano, y no vulgares aprovechadores del culto popular que hay alrededor de Bolívar, entraña la obvia necesidad de tomar posición definida respecto al punto que al comienzo de este trabajo catalogué como «pieza fundamental de la estructura política bolivariana», o sea la unión colombo venezolana en el plano estatal. Pienso que no debemos seguir aludiendo tal problema, casi archivándolo, y mucho menos cuando nos proclamamos bolivarianos y a la vez marxistas. 

Estimo que son de singular importancia, para el estudio concreto de este asunto, las opiniones emitidas y hace varios años por un digno representante de lo mejor del actual pensamiento ve­nezolano en todo lo referente a cuestiones internacionales, Fermín Toro Jiménez, de la Universidad Central. En un valioso trabajo suyo, presentado ante el Primer Encuentro Internacional de Juristas de Venezuela y Colombia, que tuvo lugar en San Cristóbal, Venezuela, del 20 al 24 de julio de 1988, y cuyo texto fue publicado completo en el Nº 11 de 1988 de la Edición Venezolana de «Revista Internacional», el profesor Toro Jiménez expuso una seria argumentación a favor de la creciente validez en el mundo de hoy del proyecto bolivariano de integración a partir de la unidad colombo-venezolana. 

En su trabajo mencionado, el profesor Toro Jiménez propone ciertas ideas centrales para poder materializar con éxito dicha unión, sobre la base «de un federalismo de particularismos conciliables y por tanto compatibles» que pueda afianzar «una integración al mismo tiempo de economías sumatorias y complementarias». Con valentía señala que tal integración «para ser eficaz en el presente requiere un reencuentro con el pasado histórico concreto de la unión, una línea de desarrollo popular que fue violentada, desestimada y abandonada en 1830». 

Ya en otro trabajo suyo, ante la Octava Conferencia de la Asociación Americana de Juristas, celebrada en La Habana en 1986, Toro Jiménez había sostenido que «la solución del problema de la delimitación de zonas marítimas en el Golfo de Venezuela sólo podría lograrse dentro del marco de la integración colombo venezolana.» 

Todas estas interesantes ideas fueron ratificadas y desarrolladas aún más por Toro Jiménez en una conferencia organizada por el Colegio de Abogados del Estado Carabobo, en Valencia, en  la Facultad de Derecho de la Universidad de Carabobo, en un texto publicado en los Nos. 8 y 9, de 1989, de la Edición Venezolana de «Revista Internacional». Constituyen, a nuestro juicio, una gran aportación al esclarecimiento de la vía conducente a las recuperaciones de la soberanía e independencia hoy perdidas tanto por Colombia como Venezuela, que es indispensable para transformar de modo positivo las relaciones desiguales existentes ahora entre nuestros países y Estados Unidos. 

El objetivo básico de una política exterior bolivariana tiene que ser nece­sariamente el restablecimiento del equilibrio roto en 1830, un hecho histórico nefasto no sólo para el continente americano en su conjunto, según lo indicó sagazmente César Zumeta, sino también para los "pueblos del resto del mundo que se han visto en este siglo bajo la perenne amenaza de la política agresiva de los gobiernos de Estados Unidos. La política de dominación, mundial del imperialismo norteamericano se alimenta del desequilibrio en nuestro continente. Sin los recursos suministrados neocolonialmente por los pueblos del sur, durante siglo y medio, el norte jamás habría tenido el poderío que en la actualidad des­pliega mundialmente.

Pero para restablecer el equilibrio norte sur en nuestros días, en este continente, ya no sería suficiente con el eje creado por Bolívar en 1819, entre Caracas y Bogotá. Pienso que ese eje sigue siendo realmente fundamental, pero en las condiciones de hoy tiene de alguna manera que extenderse hasta Brasilia para ser exitoso.

En conclusión, la  unión efectiva entre Venezuela y Colombia en un solo Estado, y la estrecha alianza de este Estado con Brasil, en vías hacia una integración mayor con otros pueblos hermanos, se puede decir que son hoy las metas para una política exterior acorde con el legado bolivariano.

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* Escritor

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Debate Abierto: revista venezolana para la reflexión y discusión. Director responsable y fundador: Carolus Wimmer
ISSN: 1316-497X. Deposito legal: p.p. 19702DF390 - RIF: J30691967-8