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Los turbulentos
años 60... verso y reverso de una década conflictiva
Víctor Hugo Morales *
Resulta de un alcance limitado
circunscribir un análisis de la década del 60 al sólo estudio de los
sucesos ocurridos en Venezuela, como si éstos hubiesen constituido un
fenómeno aislado de la geografía continental o mundial, sin considerar
todos los factores que los estimularon, sus antecedentes históricos, la
influencia de la situación económica, social y política imperante en
América Latina en el período más álgido de la Guerra Fría, e inclusive la
personalidad de los hombres que participaron en tales hechos. En
consecuencia, un análisis más a fondo nos conduce a estimar el
extraordinario efecto que tuvieron los acontecimientos acaecidos en el
mundo en los años posteriores a la conclusión de la Segunda Guerra Mundial
que significaron el principio del fin del colonialismo (aún cuando todavía
ocurren, guerras de típico formato colonialista como la reciente del golfo
Pérsico, la invasión de la isla de Granada en octubre de 1983 o la de
Panamá en diciembre de 1989), el dramático desarrollo y culminación
exitosa de las guerras de independencia de las colonias todavía
existentes, llamadas en ese entonces guerras de liberación, que
despertaron grandes simpatías y sentimientos de solidaridad en todo el
mundo como justas luchas contra el imperialismo y el colonialismo que
desde centurias atrás mantenían sojuzgadas a inmensas porciones de la
población mundial; pero como contraparte de esas justas luchas por la
independencia económica y política en América Latina el imperialismo
norteamericano, desesperado por frenar el creciente ascenso de la
combatividad popular, manifestado ya en forma casi incontenible en los
países iberoamericanos, maniobró para imponer regímenes dóciles a los
dictados de la Casa Blanca, al ti9mpo que con el terror ideológico del
macartismo en los Estados Unidos y los comienzos de la guerra fría,
extendió con toda su virulencia su dominio militar, económico y político a
lo largo del continente.
En Venezuela, la dictadura militar
entronizada el 24 de noviembre de 1948 dio cauce a un período de luchas
cuya simple finalidad era la conquista de un gobierno democrático surgido
de la voluntad popular. Como lo hemos expresado antes, las guerras de
liberación en Asia y África así como los movimientos populares en América
Latina contribuyeron a afirmar en las masas un fenómeno social
característico de nuestra geografía: hacer la revolución, lo cual no se
observa en los procesos de ningún Otro continente. Hacer la revolución es
el grito de combate que impulsa a los trabajadores, a las juventudes y a
militares con sensibilidad social a insurgir contra regímenes opresores,
contra dictaduras sanguinarias o aún contra gobiernos que sin ser
dictatoriales se consideraba frenaban los cambios a que aspiraban los
pueblos para desarrollarse acordes con los cambios económicos y
democráticos que en ese momento se consideraban esenciales para su
bienestar. De tal forma, los sucesos mundiales entre los cuales destaca el
alto prestigio de que gozaba la Unión Soviética, que en octubre de 1957
sorprendió al mundo con el lanzamiento de la primera nave espacial, el
Sputnik; los sucesos regionales con el avance lento pero continuo de las
luchas por al democracia y la propia situación interna con el
debilitamiento de la dictadura, confluían para que en la lucha por
derrocarla convergiesen los más amplios sectores civiles y militares que,
al fin y con derramamiento de sangre popular en enero de 1958, unidos
principalmente en la Junta Patriótica, se pusiese enjuga al dictador y la
presencia combativa de las masas hiciese suponer que estábamos ante un
verdadero cambio revolucionario gracias a la estrecha vinculación
existente entre sectores progresistas y democráticos de las Fuerzas
Armadas, de los trabajadores y de las juventudes estudiantiles, que a lo
largo del año libraron grandes combates con derramamiento de sangre para
derrotar rezagos del perezjimenismo.
Para el año de 1958 era un hecho
inocultable que en las Fuerzas Armadas existían núcleos importantes que
pusieron grandes esperanzas en que el derrocamiento de la dictadura
conduciría a la instauración de un régimen democrático no sólo en lo
político sino también en lo económico y lo social. En este sentido, pese a
la composición oligárquica de la Junta de Gobierno, la actitud respetuosa
de la libertad de prensa que ésta mantenía, la tolerancia por las grandes
manifestaciones de masas ocurridas durante el año y sus reiteradas
declaraciones de respaldo para el retorno a la legalidad constitucional,
hizo creer a muchos que esta simple conquista y gracias al inmenso apoyo
que tendría el nuevo gobierno surgido de las elecciones bastaría para que
pudiese llevar a cabo un programa de hondo contenido social y de realizar
una política soberana en lo internacional. Fue por ello que, en vez de
aprovechar el formidable auge de masas que nos hubiese permitido integrar
una inderrotable unión del pueblo con los sectores patrióticos de las
Fuerzas Armadas, que los había en cantidad, nos mediatizamos ante las
promesas de celebrar en breve plazo las elecciones presidenciales.
Nasserismo
y Fidelismo
A lo largo de los años 58 y 59 estaban
todavía frescos dos grandes acontecimientos que influyeron en las
juventudes estudiantiles, de los trabajadores y de las Fuerzas Armadas. El
primero, ocurrido en Egipto en octubre de 1956 cuando a raíz de haber
decretado el presidente, coronel Camal Abd el Nasser la nacionalización
del canal de Suez, su país sufrió una bárbara agresión imperialista de los
ejércitos coaligados de Gran Bretaña, Francia e Israel. La repulsión
antiimperialista que este suceso ocasionó en sectores de ejércitos de
América Latina que, sin ser revolucionarios eran eminentemente
patrióticos, contribuyó a la formación de grupos denominados «nasseristas».
El «nasserismo» en ese momento constituyó un dolor de cabeza para el
Pentágono que veía se les escapaba de las manos la tradicional docilidad
con que los militares latinoamericanos seguían sus directivas de
injerencia política para contener a bayoneta armada las luchas populares,
así como al menor intento civilista que significase algún grado de
independencia económica o política.
El otro gran acontecimiento ocurrido en
esos años fue la gesta de la lucha guerrillera encabezada en Cuba por
Fidel Castro contra la dictadura sanguinaria y corrompida de Fulgencio
Batista y apoyada por los Estados Unidos. Es conveniente recordar que
hasta el triunfo revolucionario Cuba era poco menos que una colonia de los
Estados Unidos y su economía estaba en manos de capital norteamericano,
que la corrupción de todo tipo se consideraba como algo normal en la
sociedad cubana; en otras palabras a Cuba se la consideraba como el
«burdel del Caribe». Es por ésto fácil suponer cómo la inmensa mayoría del
pueblo venezolano vio con simpatía y contribuyó en muchas formas a la
victoria de Fidel Castro, por lo que la influencia del «fidelismo» se dejó
sentir notablemente en la clase trabajadora y en los estudiantes, todavía
acalorados con el estímulo de los combates librados en enero de 1958 y se
mantenían vigilantes hacia la presidencia de Rómulo Betancourt para que
las aspiraciones puestas en el gobierno surgido de la «voluntad popular»
no constituyesen una burla más.
Prueba de la influencia del «nasserismo»
y del «fidelismo» y el temor que tales sucesos inspiraban en la
clase dirigente, acostumbrada como estaba a gobernar sin clase alguna de
restricciones, lo constituyen dos episodios ocurridos en el Perú, el
primero cuando fue derrocado el presidente Manuel Prado Ugarteche, el 18
de julio de 1962 por una Junta de Gobierno encabezada por el general
Ricardo Pérez Godoy, quien manifestó en una entrevista de prensa lo
siguiente: «Los generales dimos el golpe porque si no lo hubieran dado los
coroneles que son «nasseristas», y si éstos hubieran fallado lo dan los
oficiales subalternos que son «fidelistas». Seis años más tarde se repitió
el argumento cuando fue depuesto el presidente Fernando Belaúnde Terry,
acusado de haber pactado con la compañía trasnacional del petróleo, IPC,
un acuerdo según el cual le condonaba una deuda de 690 millones de dólares
por concepto de 480 millones de barriles de petróleo extraídos
indebidamente en los yacimientos de Brea y Pariñas, le concedió el
monopolio de la comercialización de aceites y lubricantes por un período
de 80 años y la gota que desbordó el vaso fue un compromiso secreto
(estipulado en la página 11 del documento general que según el gobierno se
«perdió»). El conocimiento de este hecho provocó a la Fuerza Armada
peruana a destituir al presidente Belaúnde por una Junta Militar
encabezada por el general Juan Velasco Alvarado el 3 de octubre de 1968.
El señor Manuel Ulloa, ex ministro de Hacienda y hombre fuerte del régimen
depuesto, al ser detenido, gritó ante los periodistas: «Abajo los
nasseristas». El 9 de octubre la Junta decretó la nacionalización de los
yacimientos petrolíferos de Brea y Pariñas, procediendo simultáneamente a
la ocupación militar de las mismas.
La
Revolución Cubana y Venezuela
En Venezuela la Revolución Cubana
constituyó un acontecimiento extraordinario seguido con admiración por la
inmensa mayoría de la población, que no escatimó aporte alguno para ayudar
al triunfo de las fuerzas encabezadas por Fidel Castro. El doctor
Francisco Pividal, quien vivió once años en nuestro país, hasta 1958, y
entre otras actividades fue profesor en la Fuerza Aérea donde gozó de alta
estimación, y cuando triunfó la revolución fue nombrado primer embajador
del gobierno revolucionario, en su libro «El Movimiento 26 de Julio en
Venezuela y quienes lo apoyaron» refiere con evidente gratitud la forma
como se hicieron llegar a Cuba las múltiples contribuciones recogidas, en
especial las armas enviadas en los días culminantes de la última ofensiva
contra la dictadura sangrienta de Fulgencio Batista. Refiere Pividal que
ya desde el mes de marzo gestionó con el teniente coronel Hugo Trejo una
contribución en armamento, lo que se malogró, pese a la promesa positiva
del comandante Trejo, debido a su abrupta salida del país a causa de
intrigas originadas en la dirección adeca controlada por Rómulo
Betancourt. Sin embargo, Pividal continuó sus gestiones hasta lograr una
entrevista con el contralmirante Wolfgang Larrazábal, Presidente de la
Junta de Gobierno, quien le expresó «Venezuela se ha comprometido y
cumplirá». Y así fue: 10.000 proyectiles 30.06, 100 granadas de
demolición, 150 fusiles Garands, 20 fusiles ametralladoras Browning, 10
ametralladoras cal. 30 con su trípode; además cada ametralladora con su
dotación de proyectiles y cintas metálicas cargadas. Concluye Pividal esa
importante parte de su testimonio: «Al llegar a Maiquetía, en plena
pista, el capitán de fragata Héctor Abdelnour Mussa, recuerda que el
Contralmirante deseaba enviar a Fidel un fusil automático ligero (FAL) de
regalo. Como en ese momento no había alguno disponible, el teniente de
navío Carlos Alberto Tayhardal entregó el suyo, lo que elevó el número de
armas a ciento ochenta y una». A las 22.00 horas de este seis de
diciembre la aeronave abandona la pista con destino a la Sierra Maestra.
Le cuesta trabajo despegar por el exceso de carga. El 12 de diciembre,
Fidel Castro, desde la Sierra Maestra, escribe al Contralmirante Wolfgang
Larrazábal una misiva que demora algún tiempo en llegar a manos del
destinatario: «Admirado amigo» ¿Qué puedo decirle después de su noble y
espontáneo gesto? Hay que llevar dos años luchando contra todos los
obstáculos, las armas confiscadas antes de llegar a Cuba, los frutos
económicos de tantos compatriotas perdidos la mayor parle por la
persecución de los gobiernos, para comprender con cuánta emoción y
gratitud recibimos la ayuda que usted nos envía en nombre de Venezuela.
Desde hoy le digo que cualquiera que sea la posición que usted ocupe en su
país, la más alta o la más modesta, para nosotros será siempre el primero
de los venezolanos. Fidel Caslro Rus».
La Traición
de Rómulo Betancourt
Es innecesario repetir la virulencia que
cobraron las discusiones ideológicas en Acción Democrática, con Rómulo
Betancourt enfrentado a la juventud y a los sectores de su partido que se
oponían a los planes que traía desde el exilio dorado a la sombra del
Estado Libre Asociado de Puerto Rico con Muñoz Marín como su protector e
intermediario con Rockefeller, que acentuaría la dependencia económica de
Venezuela al capital norteamericano, así como a los planes nada
encubiertos de proseguir la segregación y persecución anticomunista que
puso en práctica desde el mismo momento en que se ciñó la banda
presidencial.
La traición de Rómulo Betancourt a las
más caras aspiraciones puestas en su presidencia, lo separaron de lo mejor
de la juventud de Acción Democrática, que se fue para fundar el Movimiento
de Izquierda Revolucionaria y constituyó con el Partido Comunista la
vanguardia de las grandes jornadas opositoras a las medidas antipopulares
que caracterizaron su sistema de gobierno. Al mismo tiempo, y como punto
esencial de sus maquinaciones, en la CTV se enquistó el cogollo
sindicalero de Acción Democrática que cumplió al pie de la letra las
órdenes de Betancourt de segregar a los sectores de izquierda a fin de
dominar a su antojo al movimiento obrero venezolano, no escatimando para
ello fraude alguno, la coacción y el uso de la violencia. Una vergonzosa
cadena de agresiones en los sindicatos se sucede en todo el país, causando
muertos y heridos, cuyos sacrificios señalan el sangriento prólogo a la
transformación de Acción Democrática en el partido que se vale de la clase
trabajadora para el «disfrute sensual del poder», frase que consta en una
carta enviada por Betancourt a sus sargentones cuando maniobró años más
tarde para consumar el fraude con que cerró el paso a Luis Beltrán Prieto
como candidato presidencia de AD para las elecciones presidenciales de
diciembre de 1968.
En la Institución Armada el apoyo de los
sectores democráticos o «constitucionalistas» fue rasgo característico de
los primeros años del gobierno betancurista y ésto fue aprovechado con
habilidad para enfrentarlos a los sectores calificados como reaccionarios.
Militarismo
- Civilismo
Es preciso considerar también que las
décadas del 50, 60 Y 70 se caracterizaron por el oscilar del péndulo
gobierno civil-gobierno militar a que están sometidos los pueblos de
Iberoamérica según convengan los intereses del momento al imperialismo y
la oligarquía para gobernar, bien sea por la fuerza bruta del poder
militar o bien democráticamente o por medio de gobiernos civiles que nada
hacen ante la amenaza latente de un militarismo, brazo armado de la
oligarquía. Fue así como durante esos años los militares en Venezuela
fueron testigos y también actores de la inmensa oscilación del pendular
militarismo-civilismo que caracterizaron las luchas populares por la
democracia en Latinoamérica.
Desde el derrocamiento de Rómulo
Gallegos el 24 de noviembre de 1948 una vista muy somera nos rememora una
extensa cantidad de golpes y contragolpes en Colombia. Perú, Bolivia,
Panamá, Argentina, Guatemala, Salvador, en fin, casi no hubo país en el
cual no se produjera uno o más cambios violentos de gobierno, lo que
incidiría en la formación de una especie de idiosincrasia del golpismo en
los militares o de hacer la revolución en grandes sectores intelectuales,
de la juventud y de la clase trabajadora, lo cual debía conducir por la
dialéctica de la síntesis a vincular a los grupos progresistas de las
Fuerzas Armadas con los grupos revolucionarios para que confluyeran unidos
en la consecución de objetivos de mayor profundidad programática que la
simple transición de gobierno dictatorial a gobierno civil, por cuanto ya
para fines de 1960 a raíz de la política represiva de Betancourt, apoyado
en los sectores más reaccionarios de las Fuerzas Armadas estuvo fuera de
toda duda que no habría la menor concesión a las demandas populares de
cambiar la política de hambre y desempleo a que las mantenía sometidas.
Sin embargo, esa vinculación con el
hacer la revolución no constituyó un proceso fácil por cuanto en las
Fuerzas Armadas, además de que la mayor parte de los principales comandos
estaban en manos de oficiales reaccionarios que no vacilaban en usar las
armas contra el pueblo, existían también sectores conservadores,
adversarios de Acción Democrática, que insurgieron en fuertes rebeliones
como la de San Cristóbal en abril de 1960, encabezada por el general José
María Castro León, y la de Barcelona, comandada por oficiales de rangos
medios en junio de 1961, que fueron derrotadas en cuestión de horas por no
haber recibido el apoyo ofrecido. Sin embargo, no fueron ésas las únicas
rebeliones ocurridas antes de producirse las de carácter revolucionario en
Carúpano y Puerto Cabello. Muchas fueron tanto las insurgencias como las
expresiones de todo tipo de descontento por la política betancurista que
llevaron a tener en las cárceles del país hacia 1963 a más de cien
militares de todas las jerarquías, más de cincuenta exiliados y no menos
de veinte pasados a situación de retiro, así como a centenares de
trabajadores, estudiantes, campesinos, intelectuales, dirigentes
políticos, encerrados en cárceles y campos de concentración diseminados
por toda la geografía nacional.
La
Represión Betancurista
La situación en el campo civil, desde el
momento en se produjo la masacre de los desempleados en Caracas en agosto
de 1959, fue de mal en peor, de tal modo que desde ese momento hasta el 3
de enero de 1963 las garantías constitucionales estuvieron suspendidas por
un total de 761 días, en diversas ocasiones en que ocurrieron protestas
populares, según lo reseña el diario «Clarín» en su edición del 3 de enero
de ese año de un total de 1421 días de instalado el gobierno. Y en su
edición del 3 de febrero denuncia que hasta ese momento habían ocurrido
937 asesinatos a manos de los cuerpos armados y de milicias de Acción
Democrática organizadas con la complicidad del Ministro de la Defensa, así
como centenares de hombres y mujeres salvajemente torturados en los
calabozos de la Digepol. Dijo «Clarín» en esa edición: «El saldo de
muertos, heridos y presos políticos que arrojan estos últimos cuatro años
de gobierno, que se cumplen hoy, es verdaderamente aterrador. Es el precio
que ha pagado nuestro pueblo por mantener en alto la bandera de la
dignidad frente a una política de traición nacional, caracterizada por una
feroz represión, sin parangón en nuestra historia, inclusive en los peores
momentos».
Por supuesto, y es innecesario insistir
en ello, puesto que son abundantes los testimonios de todo tipo que
coinciden en señalar que la política betancurista venía ya trazada con
exactitud desde el exilio en cuanto se refiere a aislar y segregar a los
comunistas en base a sus compromisos con el Departamento de Estado y con
la oligarquía venezolana a su regreso al país en 1958. Habría que agregar
la conmoción causada por el triunfo de la revolución cubana, por la chispa
encendida en las masas juveniles y de trabajadores que vieron en ella un
ejemplo a seguir para conquistar el derecho a una vida digna, pero que por
el lado contrario exacerbó los ánimos de toda una reacción a nivel
continental que no escatimó a partir de entonces el uso ilimite de cuanto
fuera necesario para frenar, combatir y liquidar esa hermosa, valiente y
sacrificada gesta de cuantos pretendieron hacer la revolución, y
Betancourt fue un conspicuo exponente de esa política
contrarrevolucionaria dirigida desde Washington.
Si la clase trabajadora y los barrios
populares sufrieron como jamás antes lo habían soportado con ningún
régimen por tiránico que fuese, no menos violenta fue la persecución
desatada contra la educación, contra el movimiento estudiantil, contra
todo lo que en el campo de las ideas tuviese vinculación con lo que
significase derechos a tener salud, vivienda, trabajo y cultura, así como
la obligación del estado a proporcionar los medios para ello. El diario
«Clarín» en su edición del 13 de febrero de 1963 denunció: Durante los
cuatro años de mandato del presente gobierno la rama de la educación ha
sufrido como ninguna otra los desmanes terroristas y el macartismo más
agudo, en acciones que ponen de manifiesto el terror a la cultura, la
resaltante mediocridad y el ventajismo de los grupos oficiales. El
gobierno sabe que tiene entre los jóvenes que se forman en los institutos
educacionales y entre los educadores e intelectuales, a los espíritus
menos sobornables, que tiene en ese amplio frente un ánimo acerado de
combate y denuncia contra sus atrocidades. Ineficaz la actual camarilla en
el poder para propiciar otra enseñanza que no sea la balacera sobre
liceos, escuelas normales, que no sea la sostenida provocación contra las
universidades nacionales, sólo ha podido echar mano de sus organismos
represivos, cumpliendo el lema de «pedagogía con fuerza de policía»... «La
discriminación del profesorado, por otra parte, se dejó sentir con iodo su
peso. Sin inmutarse, el propio presidente de la república anunció en
discurso a la nación que «setecientos y más habían sido arrojados de sus
cargos docentes. A ninguno se le levantó expediente, no se le comprobó la
comisión de ningún delito contra la seguridad del estado. Su única culpa
fue no participar del criterio oficial, cuestión perfectamente válida y
aceptada en cualquier país civilizado y democrático. Educadores con largos
años de servicio fueron perseguidos y asediados, mediante simples
denuncias realizadas por la Digepol o camarillas a sueldo del ministerio
de educación. Con ello se puso de manifiesto la pobre armadura ideológica
del régimen y el tremendo terror que le inspiran las ideas, haciendo
prueba de una desesperación a la que no llegó siquiera la dictadura
perezjimenista...»
Prácticamente no hubo en el país
sindicato, universidad, liceo o institución de clase alguna que no
sufriese la agresión de las bandas armadas o los cuerpos represivos de
Acción Democrática, siempre con doloroso saldo de muertos, heridos o
decenas, centenas y miles de presos y torturados en los calabozos
policiales. Fue éste el germen verdadero de la sangre que corrió en la
llamada «década sangrienta», que dividió los sindicatos, a los
estudiantes, a los militares, a los empresarios, a la coalición
gobernante, a su propio partido, como en versos magistrales dejó para la
historia nuestro gran poeta Aquiles Nazoa en su poesía «Cuando Rómulo se
vaya» de la cual nos limitaremos a recoger unos pocos versos: «era un mago
dividiendo - fue en divisiones el rey - dividió a sus enemigos y a sus
amigos también - dividió al propio partido que lo encaramó al poder - y
tras dividirlo en dos rolos volvió a dividirlo en tres - dividió a los
militares en pelotones de a seis - dividió a los ganaderos - dividió al
ganado en pié - dividió a los campesinos y a los obreros también dividió a
los comerciantes – dividió hasta a los Branger - no falta quien ya no diga
que ya dividió a Copei Cómo estará Romulón de ducho en ese quehacer -
dividir cuanto toca dividir cuanto vé - que el otro día en Los Núñez al
terminar de comer - pidió un con leche de a locha - y al probarlo notó que
- adentro estaba la leche peleando con el café»
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* Oficial de la Marina
Venezolana. Comandante del movimiento conocido como «El Porteñazo», 2 de
junio de 1962 |