Leticia Barrios
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La dimensión política de la lucha salarial

Por Leticia Barrios *

Hay distintas maneras de abordar la cuestión distributiva de nuestras sociedades, en ellas se ha de tener en cuenta, el problema de las deformaciones estructurales que determinan que las brechas salariales de nuestra población sean significativas en cuanto indicador relevante de la situación social.

Las brechas salariales y más específicamente, el constante deterioro del salario real, obedece a varias razones: En primer lugar, a la lógica capitalista que impone una dinámica particular de la relación capital-trabajo, caracterizada por el descenso de los salarios reales como mecanismo de equilibrio en la reproducción del capital. Y en segundo lugar, obedece a nuestras propias condiciones de reproducción del modelo de dominación y hegemonía existente, en donde, la recomposición periódica del salario real a la baja, se convierte en el principal mecanismo endógeno sobre el cual ha de erigirse el sistema de explotación. 

Estos dos puntos de partida requieren de alguna explicación.

El capitalismo no es una sociedad de trabajadores independientes que cambian sus productos de acuerdo con el promedio social de tiempo de trabajo incorporado en ellos: es una economía productora de plusvalía empeñada en la persecución competitiva del capital.

La teoría del valor-trabajo en Marx nos proporciona un claro entendimiento de este proceso. Marx encontró que la teoría del valor era indispensable para comprender las tendencias del desarrollo de la producción del capitalismo y que era además la única base racional de la economía política.

La teoría del valor-trabajo tiene que ver con la producción social y su distribución entre diferentes clases sociales. Marx señala que el proceso social del trabajo no tiene nada que ver ni con el valor ni con el precio, sino sólo con los esfuerzos físicos y mentales de la población trabajadora y el tiempo que consumían.

«Valor» y «Precio», era así, categorías fetichistas en las relaciones de producción existentes. Marx plantea la ley del valor como una realidad que subyace en la economía capitalista, se refiere al proceso social de vida o al proceso material de producción.

Se puede decir, que una de las principales funciones de la ley del valor consiste en aclarar que en una sociedad productora de mercancía, existe un orden. Nadie decide cómo y cuánto se debe asignar el esfuerzo, sin embargo, ello es resuelto de una manera nada arbitraria, la ley del valor explica este proceso.

La teoría del valor-trabajo se refiere a unas relaciones sociales específicas que operan bajo la producción del capital. La producción de capital transforma el proceso de trabajo en un proceso de producción de valor y las relaciones sociales en categorías económicas. La teoría del valor-trabajo se refiere a la necesidad de trabajar y distribuir el trabajo social en proporciones definidas.

En el capitalismo tardío la teoría del valor-trabajo, asume nuevas formas, dependiendo de las necesidades que se vinculan a la obtención de la tasa máxima de ganancia y las mismas crisis cíclicas del capitalismo.

Los nuevos fenómenos como la deflación, encontraron respuestas en diversas teorías que sin ningún escrúpulo escogían el estrangulamiento de los salarios como opción.

Una de las más importantes, fue la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, de John Maynard Keynes.

Keynes era enfático en la necesidad de restaurar las costumbres de la acumulación perturbadas y plantea así «formas sutiles» de disminución salarial que no chocaran con la resistencia de los trabajadores.

No puso en duda el acierto de que bajo ciertas condiciones el desempleo indica la existencia de salarios reales que son incompatibles con el equilibrio económico, y que su disminución incrementaría el empleo al aumentar los beneficios del capital y de este modo la tasa de inversión. Pero encontró que los salarios eran menos flexibles de lo que se suponía generalmente. Los trabajadores habían aprendido a resistir las reducciones de los salarios. También observó que la resistencia de los trabajadores es mayor a una disminución de salarios nominales que a una disminución de los salarios reales.

Keynes vio que esto hacía posible formas más sutiles de reducción de salarios que las empleadas tradicionalmente. La forma sutil era también la más efectiva y general. Una política salarial flexible podía crearse por medio de una política monetaria flexible: un incremento en la cantidad de dinero elevaría los precios y reduciría los salarios reales si los salarios nominales permanecían estacionarios o aumentaban más lentamente que el nivel general de precios.

Para los países dependientes las máximas keynesianas, se trasladaron por supuesto, con todo lo deformante que implicaba la implantación del capitalismo en nuestras naciones. Durante el largo tiempo que caracterizó el período de «sustitución de importaciones» los salarios eran sometidos a las «formas sutiles» emanadas de los centros capitalistas y a las formas agresivas que imponía el proyecto hegemónico de las burguesías criollas.

Las disparidades de la distribución del ingreso y la existencia de una gran mayoría de la población con salarios de hambre se convirtieron en el principal sostén del modelo de dominación.

Luego de Keynes y con el derrumbe del «Estado de Bienestar», los monetaristas introducen nuevas formas de contrarrestar los aumentos salariales y de golpear más duramente los salarios reales.

Son muy conocidas sus razones para justificar el deterioro del salario. Las cuales postulan la inconveniencia de los aumentos salariales porque resultan inflacionarios, rompen el equilibrio de la economía y terminan afectando al trabajador mismo. En su lugar, proponen la austeridad fiscal o las salidas de corte monetario para remediar la inflación.

En las naciones latinoamericanas, las políticas de ajuste y estabilización orientadas e impuestas por BM-FMI, han generado efectos desastrosos en el deterioro del salario y en la distribución del ingreso.

Nuestras economías afectadas por la pesada carga de la deuda externa, por los déficit de las balanzas de pagos y por las reducciones de excedentes, se han financiado y han garantizado el desenlace del ajuste y la estabilización, fundarnentalmente, en base a los salarios reales de los trabajadores. El salario real se ha convertido así, en la principal fuente de financiamiento de los planes económicos.

A nuestras economías, mal diagnosticadas, se les ha señalado la expansión de la demanda agregada como causa de los graves problemas inflacionarios. La supuesta expansión de la demanda emanada principalmente del sector público debe conducir a reestructuraciones del gasto en sus vastas dimensiones sociales.

Este errado diagnóstico, evidentemente ajeno a nuestras realidades, ha conducido a que se aplique un tratamiento de los problemas inflacionarios que lejos de solucionarlos los ha agravado considerablemente.

Sin embargo, existen suficiente síntomas y razones dadas por la economía venezolana para considerar que la inflación es resultante del conflicto distributivo existente en la sociedad.

La resistencia que viene teniendo la inflación frente a todas las políticas restrictivas aplicadas, ya sea de corte monetarista o de corte fiscalista, obliga a asumir una lógica muy contraria a las brindadas por los organismos internacionales. La inflación se ha de entender como un fenómeno generado por la competencia imperfecta retardada del salario. El conflicto distributivo se convierte en la verdadera causa de la presión inflacionaria.

A esta conclusión se llega cuando luego de estudiar los distintos procesos inflacionarios en América Latina, los cuales no han sido productos de la expansión de la demanda agregada, según la máxima monetarista y del aumento del déficit fiscal, sino producto y resultado de las caídas del salario real.

Como ejemplo de lo anterior, las sucesivas aceleraciones de la tasa de inflación en América Latina, que siguieron a la crisis de la deuda de principio de los ochenta, pueden ser vistas, dentro de este enfoque, como resultado de la caída del salario real impuesta por las devaluaciones del tipo de cambio y por el aumento en la participación de los ingresos gubernamentales requeridos para pagar el servicio de la deuda externa. (Ros, Lustig, Moreno, 1993).

La reducción resultante del consumo de los asalariados crea una brecha de aspiraciones en el mercado de trabajo, de manera que la inflación se perpetúa mediante la espiral precios-salarios. Aunque el equilibrio se alcanza en el mercado de productos, la inflación se mantiene porque el desequilibrio entre las aspiraciones de consumo de los trabajadores y el salario real que implica el equilibrio entre ahorro e inversión no se resuelve.

En el caso de nuestras economías la inflación se genera por las distorsiones en el mercado de trabajo que afecta los niveles de inversión y por los «cuellos de botella» que ello implica en la estructura económica. Por tanto, las causas señaladas por los monetaristas como provocadoras de la presión inflacionaria, no están presentes en nuestras economías, y mucho menos existe justificación alguna para el cercenamiento de los salarios reales.

El cercenamiento del salario real obedece así, a la necesidad de mantener grandes brechas que posibiliten una absorción máxima de ganancias por parte de las burguesías criollas, por un lado, y por el otro, por las transnacionales que operan en las economías dependientes. No es una variable de reducción coyuntural producto de políticas económicas temporales, sino un rasgo estructural del modelo.

Como hemos visto, lo apuntalado al principio hace que la cuestión distributiva y en especial, lo relativo a la caída del salario real, se transforme en un elemento explosivo en la confrontación con el modelo de dominación.

El salario real se convierte en una variable rígida dentro del modelo, que sólo puede tender a la baja, ya que constituye la garantía y el sostenimiento fundamental del sistema, no sólo de la viabilidad de un modelo económico, sino también del modelo socio-político que se erige en él, en suma del modelo de hegemonía.

La certificación del salario real como una variable de alta sensibilidad, repercute necesariamente en las luchas que se libren en función de su defensa y recuperación. La lucha por la conquista de salarios reales justos en sociedades de intensas brechas como la nuestra, no puede ser tan solo una mera lucha económica-reivindicativa, ya que tan solo recibirá las migajas de la recuperación nominal de los salarios, que a su vez deteriora aún más el salario real. Basta saber, que en cada recuperación del salario nominal, este lleva aparejado una corriente monetaria que impacta desfavorablemente la brecha distributiva.

De modo tal, que la lucha restringida a las contrataciones colectivas y a los espacios del conflicto obrero-patronal, esterilizan el intento por una defensa y recuperación de los salarios reales.

Ello conduce a plantear que la lucha por los salarios reales justos ha de adquirir una dimensión política, que implique el enfrentamiento mismo con el sistema de dominación existente.

Las consecuencias que ello tiene en las formas de lucha son fundamentales, en medio de una gran ofensiva del capital frente a los trabajadores, que arremete agresivamente contra todo aquello conquistado en el terreno laboral, la contienda no puede quedar reducida a la lucha aislada de sectores por pequeñas porciones salariales, lo estéril de esta forma de lucha lo demuestran los recientes conflictos.

Por ello, para llevar la lucha salarial a su verdadero terreno: el político, de claro enfrentamiento con el sistema de hegemonía, es necesario entender, primero, que la contradicción principal del sistema reside en la del capital-trabajo y, segundo, que es necesario abocarse al desplazamiento de las direcciones socialdemócratas de los conflictos así como, la superación de sus formas de lucha matizadas por el populismo.

Marx dijo una vez que «el proletariado, o es revolucionario o no es nada». Actualmente no es nada y muy bien pudiera suceder que siguiera siendo nada. Pero no es seguro. Las ideas revolucionarias florecen en condiciones de insatisfacción y miseria. Las esporádicas rebeliones reivindicativas y economicistas son fácilmente dominadas y controladas por el sistema y son objeto de recreación y burla para la burguesía. Sólo una lucha encauzada en la justa dimensión de lo que ha de ser la «misión histórica» del proletariado puede revertir esta situación.

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* Politóloga UCV

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Debate Abierto: revista venezolana para la reflexión y discusión. Director responsable y fundador: Carolus Wimmer
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