Gabriel
Bracho In Memorian
¿Cuántos
ángeles caben en la cabeza de un alfiler?
*Alexander Sujostat
La noticia fue un impacto. Aunque ya la
esperaba, pues últimamente me enteraba por distintas vías de los repetidos
y frecuentes ataques de la enfermedad, las palabras de la carta que demoró
en llegar me dejaron atónito. Jerónimo Carrera, mi amigo venezolano, me
comunicaba: «Esta vez debo empezar con una novedad muy triste: murió
Gabriel Bracho. Falleció en una clínica de Caracas durante una operación
de urgencia el 6 de marzo último. Quería escribirte en seguida, pero no me
atrevía sabiendo cuánto lo apreciabas tú como artista y como amigo. Cada
vez que lo visitaba me preguntaba por ti. Para mí personalmente es un
golpe muy duro: aparte de perder a un verdadero camarada, se fue un hombre
que sabía ser fiel a los ideales revolucionarios». .
Gabriel Bracho, gran venezolano,
destacado artista latinoamericano, revolucionario romántico no sólo en su
obra sino también por sus convicciones, nos dejó faltando dos meses para
su 80 aniversario.
Aquí en Rusia esta muerte, de paso sea
dicho, como las de muchos otros conocidos latinoamericanos, pasó
inadvertida, naturalmente: demasiado lejos queda ese continente de
nuestros actuales problemas y preocupaciones, demasiado poco nos
interesamos por sus estrellas. Ni siquiera lo hacemos cuando se encienden
y qué decir cuando se (apagan». Ah; Don Gabo, ¡cuánto habrían disfrutado
tus amigos celebrando tu aniversario redondo y! y tú fallaste, por primera
vez no les diste esa oportunidad. Primero, como era del caso, le hubiesen
rendido homenaje a tu infinita hospitalidad, que permitía a cualquiera que
alguna vez entrara por equis razón a tu casa en el Este de Caracas
considerarte su íntimo amigo. Luego, es natural, habrían recordado a
Clorinda, tu madre, y tu padre telegrafista, también Gabriel (tradición
ésta que tú también seguiste al darle este nombre a tu primogénito). Y,
acto seguido, uno de tus invitados brindaría por tu ayudante
insustituible, por la graciosa y parca en palabras Velia Bosch, escritora
y crítico de arte quien, ya en 1952, supo ver en ti no sólo a un famoso
pintor sino también a un verdadero hombre, 10 que en América Latina no es
cualquier cosa, ¿verdad?
Habrían recordado, sin duda alguna. A
tus Maestros y amigos que se fueron antes, en primer lugar al chileno
Armando Lira, y a los grandes mejicanos Diego Rivera y David Alfaro
Siqueiros (con él, por obra del destino, te encontraste ya en 1941 en la
ciudad chilena de Chillán, donde a él, un exiliado, le dieron
benévolamente permiso de crear en uno de los muros de la escuela local su
obra maestra «¡Muerte al ocupante!»).
Es muy probable que hubieran intentado
contar los infinitos kilómetros que te tocó recorrer por la América
Latina, y adivinando tus rincones más queridos de París, ciudad a donde
llegaste con unos cuadros debajo del brazo y entre ellos el «Stalingrado»
preferido tuyo. No en vano dijiste una vez, hablando de ese cuadro: «Si
quieres saber con quién estoy, te diré que con aquéllos que rompen la
crisma a la fatuidad y la fuerza». ¡Jóvenes y pobres! ¡Cuántas obras tuyas
se vendieron por nada, por unos cien o doscientos dólares, durante aquel
viaje por la Europa de posguerra! ¿Dónde estarán esos cuadros? ¿Cómo
reparar el mal?
Después de todos estos tantos recuerdos
la conversación pasaría seguramente a ese viejo burro de tu alma del que
nunca te apeabas. La política. Y cuando alguien, un Fulano de Tal, se
hubiera ingeniado para confundirlo con Pegaso, tú, que hasta ese momento
te mostrabas casi olímpicamente imperturbable, habrías dejado el sillón de
la ocasión para hacer uso de un mortero más fuerte que aquel usado por
Simón Bolívar en la batalla de Los Puertos de Altagracia, tu ciudad natal,
donde en 1975 te confirieron el título honorífico de «Hijo Glorioso» y
abrieron un museo con tus pinturas murales y cuadros. ¡Qué bien me imagino
esa escena! Pero, « ¿cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler?»
Así, aparentemente fuera de todo lugar preguntas tú al infortunado
especialista en pegasos, y te echas a reír no sé si contento de ti mismo o
dándoles a entender a los queridos amigos e invitados que ya es hora de
recoger velas, pues ya estás impaciente por meterte de nuevo dentro de ese
traje endurecido por tanta pintura y poder sumergirte en tu «odiado
trabajo querido».
Sin embargo, pudo ser también que a ti,
materialista empedernido, te hubieran contestado: esta especie de los
alados simplemente no existe, o lo que es más exacto, se extinguió para tu
cumpleaños. Es muy probable que tal respuesta te hubiera satisfecho y la
fiesta habría seguido cobrando fuerza. Aunque sólo hasta la irrupción no
lo quisiera Dios de un crítico de artes con la idea de brindar por tu
encuentro contigo mismo, el cual sólo se pudo dar al renunciar tú al
realismo socialista que la había atraído en tus años más jóvenes. Entonces
tú le habrías replicado -muy justamente y en el espíritu del materialismo
dialéctico, fuera de moda actualmente- que si Mengano toma vino el vaso
queda medio vació, y si vierte el vino el vaso éste queda medio lleno, no
obstante que el vino en ambos casos sigue siendo una gracia de Dios.
¡Oh, astuto y tunante Bracho, tan
sencillo te a primera vista! ¿Por qué, por qué hablaba siempre de los
tiempos y acontecimientos lejanos como de algo sucedido ayer ya él?
Recuerdo como, en 1992, se presentó una vez en la corresponsalía habanera
de la revista América Latina, donde yo trabajaba a la sazón, acompañado de
un cubano de aspecto bastante desgalichado. Me llama mi esposa y me dice:
ahí abajo hay dos hombres que parecen paisanos rusos pero preguntan por ti
en español.
Juro que la primera persona en quien
pensé fue Bracho, aunque ignoraba que él se encontraba en Cuba, puesto que
los cubanos, nuestros hermanos y discípulos, se ingeniaron para organizar
su exposición de tal modo que el periodista no se enteró de ello sino por
boca del artista mismo. Claro, por una parte, al haber invitado al gran
pintor organizaron un evento importante, y por otra, como si se vengasen
de que en 1962 rechazara él, de forma categórica, las guerrillas
venezolanas desatadas por la izquierda extremista apoyada por La Habana.
Este desacuerdo fue lo que motivó a Bracho a salirse del Partido
Comunista, del cual era miembro desde 1936.
Hablamos de una cosa y de otra, y de
pronto me dijo más o menos esto: Pensé, primero, que mi salida del Partido
era algo netamente personal, pero ahora, cuando los intelectuales y
profesionales en el partido comunista venezolano constituyen no más del
uno por ciento, mientras que en los años 60 ese porcentaje llegaba a
ochenta, cuando veo que este fenómeno se está generalizando, creo que no
podemos dejar de felicitar a la burocracia por su impresionante triunfo.
¡Y lo mucho que me golpearon los líderes de nuestro partido comunista a
pesar de que yo siguiera dogmáticamente la teoría del realismo socialista!
¿Qué es lo que querían de mí? ¿Que me limitara a adaptar a los pintores
soviéticos a la manera venezolana? Si la pintura, en fin de cuentas, no es
sino una nueva realidad alterada, y sólo una chispa divina, que espero
tener, puede unir en un todo indisoluble la forma y el contenido.
Y qué golpe tan duro fue para Bracho el
desplome-eclipse de la Unión Soviética, o más bien, el que se vinieran
abajo los nobles sueños: la fraternidad, un futuro luminoso no para los
«tiburones» que se sienten perfectamente bien bajo cualquier régimen sino
para los trabajadores, considerándose él uno de su número. Creía que a
ellos se les podía convertir, si se quería, tanto en una turba
inconsciente como, de tener suerte, en una gente que sepa disfrutar la
vida. « ¿Te acuerdas me preguntó de mi mural en la cúpula central del
ministerio de la Defensa? Te lo enseñé en enero de 1989. Nos acompañaba el
general de brigada José Antonio Albornoz Tineo, que incluso nos tomamos
una foto con él. Bueno, no me vas a creer, pero una vez, "mientras yo
estaba trabajando allí en mi mural, él se lamentó de que todo indicaba un
fortalecimiento de los EE.UU. y un posible desmoronamiento de su
contrapeso, la URSS. En esa ocasión yo sólo me reí de sus temores, y ahora
no me queda otra cosa que hacer sino regodeanne ante mi propia sabiduría
que me había impulsado a romper con 'nuestra burocracia doméstica. Pero,
¡qué esperanzas nos movían!»
¿ Y a quién no, mi querido Bracho? «Nos
estremecían las mismas pasiones. Ambos veíamos el mundo como un prado en
mayo, como un prado por el cual andan las mujeres y los caballos.» ¡Qué
lástima que no le haya tocado tomar en su 80 aniversario aquel vinito
francés que me hizo saborear en su casa de Caracas! El vaso se vació por
completo, mientras que la burocracia vive y prospera, estrangulando a la
vuelta de la esquina a un simplón de turno, quien ve la vida «como un
prado en mayo».
Tú, Bracho, seguiste hasta el último
momento siendo enigmático, paradójico, vivamente interesado en cualquier
hierbita nueva en este prado, tanto en tu patria como muy lejos de sus
límites. Cuando en 1993 tu viejo amigo Jerónimo Carrera pasó por Moscú, lo
único que nos pediste fue enviarte un catálogo, si existía, de las últimas
obras de pintores rusos, así como un año antes con gusto aceptaste llevar
de mi parte una gran lata de maravilloso café cubano a Magda, esposa de
Jerónimo. Me atreví a pedírtelo, sólo porque quería hacer algo del agrado
de unas personas íntimas tuyas, personas que saben dar y tomar. Y tú,
hasta tu último día, no te olvidabas de ninguno de los que un día te
habían caído en gracia. Tampoco abandonabas el lienzo: de rato en rato, de
una hospitalización a otra, volvías a agarrar el «odioso pincel», hacías
planes a largo plazo consciente plenamente de que jamás se verían
realizados, salvo, tal vez, el de mezclar las pinturas a uno de los
ángeles de la paz, que nunca han existido.
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* «De la revista Layniskaja,Amérika de
Moscú, Nº 8/95»
(Traducido del ruso en Caracas por Galia
Dubroskaja) |