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Venezuela, poder
político y hegemonía
de clase
Roberto Hernández
Wohnsiedler*
Las clases sociales
perfilan su carácter
en la lucha
política, es decir,
en la lucha por el
poder. Una clase
social adquiere
conciencia «de sí y
para sí» en la
confrontación
política con otras
clases. El poder
político constituye
la piedra angular
en tomo a la cual
gira la lucha de
clases en su forma
más dramática y
decisiva. La clase
social que detenta
el poder subyuga a
las otras clases,
imponiéndose por la
fuerza del Estado o
neutralizándolas
como aliadas de
segundo orden. En la
base se encuentra el
modo de producción
imperante. La
hegemonía la ejerce
la clase o el sector
de clase que tenga
en sus manos las
palancas
fundamentales de ese
modo de producción.
Las contradicciones
no se encuentran
sólo a nivel de
antagonismos
insolubles de clase
contra clase sino
también en el seno
de cada clase.
Entender este
fenómeno en cada
momento histórico,
saber cual es la
clase o sector
hegemónico, es la
clave de toda
política
revolucionaria.
En Venezuela el
imperialismo
norteamericano
ejerce el dominio
sobre toda la
nación. Salvo la
burguesía a él
asociada, su
indispensable
aliado, todas las
demás clases
conforman un
complejo bloque de
clases dominadas. El
imperialismo impide
que sectores de la
burguesía alcancen
su propio
desarrollo y
condena a obreros,
campesinos y capas
medias al papel de
convidados de piedra
en el reparto de las
riquezas y la
dirección política
del país. Obreros,
campesinos, capas
medias y sectores de
la burguesía son el
bloque subyugado. El
problema del poder
no sólo podemos
entenderlo dentro de
este contradictorio
cuadro. De allí la
carencia de un
proyecto nacional
independiente. Los
representantes del
status político
oscilan entre los
diversos intereses
clasistas y siempre,
al fin y al cabo,
actúan en favor del
bloque dominante.
Necesitados de
legitimación ante la
inmensa mayoría,
hacen todo género de
promesas que no
cumplen y sucumben
ante el
imperialismo.
Esta es una
constante de nuestra
historia
republicana y, con
la excepción de Cuba
Revolucionaria,
continúa siendo la
historia de
Latinoamérica y El
Caribe, que
adquiere mayor
agudeza y claridad
con la globalización
y el
neoliberalismo.
Las clases sociales
no son
compartimientos
estancos, pese a que
el abismo económico
entre ricos y pobres
se ensancha y
profundiza cada vez
más. La lucha que se
libra entre ellas
genera mutuas
influencias, más o
menos intensas, en
lo ideológico y
político. Por eso la
importancia de
arrancar la
justificación
ideológica y
política a la clase
adversa. De allí
las contradicciones
en el seno de los
gobiernos y en el
movimiento popular.
Porque la dominación
no se ejerce de
manera mecánica,
requiere de cierto
grado de consenso y
en cierto momento
cede ante las
presiones de otros
sectores sociales
ante las
condiciones
objetivas. Se
construyen las
empresas básicas, se
nacionaliza el
petróleo y el
hierro y luego se
emprende la
privatización, se
abandona la
educación y la
salud, se degradan
los salarios, se
pone fin a la
política
habitacional, se
arremete contra las
conquistas de los
trabajadores. Cunde
el desempleo, la
pobreza crítica y la
delincuencia. Es un
círculo infernal sin
salida dentro de la
dominación
imperialista.
Para dominar la
economía es
necesario el
control del Estado.
En Venezuela éste ha
sido jurídicamente
el dueño de
nuestras inmensas
riquezas naturales
y el capitalismo de
Estado ha jugado
papel de primer
orden en nuestra
economía. Ha sido,
en realidad, el
único generador de
divisas. La
estrategia económica
del bloque dominante
ha sido succionar
los dineros del
Estado a través del
crédito, los
contratos y la
corrupción. En
última instancia,
las riquezas de
nuestra nación
termina, por los
mecanismos de la
dependencia, en las
arcas de las
transnacionales.
Agréguese a ello el
pago de la deuda
externa. El Estado,
dominado por las
transnacionales, no
puede diseñar ni
llevar a cabo una
estrategia propia de
desarrollo ni una
política en función
de las mayorías.
No hay posibilidad
de romper ese
círculo infernal si
no se sustituye el
bloque social
dominante. Un nuevo
bloque social debe
acceder al poder
político. Desde los
días de la colonia
ése ha silo el
dilema. La
independencia fue
iniciada por la
nobleza criolla para
romper la dominación
extranjera. El genio
del Libertador supo
darse cuenta de que
ello no era posible
sin la participación
de indios, esclavos
y pardos. La guerra
adquirió, entonces,
una significación
social más profunda
y el Ejército
Libertador un
carácter popular y
sus enemigos fueron
los nuevos
privilegiados que ya
buscaban alianza con
el incipiente
imperio
norteamericano. La
falsa disyuntiva
entre «civilismo» y
«militarismo»
consigue allí su
explicación. Bolívar
lo vio con claridad.
La actividad
diplomática para
preparar el
Congreso de Panamá
es la mejor prueba.
Su enfermedad y
muerte ponen
término a esta
gigantesca lucha.
«Mis dolores se
encuentran en el
futuro» habría de
decir en sus días
postreros.
En nuestro tiempo el
problema es, en
esencia, el mismo. A
lo largo de la vida
republicana se ha
demostrado la
incapacidad de las
clases dominantes
para encabezar el
desarrollo del país.
En el siglo XIX el
imperialismo
consiguió en los
terratenientes y la
burguesía comercial
los aliados que
necesitaba para
sojuzgamos y en este
siglo, ya por
terminar, no ha
habido un sector de
la burguesía capaz
de enfrentar al
imperialismo y
liderizar un
proyecto de
desarrollo nacional.
Los gobiernos han
sido en general
dóciles ejecutores
de la política
imperialista. El
gobierno burgués de
Medina Angarita,
pese a sus
contradicciones,
hizo el intento y
fue derrocado por un
golpe militar en
complicidad con
Rómulo Betancourt, a
cuya preparación no
fueron ajenos el
gobierno y las
empresas
norteamericanas,
como antes no lo
habían sido en el
golpe d Juan Vicente
Gómez contra
Cipriano Castro.
Nuestra historia
demuestra la
necesidad de un
nuevo bloque de
poder y demuestra
también que la clase
llamada a encabezar
ese baque es el
proletariado
moderno. Sectores de
la burguesía son
aliados del
imperialismo y otros
sectores no han sido
capaces de
acaudillar a las
clases objetivamente
interesadas en el
desarrollo
económico, social y
político
independiente. La
clase obrera está
llamada a asumir los
valores históricos
de la nacionalidad,
envilecidos por el
imperialismo y la
burguesía asociada.
La tarea del Partido
Comunista de
Venezuela es
articular la unidad
con los otros
destacamentos
políticos de la
clase obrera y el
campesinado, las
capas medias y
sectores de la
burguesía, en un
bloque nacional anti-imperialista
para adelantar el
desarrollo y
defender la
soberanía nacional.
¿Puede la clase
obrera liderizar un
proyecto político
que no sea
estrictamente
socialista? Para la
dialéctica marxista
la clase obrera
tiene que
plantearse la tarea
que le impone la
realidad concreta.
El Manifiesto
Comunista de 1848 no
contiene un programa
socialista
inmediato. La Nueva
Política Económica
de Lenin no era un
proyecto
socialista, como
tampoco lo fué el
programa para tomar
el poder. La
reciente
experiencia de
China, Vietnam y
Cuba nos dice que la
clase obrera en el
poder puede admitir
y estimular formas
capitalistas de
producción si lo
imponen así las
condiciones
económicas objetivas
cuando ello es
necesario para
desarrollar las
fuerzas productivas.
El poder político es
la cuestión clave.
El Estado es un arma
en manos de la clase
que lo detenta. En
manos de la clase
obrera es un arma
para la liberación
de toda la sociedad
y la propia
liberación. Para
ello es necesario
unir a la inmensa
mayoría de la
población e impulsar
las transformaciones
que reclama la
realidad concreta.
En las condiciones
de un país
dependiente la
realidad concreta
impone la unidad de
todas las clases
interesadas en la
ruptura de la
dependencia.
El nuevo bloque
social y político
tendría un carácter
contradictorio y la
hegemonía se coloca
en el centro del
problema. La
formación social que
impulsamos supone
la existencia de
diversos modos de
producción:
capitalismo de
Estado, capitalismo
privado y formas
socialistas de
producción. Es, por
tanto, una
formación social
mixta cuyos modos de
producción luchan
por conquistar la
hegemonía económica
y política. Una
lucha que, sin
embargo, en la
medida en que apunta
hacia el desarrollo
nacional, apunta
hacia el desarrollo
de cada modo de
producción. Unidad
dialéctica de los
contrarios contra
la dominación
imperialista.
Este no es un hecho
inédito en nuestra
historia. Eso fué la
guerra de
independencia y el
23 de enero de 1958.
Ambas experiencias
nos enseñan que la
hegemonía por una
clase social que no
está decidida a
enfrentarse al
bloque dominante
conduce a la
frustración del
proyecto nacional.
Unidad y lucha nos
exige el proceso en
las condiciones
objetivas de esta
etapa histórica.
A escala mundial se
pone de manifiesto
el peso que
continúan teniendo
los intereses
nacionales. La lucha
de clases a nivel
mundial adquiere
características
específicas dentro
de los límites de
las fronteras
nacionales. Los
países
imperialistas,
dirigidos por sus
burguesías, pugnan
por la hegemonía.
Los países del
Tercer Mundo luchan
por la independencia
y por la superación
de la miseria. La
globalización y el
neoliberalismo son
la justificación
ideológica de la
dominación
imperialista. La
liberación nacional
es la lucha de los
países oprimidos. La
internacionalización
del capital busca
liquidar la
soberanía de los
pueblos y las
naciones luchan por
defender su
soberanía. El
imperialismo
pretende eliminar
las culturas
nacionales y éstas
ofrecen resistencia
al imperialismo. Los
intereses de clase y
los intereses
nacionales se
cruzan
inextricablemente.
Las clases
dominantes pretenden
obrar en nombre de
la nación. Las
clases oprimidas
representan la
inmensa mayoría de
la nación. Los
valores culturales
de la nacionalidad
se siembran en el
corazón de los
oprimidos mientras
el bloque dominante
negocia con esos
valores.
Dentro de este
panorama la clase
obrera tiene que
plantearse la unidad
nacional contra el
bloque encabezado
por el imperialismo.
En un país de
inmensas riquezas
como el nuestro,
siempre pudo el
imperialismo
neutralizar y
engañar a la
mayoría. Lo nuevo es
que el neo
liberalismo y la
globalización ponen
al desnudo que la
miseria, la
ignorancia y todos
los males sociales
que padecemos
obedecen al hecho
descarnado de que
el imperialismo
impide nuestro
desarrollo. Un gran
proyecto nacional
que aglutine a las
mayorías es la tarea
que tenemos por
delante. Allí juega
un papel de primera
línea la
intelectualidad.
Economistas,
historiadores,
sociólogos,
antropólogos y
científicos en
general deben
avocarse a la
elaboración de las
tesis y programas
que reclama ese
proyecto y necesitan
las fuerzas
impulsoras del
cambio. La
discusión abierta y
la elaboración
conjunta en
sindicatos, obreros
y campesinos,
asociaciones de
vecinos,
universidades,
gremios, movimientos
estudiantiles y
femeninos, partidos
políticos, etc. es
condición
indispensable del
éxito.
*
Abogado y Sociólogo
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