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La historia es un
proceso abierto
*
Por Emir Sader
Este siglo es el
primero en el que el
capitalismo se ha
tenido que enfrentar
a un sistema social
antagónico. No fue
el siglo del
socialismo, como se
preanunciaba a fines
del siglo pasado.
Los análisis de los
marxistas y de la
gente cercana al
marxismo apuntaban
hacia la agudización
de las
contradicciones
interimperialistas,
hacia las guerras
mundiales, hacia la
maduración de las
condiciones para el
socialismo. En eso
estaban correctos.
Sin embargo, como
sabemos, el
socialismo explotó
en la periferia del
capitalismo. Sabemos
también, ya desde
los textos de Marx,
desde la
Ideología alemana
- de la que se
cumplieron, en 1996,
150 años de su
publicación - que el
socialismo no podía
surgir y sobrevivir
sólo en la periferia
del capital. Marx
decía que la
socialización de la
miseria terminaría
por significar una
regresión social.
Sabemos que el
socialismo significa
la negación
dialéctica del
capitalismo, es
decir, su superación
y la incorporación
de su desarrollo y
no simplemente una
sociedad alternativa
al capitalismo.
A partir de esa
situación, varios
problemas se han
planteado, uno de
los cuales es
central para
nosotros. En el
socialismo tal cual
ha existido hasta
hoy - surgido en la
periferia y no en el
centro del
capitalismo - ha
faltado la
socialización de los
medios de producción,
la socialización del
poder, la
apropiación por los
hombres, organizados
colectivamente, de
las condiciones
materiales de su
existencia, para
adueñarse de su
destino.
Los medios de
producción han sido
estatizados y
no socializados, lo
cual significa que
no ha habido
socialización del
poder, socialización
de la política.. La
política ha sido
apropiada; junto con
los medios de
producción, por la
burocracia que, a su
vez, se ha adueñado
del partido único.
Los trabajadores,
los ciudadanos, no
han hecho suya la
revolución, no
fueron los sujetos
de ese proceso.
Una de las lecciones
del siglo es que la
historia no tiene
una dirección
predeterminada hacia
la cual camina.
Aprendimos que la
humanidad no camina
hacía ninguna
dirección
determinada. No
tienen sentido
afirmaciones tales
como «la historia
camina hacia el
socialismo», «el
futuro pertenece por
entero al
socialismo», «la
historia no vuelve
hacia atrás». La
historia no camina
hacia el socialismo
como forma
predeterminada. No
existe ninguna
«rueda de la
historia» que no
giraría hacia atrás.
Hay, en el
capitalismo,
elementos que
permiten luchar por
el socialismo. Pero
el socialismo es una
sociedad construida
concientemente por
los hombres y, por
lo tanto, no hay
leyes objetivas que
hacen que la
historia camina
hacia ese tipo de
sociedad,
independientemente
de la voluntad
conciente de los
hombres.
Los hombres nacen la
historia, lo
sabemos, a partir de
las condiciones que
heredan. A partir
del capitalismo, la
historia tiene la
posibilidad de su
transformación
conciente por parte
de los hombres
organizados, de la
crítica y la
superación práctica
del capitalismo,
transformando las
armas de la crítica
en la crítica de las
armas. La historia
se transforma en lo
que los hombres,
conscientes,
organizados, son
capaces de hacer de
ella. No hay ninguna
ley predeterminada
que decida sobre el
destino de los
hombres.
Del socialismo
nacido en la
periferia del
capitalismo, los
hombres intentaron
construir el
socialismo, haciendo
caso omiso del
retraso de las
condiciones
económicas, sociales
y culturales. De ese
desconocimiento de
las condiciones
materiales surgió,
paradójicamente, una
concepción
determinista: no
importa cómo y dónde
nazca, el socialismo
es el futuro de la
humanidad. Los
adeptos y sus
críticos de
izquierda fueron
esclavos de esa
concepción.
Triunfando, la
concepción soviética
del socialismo
preanunciaba el
futuro, derrotada,
lo sería por los
trabajadores, que
corregirían sus
deformaciones. Pero
la URSS y el llamado
campo socialista
serian preanuncios
irreversibles de un
futuro inscrito en
la realidad
histórica del
capitalismo.
En los años 30, la
URSS llegó a
anunciar el fin de
la historia, cuando
su constitución ya
hablaba del fin de
las clases. A quien
está ganando el
partido interesa
determinar su final.
Como ahora les toca
a otros el deseo
imposible de
congelar la historia
en su forma actual.
Los marxistas o el
llamado marxismo
soviético, pero con
influencia en otras
corrientes también,
fueron tentados a
asumir una
concepción de la
existencia del leyes
predeterminadas de
la historia.
La revolución es una
posibilidad
histórica. Hasta
aquí, ha sido la
excepción, porque,
para que exista,
tienen que
concurrir,
simultáneamente, una
serie de elementos,
objetivos y
subjetivos. Ese
mismo complejo de
contradicciones
puede conducir a la
revolución o a la
contrarrevolución.
De formas análogas,
Lenin y el Che
decían lo mismo:
cuando lo
extraordinario se
vuelve cotidiano, es
la revolución.
Utilizaban la
palabra
«extraordinario»
porque se trata de
condiciones
excepcionales.
Por eso la historia
es un proceso
abierto. La idea que
el mundo caminaba
hacia el socialismo,
aparentemente nos
infundía ánimo y
energía, pero, sin
embargo, nos
desmovilizaba. Si
hay una ley
histórica, más allá
de la voluntad
conciente de los
hombres, ¿por qué
entregar 10 que
tenemos de mejor,
nuestra mejor
capacidad
intelectual, nuestra
militancia, si las
cosas tienden hacia
el socialismo?
Aprendimos esto de
manera muy dura,
pero hay que sacar
de allí lecciones
importantes.
Este siglo nos trajo
aquello que podemos
descriptivamente
llamar de un
socialismo de Estado
- «socialismo»
porque se reivindicó
el socialismo,
porque fue conocido
como tal, porque
apareció a la gente
como tal: «de
Estado», porque este
fue el sujeto, en
lugar de los
trabajadores -, un
socialismo en el que
sobrevivió la
explotación, la
dominación política
y la alienación. Sin
embargo, fue la
construcción más
generosa que la
humanidad ha creado
hasta hoy. Fue allí
donde más se
confrontó con el
mercantilismo, con
el egoísmo y con
otros fenómenos que
el capitalismo lleva
hasta el extremo.
Por lo tanto, es
forma superior, más
importante que la
humanidad haya
construido hasta
hoy. Sin embargo, no
fue construida por
los trabajadores
como sujetos
políticos. Tuvimos
sociedades del
trabajo, donde ya no
había los que vivían
del trabajo ajeno -
en el sentido
capitalista - pero
con alienación, con
explotación, con
dominación.
El tema planteado
por Norberto
Bobbio hace
algunos años, de que
no hay una teoría
del Estado en el
marxismo, es un tema
central. ¿Por qué no
había una teoría del
Estado? Porque
nuestra previsión
era que el
socialismo, llegado
al centro del
capitalismo,
estallando en el
centro mismo del
capitalismo,
aceleraría el
proceso de
transición hacia una
sociedad sin clases,
sena un proceso
relativamente corto
en el tiempo. Ese
Estado se
debilitaría muy
rápidamente,
tendiendo a su
extinción.
No han ocurrido las
condiciones que
mencionábamos. El
socialismos apareció
en la periferia y
entonces la
tendencia no fue
hacia el
debilitamiento del
Estado, sino hacia
su fortalecimiento.
Hubo una
identificación entre
fuerza del Estado y
fuerza del
socialismo. Cuanto
más fuerte el
Estado, más fuerte
el socialismo. Y
esto bloqueó la
posibilidad de
socializar el
Estado, porque éste
por definición
concentra en sí
mismo la política,
el poder, expropia a
la sociedad el
ejercicio del poder,
excluye a la
ciudadanía. Un
Estado socializado
es una
contradicción, pero
es la forma
contradictoria que
apunta hacia su
extinción. El Estado
se fortaleció cada
vez más. Y, sin
embargo, nada más
contradictorio con
el socialismo, con
su dimensión
libertaria, que el
Estado como
organismo autónomo y
separado de la
sociedad.
Es en ese sentido
que hay que
ensanchar el
vocabulario, el
objeto mismo de la
política en el
marxismo. Hay que
recuperar categorías
como ciudadanía,
sociedad civil
(en el sentido
gramsciano del
término, de sociedad
política),
derechos,
construcción de
sujetos políticos,
autonomía y
autoemancipación de
los trabajadores,
construcción de
movimientos sociales,
etc. Hay que
construir la
contradictoria
teoría del Estado,
de un Estado que se
afirma negándose.
Que se afirma como
representante de la
nación, elevando los
trabajadores a eje
del noble bloque en
el poder. Que se
afirma a nivel
nacional, trabajando
por la constitución
de un nuevo
internacionalismo,
de un polo
alternativo de
fuerzas a escala
mundial, que
cristalice una
estrategia
anticapitalista a
escala mundial, por
lo tanto, negándose
como Estado
nacional.
*
Miembro del Consejo
de Redacción de la
revista Teoría y
Debate, del Partido
de los Trabajadores
de Brasil.
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