Chiapas
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Causas de la Rebelión en Chiapas

 

*Pablo González Casanova

 

La arbitrariedad

 

Parece anticuado hablar de causas. El concepto es sin embargo legítimo. Su uso se hace necesario para contestar a las explicaciones arbitrarias de lo que pasa.

 

La rebelión indígena y campesina en Chiapas dio pie a que los grandes escritores y poetas, careados por la televisión y amplios círculos oficiales, elaboraran nuevos mitos satánico, pa­recidos a los que en la Edad Media des­orientaban el conocimiento de los infelices e intimidaban a los incrédulos con el fuego de la hoguera en que se que­maban los valientes.

 

Los ide6logos neoliberales de hoy intentaron explicar la rebelión de Chiapas como obra de «estalinistas» y «extranjeros», .de minorías de obceca­dos y advenedizos que manipulan a los «pobrecitos indios». Después, también han querido explicarla como una. mera «rebelión de indios». Si por «causa» en­ tendemos los factores que anteceden y determinan un hecho, la explicación con mitos modernos, por distinta que sea de las medievales, atribuyen a fuerzas malignas las batallas que desagra­dan a los poderosos.

 

La violencia en la interpretación obliga a recuperar y esclarecer las «ver­daderas causas».

 

Primera: una herencia rebelde

 

Los mayas destacan entre los pue­blos que más han resistido a la conquis­ta. En Yucatán y Guatemala no fueron sometidos sino hasta 1703 y pronto vol­vieron a rebelarse. En Chiapas organi­zaron una gran revuelta en 1712. Dice el Chilam Balam: «Vino el pleitear ocultamente, el pleitear con furia, el pleitear con violencia el pleitear sin misericordia». Yesos mismos pueblos se volvieron a rebelar el 1 de enero de 1994. ¿Por qué y contra qué? Contra una violencia renovada que ha intentado destruir la identidad, la personalidad, la dignidad de hombres y mujeres a los que les arrebata constantemente sus tie­rras, los explota en forma inmisericorde, y los hambrea hasta convertirlos en se­res que parecen niños tan poco, que han comido en muchas generaciones. Que hoy los mayas se rebelan de nuevo como tzeltales, tzotziles, dioles, zoques y tojobales corresponde a un legado que produce los mismos efectos en otras regiones de mesoamérica.

 

En los altos de Chiapas esta vivo el mito de Juan López, hombre invenci­ble venido del cielo que luchó contra el ejército hace muchísimos años, y que prometió regresar para ayudar a los in­dios en sucesivas batallas.

 

Segunda: La crisis de la hacienda tradicional

 

En el origen de la rebelión también está el desarrollo de Chiapas. Desde los años treinta había empezado la crisis de los latifundios cafetaleros. Los peo­nes acasillados huían a otras regiones menos desgraciadas. En los cincuenta vino la liberación de los peones por las haciendas ganaderas en formación. Es­tas ya no necesitaban sus servicios. En la década de los 70 terminó virtualmen­te el «peón acasillado». Chiapas se con­virtió en gran productor de electricidad y petróleo. De nueva cuenta los peones «libres» abandonaron las fincas cafeta­leras, cáñamo, maiceras e incluso ganaderas. Se fueron a los trabajos de elec­tricidad y petróleo, de presas de carre­teras. Otros se encaminaron a la Selva para hacerse a una vida pobre pero pro­pia; son los que hoy habitan por el te­rritorio donde se mueve el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

 

En la Selva, tzeltales, tzotziles, choles, zoques, rojolobales y mestizos se relacionaron entre sí. Surgió entre todos una identidad de etnias oprimi­das frente a finqueros, ganaderos, y «kaxlanes», como llaman a los «ladi­nos» o mestizos. La identidad empezó a formarse a mediados de los setenta. Aumento en los ochenta con la Asocia­ción Rural de Interés Colectivo Unión de Uniones (ARIC U de U), y culminó a fines de esa década con un proceso de integración de los organizaciones de etnias y trabajadores. Sus miembros habían dejado la servidumbre sin en­contrar acomodo en el nuevo desarro­llo del país.

 

Tercera: la acción pastoral

 

La tercera causa del cambio -en un orden difícil de determinar- provino de la Iglesia Vaticana II y de la Conferen­cia Episcopal de Medellín. Desde allá llegó una renovación pastoral «auxilia­da de la sociología religiosa y con la animación del Movimiento por un Mun­do Mejor».

 

La sistematización del cambio se expresaría en la teología de la libera­ción, hoy violentamente censurada por los ideólogos neoliberales, y mundial­mente famosa. La teología de la libera­ción expresaría a un importante movi­miento cristiano a que respetando el dogma y la fe impide que uno y otra se usen contra los débiles y los pobres.

 

La acción pastoral de ese movimien­to empezó por los años setenta: curas y catequistas de se dedicaron a enseñar a los indios que son seres humanos. Con fundamento en el Concilio Vaticano II les enseñaron a expresar su pensamiento, a .valorar la vida de su comunidad con la palabra de Dios y con la inter­pretación de la Biblia. Los adiestraron -con base en sus costumbres de discutir y llegar al «acuerdo»- en nuevas for­mas de organización para el trabajo co­lectivo, en la discusión fraternal y en la toma de decisiones. Desde la fe les llevaron a interpretar los textos sagrados: a leer el Éxodo para que los identifica­ran con sus pueblos, y hallaran en la historia de los judíos la de su propia opresión. Les enseñaron a interpretar la utopía cristiana del Reino de Dios en su propia tierra. Es más, les dieron las bases de una cultura democrática en que empieza uno por respetarse a sí mismo pare respetar a los demás, y para cons­truir con todos las organizaciones que representan los intereses comunes, y una Iglesia Católica que incluye al Tzeltal, al Chal, al Tojolabal.

 

Los propios curas oyeron a los in­dios y cambiaron su pastoral, incrementaron «la reflexión y la prác­tica» de lo que llamaron «catequesis de encarnación» que tendía «a que la pa­labra de Dios se revistiera y divinizara»del acontecer histórico, de la cultura, de la vida comunitaria de los pueblos indios. Los catequistas «se convirtieron en portavoz de la reflexión de la comu­nidad y dejaron de ser maestros que lle­vaban una reflexión prefabricada».

 

El trabajo de educación y cateque­sis fue extraordinario. También el de organización. Ningún partido político o instancia cultural ha hecho algo pa­recido. Un obispo de San Cristóbal lla­mado Samuel Ruis, con los sacerdotes, párrocos y diáconos del Obispado pre­pararon en 2708 comunidades a más de 400 prediáconos y a 8.000 catequistas. «Vivieron la caridad» como pobres y como 'indios, y transmitieron a los po­bres y a los indios «todas esas malda­des» que consisten en creer, pensar y «ser» orgullosamente indios.

 

En la Diócesis nacieron diversos «ministerios de la comunidad»; desde sus culturas indígenas mayenses «ad­quirieron el compromiso que lleva a la construcción del Reino de Dios en la justicia y la verdad». Catequistas, se­cretarios, principales, mayordomos, presidentes, coros, responsables de re­giones, promotores de salud, coordina­dores de mujeres, tuhumeles (o diáconos) y' servidores en la defensa de los derechos humanos «respondieron a la necesidad de que los despojados ca­mines».

 

Cuarta: a los estudiantes del 68

 

Después del 68 -que en México ter­minó con el sacrificio de Tlatelolco- los líderes estudiantiles siguieron muchos caminos: unos se integraron al sistema, o el sistema los cooptó; otros organiza­ron movimientos sociales urbanos y co­lonias populares; otros contribuyeron a formar partidos políticos, como el PRD (partido de la Revolución Democráti­ca), el más grande de la izquierda en la historia de México; otros más, ayuda­ron a organizar movimientos campesinos, o se fueron a las guerrillas de So­nora, Chihuahua, Guerrero. En la ideo­logía de los antiguos estudiantes había un elemento común: luchar por una democracia en que el pueblo trabajador y explotado tome las decisiones por sí mismo y se prepare para dar fin a un sistema represivo, autoritario y exclu­yente.

 

A mediados de los 70, los antiguos sobrevivientes del 68 empezaron a lle­gar a Chiapas. Se integraron a las organizaciones populares. Las «ayudaron a adquirir una mayor conciencia para llevar adelante sus luchas». En 1976 los militantes de la Unión del Pueblo se internaron a la Selva: tenían ricas ex­periencias de organización en el Valle del Mayo y del Yaqui y en la Laguna.

 

En medio de errores, desencuentros, crisis teóricas y estratégicas los líderes del 68 plantearon la necesidad de la unión y organización de todos los «obre­ros campesinos, colonos, estudiantes, pequeños comerciantes, empleados, profesionales». Propusieron elaborar un programa de luchas por tierras y sala­rios, por escuelas y clínicas, y en gene­ral por mejores condiciones de vida.

 

Las principales diferencias internas surgieron por el mayor o el menor res­peto a la democratización de las organizaciones. El triunfo de la posición democrática se debió a la tesis que vin­culaba la expresión de opiniones con la información y con la participación: «Es necesario que exista -afirmaba un do­cumento de 1977- la más amplia democracia, que consiste en una gran parti­cipación de ideas y opiniones sobre el punto que se está tratando. En una re­unión o asamblea debemos lograr que todos tengan suficientes informaciones para que puedan opinar... Se requiere escuchar el mayor número de opiniones e ideas y proporcionar una amplia participación...» El principal objetivo es -añadía-: «que a partir de las deman­das más sentidas del pueblo, se formen organizaciones de masas...» El movi­miento expresaba «el aire revoluciona­rio» característico de la época, con sus variantes en la lucha contra la explota­ción del hombre por el hombre. Postu­laba también la instauración de un sis­tema que hiciera de la democracia en las propias organizaciones de masas, su arma fundamental. Los dos objetivos ­ -el de la lucha contra la explotación y el de la lucha por la democracia- se man­tienen hasta hoy, y se han extendido como valores y internalizados por las organizaciones de la Lacandona y del Ejército Zapatista de Liberación Nacio­nal. Otros -como el socialismo y la lu­cha de clases- perdieron su valor estra­tégico y salieron del escenario por un tiempo indeterminado.

 

Un sistema de «asamblea itine­rantes» permitió que todos aumentaran su capacidad y práctica milenaria de discutir y decidir. La disensión y el «Acuerdo» se extendieron a lo largo y ancho de la Selva. Quienes habitan en ella adquirieron una cultura común que con distintas lenguas une a etnias, reli­giones, e ideologías en las mismas me­tas y en las mismas acciones. Apren­dieron algo nuevo: cómo discutir y de­cidir sobre la lucha revolucionaria y cómo defender a sus organizaciones de los agentes provocadores. Los revolu­cionarios aprendieron que los ritmos del pueblo no son los de ellos. Aprendie­ron que no sólo es cosa de organizar a los indios sino aprender cómo están or­ganizados. Construyeron organizacio­nes y politizaron a las existentes. Se politizaron ellos mismos y se confundieron con los demás. Dejaron sus ideas marxista-fundamentalistas. Descubrie­ron que el «reordenamiento del mundo» sólo podría venir de una lucha por la democracia que incluyera y partiera de las autonomías, y los derechos de los pueblos indios y de los pobres que no son indios hasta abarcara toda la na­ción. Contando con ella con sus trabajadores y su pueblo.

 

Un gran plan de provocación oficial se montó de nuevo en la ultraizquierda. Buscaba derivar en la desorganización de las bases independientes y en el for­talecimiento de las organizaciones de masas del Estado. Provocadores y ultraizquierda no lucharon por lo posible. Tampoco por lo imposible. En lo que podían desorbitaban las ideologías, desquiciaban las acciones y encarecían su propia exaltación verbal de gesticuladores revolucionarios.

 

Los dirigentes de la Selva enfrenta­ron a la provocación y a la ultraizquierda con una nueva cultura y una nueva política de preservación vi­tal y de autonomía, de serenidad y fir­meza. También disuadieron y derrota­ron a los acomodaticios y su propen­sión a aceptar concesiones individua­les y colectivas con pérdida de la digni­dad personal y de la autonomía políti­ca. Los argumentos ultraizquierdjstas sobre «la línea correcta», con batallas de antemano perdidas, y los de coopta­ción e integración de individuos y clien­telas, fueron enfrentados y encauzados por la democracia con justicia y digni­dad. Así, muchos revolucionarios veni­dos de fuera de la selva pasaron de la revolución esperada a la inesperada. Aprendieron a luchar por lo imposible para adelantar lo posible.

 

Quinta: menos tierra para más «pobres»

 

En 1971, por decreto presidencial se entregó media Selva a una etnia casi extinta: los lacadones. Con el pretexto de preservar a unos cuantos que queda­ban, se pretendió arrebatar las tierras, a ltzeltales, tzotziles, choles, tojolobales y zoques, que las habitaban desde ha­cía dos o tres décadas, y a quienes se acusó de «usurpadores». Detrás del decreto había un gran negocio de políti­cos y madereros. Todos se presentaron como la Compañía Forestal Lacandona, S.A … Esta se apresuró a firmar un con­trato con los «legítimos dueños» de la tierra, Adquirió así el derecho de ex­traer al año 35 mil metros cuadrados de .madera, lo que equivalía a 10 mil árboles de cedro y de caoba. La selva se volvió monopolio de la compañía. Su extensión era nada menos que de 614.321 hectáreas.

 

Ayudada por el gobierno, la Compañía se propuso «reubicar», esto es, expulsar a los supuestos intrusos. Al­gunos se fueron de la región; otros em­pezaron a luchar por defender sus tie­rras. Eran la mayoría.

 

Los cientos de líderes indígenas del Éxodo, los ocho mil «catequistas», los ex-líderes del 68, los de las guerrillas del Norte y el Pacífico empezaron una nueva etapa de movilizaciones que los llevó a la capital del estado y hasta a la capital de la República (1981). Fue el inicio de grandes luchas legales que se combinaron con acciones directas.

 

La tierra en Chiapas, fuente de sus­tento principal de «los pobres» se vol­vió cada vez más escasa. Al mismo tiempo hubo un crecimiento natural de la población; en el área rural creció a una tasa de 3,6% anual. Hacia 1985 en las regiones con disponibilidad familiar de 16 hectáreas se pasó a tener en pro­medio menos de 4 hectáreas por fami­lia. El crecimiento de la población fue factor muy importante para el empobre­cimiento de los campesinos que ya eran pobres, sobre todo porque se combinó con el despojo de tierras y recursos por las compañías y los terratenientes. Aún antes de ser muchos, los campesinos ya carecían de créditos, de asistencia técni­ca y de mercados humanamente acep­tables. Por todo eso, la presión demográfica, que resultaba cada vez mayor, se volvió intolerable.

 

Los sin tierra cobraron cada vez más conciencia de que mientras a ellos los habían empobrecido, marginado y ex­cluido, los grandes propietarios tenían latifundios simulados que ni siquiera explotaban. Como no sólo realizaron movilizaciones de protesta, sino empezaron a ocupar algunas parcelas ya cul­tivarlas, el carácter violente de la res­puesta de los finqueros se volvió siste­mático. Si antes atacaban violentamente a los indios para quitarles sus derechos ahora los atacaban «con más razón» y con mucha saña acusándolos de violar la sagrada propiedad privada, la paz social y el derecho. Líderes encarcela­dos y asesinados, familias y comunidades, desalojadas y perseguidas, tierras recuperadas por el ejército o por las guardias blancas. En todas partes se mantiene el recuerdo de las respuestas violentas.

 

El 7 de noviembre de 1991 el Eje­cutivo Federal -en cumplimiento de la política neoliberal acordaba con el Fon­do Monetario Internacional, de las exi­gencias para el Tratado de Libre Co­mercio (TLC-NAFTA), y siguiendo los intereses de los grandes latifundistas y políticos mexicanos y extranjeros- en­vió al Congreso un proyecto de refor­ma al Artículo 27 Constitucional. El nuevo texto no sólo legalizaba los lati­fundios simulados y legitimaba las de­claraciones de que ya no hay más tie­rras que repartir, sino facilitaba la pri­vatización de tierras ejidales y comu­nales por los latifundistas.

 

El nuevo texto fue aprobado en una alianza del PRI y el PAN que fundó al nuevo Estado Mexicano. Los hacenda­dos se sintieron desde entonces favore­cidos por el marco legal. Amparados por sus guardias blancas y por los aparatos del Estado formaron una moderna or­ganización para gobernar a Chiapas: la «Unión para la defensa de la ciudada­nía». Los latifundistas se volvieron «demócratas». De su democracia ladina expulsaron a los indios que no les eran útiles, y cuando también pretendieron expulsarlos de la Selva, muchos desgra­ciados se prepararon para resistir. Era su último refugio y resolvieron defen­derlo. Pero no sólo ellos lucharon, sino los campesinos y los indios de muchas regiones de Chiapas, en especial de los Altos. Durante esos años se habían or­ganizado cada vez más mientras el go­bierno y los terratenientes pretendían seguirlos tratando como cuando no es­taban organizados: con las mismas po­líticas de ninguneo, de represión y de cooptación. Ya no funcionaron.

 

Sexta: la politización de los «pueblos indígenas»

 

En la conciencia política se encuen­tran los fracasos electorales de los in­dios. Hacia 1982, dentro del Partido Socialista Unificado de México (PSUM), en Las Margaritas, los tojolobales lucharon por la presidencia municipal. Al perder, «perdieron la es­peranza», según decían. En 1974, los indios de San Juan Chamula tomaron la presidencia municipal como protes­ta ante el fraude electoral cometido por el Pro. Días después fueron desaloja­dos por el ejército. A partir de entonces un gobierno de caciques inició la persecución de miles de chamulas a los que acusó de ser protestantes. Los expulsa­dos se quedaron sin casas y sin tierras. Hoy, más de 20 mil de ellos viven en las afueras de San Cristóbal. Están en la miseria. Los caciques ejercen en Chamula una dictadura autónoma y bru­tal dizque por respeto a su «costum­bre».(l2) Se apoyan en maestros «bi­lingües», que forman con ellos un nue­vo grupo de poder vinculado al gobier­no estatal e incluso federal, y a los comerciantes y finqueros. «En Mitontic, Chenalhó, Tenejapa dominan a su an­tojo». (Para que algunos expulsados re­gresaran fueron necesarias inmensas presiones y distraer a los caciques con un viaje a Roma y a Israel).

 

La democracia electoral en las re­giones indígenas es una ficción. Los gobiernos locales se parecen a los de la época colonial. En los ritos electorales, los ladinos y sus aliados indios discri­minan, reprimen, encarcelan, expulsan y asesinan a sus opositores. La crónica de sus crímenes políticos es intermina­ble. A veces ejercen el poder en forma paternalista, e incluso en alianza con los «Consejos Supremos Indígenas y con otros organismos oficiales que prac­tican un cierto populismo limitado. El paternalismo beneficia poco y a muy pocos...

 

La experiencia indígena en materia política es que los representantes inme­diatos de los indios pueden ser democráticamente controlados en sus propias comunidades; pero cuando entran a for­mar parte del gobierno municipal y ocu­pan puestos más altos «no les queda otra», que corromperse, someterse o morir. Aunque algunos se someten a medias y piden algo para su gente, la pérdida de su dignidad les hace mucho daño, y es causa de verdaderos estragos para cualquier política de acumulación de fuerzas.

 

En muchos poblados de México, la oficina municipal del PRI está ubicada en la presidencia municipal. Lo mismo ocurre en Chiapas. Sólo que en las zo­nas indígenas, por lo general las auto­ridades rechazan la intromisión de cual­quier partido político que no sea el ofi­cial. Terratenientes y ganaderos las apo­yan. Nada que afecte al PRI o a los gran­des propietarios es tolerado. La función electoral se hace sin planteamientos que atenten contra los privilegios y los privilegiados, o que impliquen la posibili­dad jurídico-política de elegir represen­tantes contrarios al PRI y a los ganade­ros o finqueros.

 

En 1994 -con la solidaridad del EZLN- se hace un primer intento de lucha electoral en la que los pueblos indios participan a la ofensiva con una gran parte de la ciudadanía. Distintas organizaciones lanzan un candidato de la sociedad civil y del PRD a la gobernatura del Estado; es una circuns­tancia novedosa que parece inaugurar una nueva etapa de luchas políticas y sociales. La vieja clase-etnia dominan­te reacciona con extremada violencia y logra el apoyo deseado cuando el 9 de febrero de 1995 el Ejército ataca en la Selva destruyendo a los poblados zapatistas. Si el nuevo movimiento busca una lucha política con dignidad de sus integrantes y autonomía de sus or­ganizaciones, la vieja-nueva clase co­lonial pone todo el peso en una política que destruya vida o dignidad de los indios, y cualquier asomo de su autono­mía o mediación política para la defen­sa de sus derechos e intereses vitales. De paso, y «como quien no quiere la cosa» ataca en general al bajo pueblo, a los movimientos populares urbanos y a las clases medias que luchan contra el orden secular y «moderno».

 

En todo caso se estructura claramen­te una fuerza y una organización políti­ca, democrática y autónoma en las pro­pias formaciones indígenas y campesi­nas.

 

Semejante proyecto irritó la «larga duración» de los sentimientos colonia­listas, racistas, etnicistas, «fascitas» de las viejas oligarquías blanco-mestizas que dominan la región desde hace 500 años y cuyos intereses se empalman con los de las compañías dispuestas a per­seguir y exterminar a los indios, cuan­do sea necesario, para quitarles sus pro­piedades o los territorios en que sobre­vivan. Es cierto que las fuerzas domi­nantes, en sus expresiones más reaccionarias están dispuestas a impulsar un proyecto de democracia con colonialis­mo. La simulación es parte de su lógi­ca. En los hechos, la conciencia nota­ble de los indios, la cada vez más pode­rosa organización de sus fuerzas, el evi­dente ascenso de sus luchas desde que en octubre de 1974 organizaron en San Cristóbal de las Casas el Congreso In­dígenas; nada les permitió resolver sus más elementales problemas. Al contra­rio, éstos se agravaron con la crisis, el neoliberalismo y la creciente represión.

 

Séptima: la violencia y la ley

 

En el régimen racista y oligárquico de Chiapas la violencia institucional es ley. Sin arriesgarse a ningún tipo de castigo, en la tierra, el trabajo y la polí­tica, quienes detengan el poder tiene la posibilidad de violar la ley sea ésta agraria, laboral o electoral. Lo contrario ocurre con quienes son indígenas o mestizos pobres, campesinos, trabaja­dores y hasta empleados: en cualquier momento se les pueden lanzar falsas acusaciones y aplicar les todo tipo de castigos por delitos imaginarios.

 

Hay un racismo y un crimen cosificados del que ni se habla en las reuniones elegantes o cívicas. En 1970, en la ribera de Cupic algunos jóvenes terratenientes se divertían practicando el tiro al blanco con indígenas medieros. En Tapachula, Pichucalco, La Concor­dia, Joltenango, La Paz, había unos ce­menterios escalofriantes llamados «par­ticulares» en donde se enterraba a los desaparecidos. «La ley del monte orde­na que al indio y al zanare se les mate». En las fincas hay cárceles. En las cár­celes hay cepos. En los cepos, hay en­carcelados que no están encauzados. Los indios no entienden el lenguaje del fis­cal, ni el juez entiende el de los encarcelados. La mayoría, no tienen amigos o padrinos que los defiendan. «No hay profesionistas tojolobales. No hay sacer­dotes, no hay gente de gobierno -dice un antropólogo- ...El sistema difícilmente toleraría que un tojolobal ocupa­ra la presidencia municipal. Al desapoyo se añade la ignorancia y a la ignorancia el terror interiorizado...» Un indio que reclama sus derechos es un terrorista. Provoca irritación y da mie­do.

 

La ley sólo regula las relaciones en­tre los poderosos o justifica sus atrope­llos. Y esto si es necesario. La mayoría de las veces no es necesario justificar los atropellos de los poderosos. Hay sis­temas de reacionalización y de «opción racional» que permiten renovar el sis­tema sin el menor complejo de culpa, como «lo debido», «lo natural» y «lo racional».

 

Las estadísticas del terror no son confiables; son terribles. De 1974 a 1987 se cuentan 982 líderes asesinados tan sólo en una parte de la región indí­gena de Chiapas; 1.084 campesinos detenidos sin bases legales; 379 heri­dos de gravedad; 505 secuestrados o torturados; 334 desaparecidos; 38 mu­jeres violadas; miles de expulsados de sus casas y sus tierras; 89 poblados que sufrieron quemas de viviendas y des­trucción de cultivos.

 

Absalón, «aumentó la violencia en ciento por ciento», dice un ex líder. Conforme la crisis se acentuó, los cam­pesinos descubrieron que si protestaban los reprimían aunque fueran del PRI, como ocurrió con un movimiento en 1986. Su politización y su firmeza los hicieron defenderse de la muerte inútil, de provocadores como los de «Antor­cha Campesina», que los llevaban a lu­chas suicidas, y también de quienes buscaban mediatizarlos y corromperlos, atados al sistema, como los de la «ARIC Unión de Uniones» que se juntaron al PRI. Más y más campesinos e indíge­nas defendieron con prioridad la auto­nomía de sus organizaciones. Muchos se pasaron a los contingentes del EZLN en una actitud originalmente defensi­va; pero que hacía de la «autonomía ese concepto irrenunciable y generalizado, comprensivo y mucho más profundo que la autonomía de la persona huma­na, o que la autonomía municipal, o que la autonomía de los partidos políticos respecto al Estado, o que la autonomía universitaria, o que la autonomía de las regiones étnicas y multiétnicas. Entre incomprensiones el concepto de «auto­nomía» como el de «dignidad», adqui­rió todos los perfiles de un nuevo pro­yecto de democracia. Muchos todavía no lo entienden. No descubren hasta qué punto, el movimiento iniciado en la Lacandona y en Chiapas -como el de México-; no se detendrá hasta que se construya un sistema que respete las autonomías y que no quiera coopta e integrar a los ciudadanos, que respete su dignidad no sólo en la guerra sino en la paz.

 

Octava: la violencia negociada con pérdidas y ganancias

 

Desde el terror internalizado se lu­cha por superarlo. Con decisión, frialdad y fraternidad, a veces se logra dar un primer paso. Surgen intentos de lu­cha unida, asociada, con tejidos y nexos que se amplían en uniones de ejidatarios, en centrales campesinas, en sindicatos. En ellos se lucha contra la cooptación, contra la corrupción de lí­deres y allegados, y se va a un endure­cimiento persistente en que se expre­san las corrientes políticas del México moderno y las posiciones revoluciona­rias más variadas.

 

Las organizaciones sociales se de­fienden de ser mero instrumento de los partidos políticos. Sus integrantes aprenden a tomar decisiones colectivas estratégicas y no sólo circunstanciales. Alcanzan posiciones de fuerza en las comunidades, en los barrios y centros de trabajo, se coordinan con otras orga­nizaciones; incluso usan a los partidos políticos. Se trata de organizaciones campesinas de RESISTENCIA CIVICA que trabajan en comisiones y en asam­bleas generales a las que convocan per­sonalmente para tomar acuerdos.

 

Dadas las características del Estado Mexicano, los campesinos e indígenas de Chiapas enfrentan varios tipos de experiencias en la lucha: la cooptación de algunos dirigentes, la represión se­lectiva de otros, la acción directa de las propias masas (para toma de tierras, de palacios municipales, de oficinas guber­namentales), y la negociación de las masas y sus líderes con las autoridades y con los propietarios.

 

La violencia puede ser individual o colectiva. También la negociación. Matan al líder, o lo golpean, o lo encar­celan, o masacran a los invasores, o los encarcelan para diezmarlos, o cooptan a una parte de la «gente», o hacen con­cesiones que dizques «acepta toda la gente». A veces las negociaciones be­nefician a muchos; y hasta resuelven el problema de la mayoría de un movi­miento. Pero por lo general los benefi­ciados sólo son una parte a la que se busca separar de LA MAYORÍA. ESE TIPO DE NEGOCIACIÓN ES TAM­BIÉN CAUSA DE LA REBELIÓN.

 

El Estado mediatizador -con la me­diación al servicio del Estado y de los poderosos- responde acordando conce­siones a ciertos movimientos y organi­zaciones violentas, por escandalosos que sean, cuando están organizados, y cuando su represión implicaría costos políticos y sociales «demasiado» altos.

 

La principal novedad del siglo XX y su derivado populista consiste en que la violencia con negociación deja de ser monopolio de ganaderos, finqueros y gobernantes. Indios y campesinos tam­bién ejercen la violencia aunque sea para negociar. Negocian tierras, crédi­tos, liberación de presos. Y si logran algunas ventajas adquieren compromi­sos de paz, y hasta se obligan a apoyar al PRI Y al gobierno. De negarse viene la represión selectiva. Se dificultan los créditos, se acaban las concesiones; se levantan acusaciones contra los insumisos ante las instancias guberna­mentales; se suprime a los líderes y has­ta a las organizaciones. En el camino, y por las dudas, se usan una y otra vez «agentes provocadores» que con posi­ciones en apariencia más radicales des­califican a los verdaderos líderes, o ha­cen abortar los movimientos. El siste­ma resiste con sus antiguas tradiciones coloniales y oligárquicas. También con las populistas. Y renueva unas y otras con las de la «guerra sucia» o de «baja intensidad» que incluye las medidas de división de las poblaciones, de corrup­ción de los asustados y de «acción cívi­ca» a cargo de los mismos soldados y fuerzas represivas que destruyen las casas, bienes, semillas y aperos de los levantados y tienden la mano «huma­nitaria» a los «condenados» que acep­tan pasarse a sus filas y convertirse en delatores y otras fuerzas auxiliares.

 

Muchas «comunidades» y gente de los pueblos indios que «no tenían una visión clara de la política», perciben cada vez más las diferencias del PRI el PRD, o el PAN. En las uniones campe­sinas e indígenas aparecen planteamien­tos que dan a sus integrantes una vi­sión más amplia de la lucha.

 

Al no quedarse en consignas, al profundizar en ellas, surgen procesos de radicalización intelectual, individual y colectiva. Pero, a veces surge también una especie de dialéctica entre radicalización y desánimo. Las luchas legales no rinden casi nunca. Las que recurren a actos de fuerza tienen costos crecientes, sobre todo con la crisis del populismo, de la democracia neoliberal y de la propia contra-revolución global. Los problemas más elementales no se arreglan. La represión sin negociación regresa hacia el antiguo régimen prepopulista. La política de paternaliza a la antigua. Ni ley ni negociación; pura represión con vulgares intentos de co­optación-transición: es una amenaza que parece extenderse y crecer.

 

No hay visos de solución a «la tram­pa de la pobreza». Para vencerla, se plantea una lucha defensiva democrá­tica, una revolución defensiva democrá­tica cuya única posibilidad de ganar es que se transforme en una lucha política y social, capaz de cambiar la correla­ción del poder y el mercado en un pro­yecto local, nacional y eventualmente global. Acerca de esa lucha democrá­tica no se conocen suficientemente las variantes y tendencias y se carece de una teoría general. Sólo se sabe que sin lu­cha democrática con dignidad y auto­nomía de los de abajo, no habrá ganan­cia social segura ni negociación que le permita al pueblo acumular las fuerzas para enfrentarse a la opresión y a la ex­plotación del PRI, de los caciques, del gobierno, del sistema.

 

LA PRIMERA REVOLUCION DEL SIGLO XXI

 

Antes del cese al fuego me llamó la atención ver en una pared de San Cris­tóbal un graffiti que decía: «Nosotros no somos guerrilleros, somos revolucio­narios». Días antes don Samuel Ruiz, el obispo heredero de Las Casas, me había dicho refiriéndose a ellos: «Es extraño. Como revolucionarios son muy raros. Interpelan al gobierno para que haga elecciones honradas».

 

En torno a esos primeros acer­camientos fui descubriendo que la rebelión en Chiapas tiene dos grandes lí­neas de comunicación y de acción par­ticularmente novedosas en la historia de las revoluciones. Esas dos líneas pa­recen heredar y superar los plantea­mientos anteriores, no sólo los que se han dado en otras partes del mundo, sino en México y Chiapas. En ellas es­tán herencias descubiertas de éxitos y fracasos rudos, chinos y cubanos, o las más recientes de Nicaragua, El Salva­dor y la vecina Guatemala; de las revo­luciones, las guerrillas, los movimien­tos campesinos de pueblos indios y con muchos detalles simbólicos, políticos y militares, la de México de 1910 a 1917.

 

En una línea, la memoria y la crea­ción histórica están relacionadas con lo que podríamos llamar una política de empatía y de hegemonía. En otra línea, memoria y creación están relacionadas con una política de acumulación de mediaciones propias que permita avan­zar hacia objetivos cada vez más pro­fundos en que aparezcan otras calida­des de vida. En breves palabras, el dis­curso zapatista parece buscar un inter­locutor múltiple y dirigirse alternativa o simultáneamente, a una gran canti­dad de públicos, potencialmente acto­res. El hecho mismo de llamarse zapatistas y revolucionarios es de por sí un mensaje a todos los campesinos y a todos los mexicanos, pues en el sub­consciente colectivo de México y en la educación sentimental, genuina y falsa de los mexicanos, todos nos sentimos «zapatistas» y todos somos «revolucionarios». El discurso no descuida al in­terlocutor más cercano -el indio- ni las fuerzas progresistas del mundo, ni a los periodistas y los medios de México y los países lejanos, ni a los intelectua­les, por sofisticados que sean. A aqué­llos se les habla en su propio idioma, y en él se les escucha, y a éstos se les en­vían mensajes y metamensajes con ci­tas en inglés y hasta en francés, y con correcciones en la pronunciación del castellano e invitaciones al bien decir y escribir de que ellos mismos dan pruebas.

 

Los zapatistas muestran que domi­nan dialectos, lenguas francas y frase­citas «in». El discurso de comunicación múltiple, o el enfocado o «focalizado» hacia un público especial, aumentan su capacidad persuasiva con el manejo multidimensional de la razón, del entendimiento y el juicio, y con la expre­sión de las formas de pensar en estilos que no son pomposos ni contundentes. A veces aparece en sus rostros semi­ocultos una leve ironía inesperada o una grosería juvenil que pide permiso con sentido del humor. Se inserta en el men­saje moral y político como lo cotidiano alegre que no se acaba y tras lo que se oculta la firme decisión de igualar la conducta con el pensamiento, o de cum­plir la palabra. Surge también como la alegría de la muerte que es una forma de la vida osada, y un medio de identi­dad del héroe con el que no lo es, o que todavía no lo es. Aparece así un teatro en la revolución, para Hamlets indeci­sos y espectadores distantes.

 

La movilización de la «dignidad» constituye una base moral' de la lucha zapatista que corresponde en México a lo que ha sido la prédica político-moral de Maní en Cuba. Es difícil alcanzar a los mexicanos con razones «morales»; en nuestra cultura la «dignidad» des­ata una dinámica mucho más podero­sa.

 

La política de mediación, o de me­dios y caminos para lograr objetivos es muy original. En los planteamientos que los zapatistas hacen al respecto, objeti­vos y medios aparecen a menudo como intercambiables. Aparte de que exigen al gobierno realizar elecciones honestas (en el año de la insurrección que es año de elecciones presidenciales) luchan por la democracia, la justicia y la liber­tad y aseguran su lucha con las armas. En una palabra, los zapatistas se suman a la más popular y exigida de las lu­chas actuales del pueblo mexicano y de otros pueblos del mundo. Al hacerlo no optan por un solo camino con una sola hipótesis: exploran para ver cuál fun­ciona mejor. Al mismo tiempo progra­man una democracia nueva entre los revolucionarios; una democracia plural en las ideologías, las religiones y las políticas, que no es necesariamente ca­mino para el socialismo, y en que no se acepta que la democracia «formal» sea sólo «mediatización», en que incluso se exige aplicarla efectiva y honestamen­te, sin trampas. Pero lejos de detenerse allí, los zapatistas piden democracia con justicia, libertad de los individuos y no sólo de los pueblos. O viceversa. Hacen suya la idea de un régimen que no sea presidencialista y de una federación que sea real, en que haya un cierto equili­brio de poderes soberanos. Plantean el problema de la justicia para los «hom­bres de la sombra» y con ellos. Exigen la democratización en todos los niveles del gobierno, la sociedad civil y el Es­tado.

 

En el terreno de las persuasiones con fuerte impacto, ni como revolucionarios se declaran vanguardia ni como jefes muestran esbozo de caudillos. Es más, afirman no ser vanguardia; y haber cal­culado que el triunfo es imposible sin un movimiento que no venga de todos los movimientos dispersos y juntos. En cuanto a Marcos, el más conocido de sus voceros y líderes, es a propósito «subcomandante», y al presentarse a sí mismo, dice que tiene superiores, y que éstos, para ciertas decisiones, consul­tan a sus pueblos en forma exhaustiva en que vota la gente mayor y hasta los niños. El movimiento zapatista supera las graves experiencias autoritarias an­tiguas y modernas, de caudillos latinoa­mericanos y «nomenklaturas» al estilo ruso.

 

Por si lo anterior fuera poco, hay otros hechos notables en los cuales cuen­ta la imaginación histórica que se alimenta de experiencias, o la teoría ge­neral, que se construye desde las abstracciones locales y regionales. En es­tos terrenos es impresionante ver cómo se combinan las políticas de conflicto y consenso, de enfrentamiento y negocia­ción, y cómo en ambas, con intereses Y principios indeclinables, se juntan expresiones muy cortesas y respetuosas y disposiciones de diálogo.

 

En materia de desestructuraciones, tras la ausencia de una teoría de la his­toria universal pasada y futura se diría que los zapatistas son como una espe­cie de revolucionarios de la llamada «Postmodernidad», de esa época en que «la Razón estalló» con el triunfo uni­versal del capitalismo.

 

Conflicto y consenso, guerra y ne­gociación, enfrentamiento y diálogo, rupturas y treguas, desacuerdos y pac­tos con gobiernos y propietarios, some­ten a prueba las hipótesis o proyectos para avanzar y profundizar y ampliar los logros con los integrantes del movimiento, con los que simpatizan, con los que se resisten, con los que miran. A todos les piden que se organicen en tor­no a una esperanza, o contra su propio temor. Y que logren por la paz lo que ellos tal vez no puedan lograr por la guerra. Ni siquiera les piden que si no lo logran por la paz vayan a la guerra. Su llamado al resto del país es como para que se dé cuenta de que si lucha y no los deja solos, y sus pueblos luchan como un todo -en serio- por la demo­cracia con justicia y. dignidad, se po­dría alcanzar por la paz lo que de otro modo sería inalcanzable por la guerra o la paz. El todo organizado es el obje­tivo y el medio principal, el que puede asegurar el cambio pacífico y cualquier cambio.

 

La contribución del EZLN quiere ser muy modesta y es también muy ambi­ciosa: defender por las armas, en la Sel­va Lacandona y en los Montes Azules, la tierra, la libertad y la dignidad que los alzados no pudieron defender de otra manera, e iniciar un cambio en la conciencia del pueblo de Chiapas y de México para que con la democracia y la paz se logren objetivos de libertad y justicia no sólo en las nubes ni sólo en la Selva, ni sólo en Chiapas, sino en el país. El EZLN recuerda la bella ima­gen de la mariposa que desata una tor­menta, y la más exacta de los grandes movimientos que parecen empezar des­de coro y que se vuelven, universales. Implica una negociación que no sea «tranza» y una revolución que ponga un alto a la violencia contra los pueblos indios, para abrir el paso a una demo­cracia con libertad y justicia, con dig­nidad y autonomía.

 

El proyecto se formula en dialectos particulares que se universalizan y en lenguajes universales que florecen en­tre mexicanos tzeltales, tzotziles, cho­las, zoques y tojolobales. Tal vez se rea­lice. Pero en todo caso, sería una trage­dia para la humanidad que no se realizara.

 

*Sociólogo mexicano/Prof. de la Universidad Nacional de México

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